¿A qué puerto quieren llegar los que han designado a Joaquim Torra?

La situación en Cataluña y las relaciones entre ésta y España no dejan de empeorar, pese a que hace tiempo que creíamos que nada podía ir a peor. El nombramiento de Joaquim Torra, tras sus intervenciones en el Parlamento y la escenificación de la toma de posesión han sido, todas ellas, noticias inquietantes.

Por dos razones. Una, por quién es y por lo que representa el nuevo presidente; dos, porque de su ascenso se desprende que el secesionismo apuesta decididamente por seguir aumentando la confrontación con el Estado.

Torra era hasta hace unos días un hombre semidesconocido fuera del círculo estricto del independentismo. El ciudadano que se fotografió hace meses ante la sede del PSOE en Ferraz, burlándose de los problemas internos de los socialistas, era consciente de ser alguien que pasaba completamente desapercibido para casi todo el mundo. De hecho, figuró en el lugar undécimo de la lista de Junts per Catalunya en las elecciones pasadas. Es cierto que el nuevo Molt Honorable ha sido la cuarta opción, tras Puigdemont, Sánchez y Turull, pero no lo es menos que con él ha llegado un escándalo que no había aparecido con sus antecesores.

Los escritos del señor Torra no han dejado indiferente a nadie. No pensemos en las reacciones, llamémosles, españolas. Me refiero a las que ha provocado en Cataluña. Incluso en medios claramente soberanistas se han producido manifestaciones no solo de disgusto, sino de sorpresa y, también, de desconcierto. Torra se ha disculpado, y ha dicho que no volverá a pasar. ¿Qué querrá decir? Desde luego no podemos entender que dejará de pensar como ha pensado toda su vida, sino, como mucho, que no volverá a expresarlo en público.

Una lectura rápida de las opiniones vertidas en buena parte de sus artículos pone negro sobre blanco que el nacionalismo de Torra es etnicista y, como se ha puesto de moda decir, claramente supremacista. Los catalanes son para el señor mejores que los españoles, poseedores de virtudes los primeros, cargados de defectos y vicios los segundos. Ya es preocupante que alguien hable hoy día de “los catalanes” y “los españoles” así, como si fueran categorías homogéneas y estables. Pero todavía lo es más que hable de bestias para referirse a los segundos.

Claro que hay provocadores profesionales y descerebrados incurables que desde Madrid o desde cualquier otro lugar de la España profunda piden bombardear Barcelona o gritan enardecidos el A por ellos. Los medios secesionistas de Cataluña replican sin descanso cada exabrupto españolista, y se apoyan en ellos para el victimismo que es connatural a todos los populismos. La diferencia, extraordinaria por cierto, es que ninguno de esos energúmenos que claman venganza contra los catalanes llegarán a tener ninguna responsabilidad de gobierno. Joaquim Torra, por el contrario, si es el presidente de uno de los territorios más importantes de la España plurinacional. Y eso da miedo.

Populismo decimos porque es cosa sabida que las formaciones políticas populistas, y Junts per Catalunya lo es con claridad, presentan dos características constitutivas: la movilización de arriba abajo y la división del mundo entre nosotros y ellos.

Las movilizaciones que han sido hasta hace poco modélicas, en las que –con la excepción del cerco a la Consejería de Economía- no se quemó una papelera, ni se volcó un contenedor, ni se rompió un escaparate, han comenzado a mutar tras la aparición de los CDR, una denominación a la cubana, nada inocente, aunque muchos de sus integrantes no saben que con esas siglas se designa el mayor aparato de control vecinal de la dictadura castrista.

La división binaria que en los populismos canónicos se ha hecho explícita pivotando en torno al dúo pueblo/burguesía, pueblo/oligarquía o nacionales/antinacionales, en Cataluña se representa con la contradicción entre catalanes y españoles. Los primeros encarnan a los buenos, los que comulgan con las tesis soberanistas, mientras que los segundos –independientemente de su linaje o su origen geográfico- son el enemigo interior que quiere destruir la auténtica Cataluña catalana. Esta es la concepción que hasta ahora ha hecho explícita en sus escritos Joaquim Torra.

