Que viva la democracia, pero no así

Diario de un reportero

Nos fuimos a Portugal. Pasamos diez días en el aire purísimo de la quietud del bosque, caminamos en claustros centenarios y casi desiertos, comimos caldos bravos y parrilladas deliciosas y bebimos vinos y aguardientes inolvidables, y la mirada se nos perdió en la contemplación de lagunas profundas o del mar...

Estábamos a salvo de las campañas y de las guerras sucias que han marcado las campañas. Cuando regresamos, todo seguía ahí. Hablé con amigos y familiares: algunos están preocupados por lo que se viene, porque México se va a convertir en otra Venezuela, porque el país se va a volver comunista o socialista o lo que sea.

No hubo manera de convencerlos de que ninguna de esas cosas puede pasar, gane quien gane las elecciones. Tampoco hubo manera de que entendieran que el miedo es parte de una campaña para que todo siga igual. Me dijeron que soy lopezobradorista y poco faltó para que me colgaran el teléfono y me retiraran el habla.

Traté de imaginar cómo será en la vida real lo que he visto en las redes sociales, como la intolerancia: quien no está conmigo está contra mí, quien no es mi aliado es enemigo, y quien no vota por el candidato que yo prefiero es traidor o es pendejo. Que viva la democracia, pero no así.

Me doy cuenta de que hay muchos que no entienden que México cambió hace dieciocho años, y que no entendieron entonces por qué ni para qué. Entre esos muchos se cuentan los partidos políticos: unos no pudieron ser gobierno y otros no supieron ser oposición.

Creo que no me equivoco mucho si afirmo que habría que irse acostumbrando a la idea de que gobierne la izquierda. No porque sea necesario ni porque sea pertinente, sino porque hasta donde vamos parece que la mayoría de los votantes está dispuesta a elegir a los candidatos del Movimiento de Regeneración Nacional pese a los lastres y las lacras que ese partido ha ido recogiendo en su camino.

Los otros partidos políticos tendrían que ir aprendiendo a ser partidos políticos: organizaciones con ideologías claras (no con ideas fijas sino con ideas consistentes), que permitan y alienten procesos abiertos y democráticos en lo interno, y que promuevan – dentro y fuera del gobierno – una vida mejor para todos.

Nosotros, los demás, tendríamos que aprender a organizarnos para no depender del gobierno, porque sólo así podremos hacer que el gobierno dependa de nosotros...

La gran idea

No hace mucho tiempo le propuse a un amigo que lleva tiempo en la vaina política que organizáramos talleres de construcción de viviendas ecológicas con materiales accesibles. Quienes viven en comunidades pequeñas o pequeñísimas (salvo casos extremos como El Recuerdo del Cid en San Rafael, o Santa Rita en una de las cumbres de Misantla, donde según el último censo solamente había una casa).

Las comunidades aprenderían participando, y uno tendría la satisfacción de haber contribuido en el bienestar de alguien más. Pero también representaba una inversión: quien hace posible lo necesario hace política. Nunca me importó ese detalle, porque a fin de cuentas la gente sabe con quién trata.

La idea era contratar a una organización de bioconstructores que capacitara a cinco o seis personas de una comunidad y edificara una aula o una sala pública a muy bajo costo. El entendido era que las personas que fueran al taller se volvieran instructores de sus comunidades, y de otras comunidades, y así sucesivamente hasta donde pudieran el presupuesto o el ingenio. No se hizo nada. Ni pallá ni pacá. Y el amigo tampoco.

La fugitiva o el voto

Y luego a Londres. Este jueves, mientras usted lee estas palabras, estaré en Londres. Iba a buscar los pasos de doña Karime Macías de Duarte, pero ya la encontraron (hasta Televisa sabe dónde vive, aunque alguien exagera en eso de que es vecina de la reina porque es como decir que alguien que vive en el Hotel Xalapa es vecino del Parque Juárez, metros más o menos), y sospecho que me sorprenderá en el camino la noticia de que ya la arrestaron. Eso me pasa por vivir lejos.

Pero lo más seguro es que no pase nada entre la tarde de miércoles en que escribo estas líneas y la mañanita del jueves en que llegue a mi otra Alma Mater Dolorosa. No hay tal orden de aprehensión en el sitio de Interpol (aunque si hubiera y fuera secreta como dicen, sería porque eso pidió el gobierno mexicano). Es la primera vez que me da pereza ir a ver qué, quién, cómo, cuándo y dónde. Ya sabemos el para qué.

En vez de ir a ver la abundancia en que dicen que vive la doña, volveré a la modesta calle ancha y arbolada donde viví y tal vez saludaré a los vecinos. Después recogeré el correo, y abriré un sobre que viene de México con un juego de boletas electorales. En la penumbra de Foxes, el bar del barrio, frente a una pinta de Guinness, votaré por algún candidato para la presidencia. Que sea para bien, gane o pierda mi gallo. Salud. Acá no hay ley seca.