Por eso decíamos que, más allá de la controvertida figura que Torra representa, en su elección por parte de Puigdemont y de su núcleo duro se advierte una inequívoca voluntad de incrementar la apuesta, de endurecer el desafío al Estado, de provocar las reacciones airadas de los que claman venganza contra los rebeldes separatistas.

¿A dónde va el secesionismo? Cuesta trabajo entenderlo, la verdad. Torra ha sido elegido con un 66 a 65 en el Parlamento catalán, gracias a la abstención de los cuatro miembros de la CUP, desde la que se ha hablado de náuseas ante la personalidad del elegido desde Berlín. Con una mayoría aritmética parlamentaria tan precaria, con menor número de votos ciudadanos representados, con una sociedad cada vez más polarizada, con una derecha rancia y radicalmente españolista como la del dúo Rivera/Arrimadas, que ya es la fuerza más votada en Cataluña, y con personas muy relevantes del soberanismo vengativamente encarceladas sine die, no es fácil saber cuál es el puerto de destino de Torra, Puigdemont y demás partidarios.

Cuánto daño hizo aquel símil de las 155 monedas de plata del diputado Rufián. Que inmenso error el de Junqueras en aquellos días. Se abortó una disolución del Parlament para convocar elecciones con la que, muy posiblemente, el clima político habría mejorado sensiblemente. Con aquellos antecedentes y con las torpezas y la incapacidad política del gobierno Rajoy, así como con la inestimable colaboración del juez Llarena y del Tribunal Supremo que van de revolcón en revolcón jurídico por Europa, se mantiene un rumbo totalmente irresponsable.

Da la impresión de que nadie sabe cómo parar este inmenso, terrible dislate. Se ha ido demasiado lejos, se ha convencido a mucha gente de que la república es posible justo ahora, y nadie quiere inmolarse diciendo que no, que no puede ser, que quizá en un futuro, pero que no tienen fuerza suficiente para conseguirlo. Si tuvieran el setenta por ciento de los votos, si la mayoría parlamentaria fuera la correspondiente, incluso mayor con el actual sistema electoral, quizá podría entenderse un desafío al Estado. Quizá.

Pero no es esa la realidad, sino otra muy distinta. Refugiarse en el legitimismo, como hace meses se predica desde el independentismo hace explícito que vive con un discurso agotado, que no obstante continuará contando con el apoyo de mucha gente en Cataluña.

Alguien debería explicarle a Rajoy, a Sánchez y –parece mentira siendo catalán- a Rivera que solo podrán reconducir el secesionismo si le vencen en las urnas, para lo cual habrán de revisar sus posiciones innegociables. Alguien, a su vez, debería explicarle a los soberanistas que a las bravas no van a conseguir de Madrid y de Bruselas más que dolor y pobreza para todos nosotros.

El secesionismo le ha dado la vara de mando a un hombre como Quim Torra, quien ya se había descalificado a si mismo antes de ser siquiera nominado para el cargo. Tanto preocuparse por la imagen internacional del Procés, y resulta que ahora, más allá de una patética bicefalia, quien lo representa es un gris ciudadano de ideas inaceptables en una sociedad democrática europea.

Ahora solo faltaría que en Madrid pasáramos de Guatemala a Guatepeor, y que el hiperactivo y españolísimo Rivera substituyera al incapaz y españolísimo Rajoy. Mientras tanto, la izquierda hispana que más o menos representa Podemos sigue sin saber cómo actuar concretamente para salir del hoyo, mientras el PSOE continua perdido entre el sentido de Estado, su anacrónica concepción de España y su canibalismo interno irremediable.

Vaya escenario tenemos por delante. De entrada, ni siquiera sabemos a qué puerto quieren llegar los que han designado a Joaquim Torra.