Viva Frankenstein, viva el verano sin Rajoy.

June 4, 2018

 

La sensación del primer baño, una cena al fresco en la terraza, las noches estrelladas de agosto... El verano tiene momentos inolvidables. Imagínatelo sin Rajoy. Sí a la moción de censura. Cosas como éstas contenía un vídeo de 47 segundos que circuló por las redes en las vísperas de la cita en el Parlamento.

El vídeo emocionó a mucha gente. Imaginar un verano tan amable, evocado sobre pequeñas pero potentes ideas que todos compartimos, hacían de él una gracia. El giro inesperado de añadirle a ese verano el que Rajoy hubiera sido despedido de su cargo, provocaba una emoción casi paradisíaca.

Dos días más tarde, tras dos sesiones en el Parlamento, Rajoy cayó. Todavía con la sonrisa dibujada en el rostro, mientras trataba de asimilar que el líder del PP había sido despachado por una mayoría de diputados, y que Pedro Sánchez se había convertido en el nuevo presidente del gobierno del Reino de España, un amigo brasileño me escribió un whatsapp con una sencilla pregunta: ¿qué tal, mi amigo? Le contesté inmediatamente que estaba feliz, que me sentía como si hubiera despertado de una pesadilla.

Ya hace tiempo que sentencié que el de Rajoy no era un gobierno, que simplemente era, efectivamente, una alucinación horrible, de aquellas de las que no consigues deshacerte durante unos instantes que parecen eternos. Rápidamente, sin embargo, amplié mi respuesta y le expliqué a mi amigo que desde ese minuto esperaba fuego a discreción, amenazas, sabotajes y falsedades procedentes de las dos formaciones políticas de la derecha española, que están rabiosas y desconcertadas por lo que les había pasado en cuestión de horas. Particularmente en el PP no imaginaban que Rajoy, su campeón que ganaba batallas gracias a no darlas, gracias a esconderse bien quieto, iba a salir por la puerta de atrás de la historia.

Pienso, me mantengo en la idea, que hay que prepararse para un revival de 2004, cuando tras el 11-M Zapatero venció y el PP se pasó años sin digerir la derrota, acusándolo de ladrón, de usurpador, de tramposo, de aprovechado; de ser un incompetente que se había convertido en un presidente ilícito. Ahora, creo, tienen la misma convicción, la misma inquina: el monstruo Frankenstein les ha robado de nuevo el gobierno; un poder que ellos entienden que les pertenece por los siglos de los siglos, y cualquier competidor es un intruso, un indeseable que no tiene derecho a nada que no sea aceptar que la naturaleza de las cosas exige que ellos gobiernan.

Voy a enfrentar esta situación, la nueva etapa política que acaba de abrirse, con el optimismo de la voluntad, y San Antonio Gramsci me ayudará. La razón, ciertamente, puede invitarme más bien al pesimismo, pero con todo, el hecho de haber expulsado al PP del gobierno y el haber hecho añicos los planes de Albert Rivera de darse un paseo militar hasta La Moncloa, son como una sobredosis de vitaminas euforizantes. Me viene a la cabeza Ovidi Montllor y me entran ganas de beber su vino de la esperanza, ese que me proveerá de fuerza para hacerle frente a la vida. Una vida política turbulenta y difícil, sí, pero con Rajoy despedido.

El debate de la moción de censura, así como la inmensa mayor parte de la Brunete mediática, ya nos habían alertado a todos aquellos que saludamos como una bendición de los dioses, de los antiguos y los nuevos, que Rajoy no haya podido hacer frente a la factura de la corrupción y el mal gobierno que ha liderado desde 2011.

De la pobre firmeza de sus convicciones democráticas ya habíamos tenido noticia en varias ocasiones, pero lo que vimos en el Congreso fue inimaginable en cualquier parlamento del mundo: se fue a comer y no volvió en toda la santa tarde, mientras continuaba la moción de censura.... ¡¡¡contra él!!!    ¿Cómo es posible?

Para acabar de redondear el insulto a la ciudadanía sólo faltaba que su segunda en la línea de mando, la vicepresidenta Sáez de Santamaría, tuviera la ocurrencia de dejar su bolso en el sillón que debería haber estado ocupando el desaparecido Rajoy. Se lo hizo notar Pablo Iglesias y, contra lo que habría sido normal y lógico, ni a ella ni a nadie del PP le cayó la cara de vergüenza. ¿Quién, dentro del PP, puede sentirse orgulloso de su líder?

Un jefe de pelotón que, durante el debate, fue claramente de más a menos, que llegó a concluir diciendo a modo de despedida una tontería de las suyas que, por el momento y el escenario, resultó dramáticamente definidora de las limitaciones del personaje: "Yo seguiré siendo español". Frase enigmática, han dicho algunos medios. No lo creo. Más bien una expresión ligada a su españolismo de zarzuela.

Otro dato significativo del debate fue la intervención del portavoz Rafael Hernando, ese hombre que parece más un pandillero de baja estofa que un representante político democrático. Acusó a Sánchez de todo y un poco más. Amigo de los etarras, los populistas y los separatistas; traidor a todo y a todos, incluyendo sus propios compañeros de partido; ambicioso patológico, capaz de cualquier cosa para llegar a ser presidente de un gobierno Frankenstein [una frase que han repetido ad nauseam todos los cuadros del PP]. Hernando tuvo para todos, incluso para el PNV, al que alababa horas antes; y también para Rivera y sus Ciudadanos. Todo con un tono de taberna, de camorrista, de matón chulesco y ofensivo. El que suele usar, pero inconcebible en un acto constitucional de tanta significación.

El otro personaje que con la moción se quedó de piedra picada fue Albert Rivera. Un hombre muy agraciado, de facciones juveniles, como de adolescente triunfador en el instituto, que dio muestras más que explícitas de ser un ser humano de muy baja calidad. Rencoroso y agresivo, insultó, amenazó, culpabilizó a todo el mundo de sus males -de su inmensa decepción, de sus errores de cálculo, de sus imprevisiones-, y exigió la dimisión inmediata a Rajoy y la convocatoria urgente de elecciones a Sánchez. A éste, a Rajoy, a Hernando y a muchos otros popes de la derecha españolista deberían devolverles el dinero los colegios a los que asistieron para [mal] educarse. Ni los colegios privados ni sus familias les dotaron de unas mínimas formas de respeto por los demás. 

En cualquier caso, miles, millones de ciudadanos de las Españas vivimos la jornada con una alegría elemental, básica, limpia y esperanzada convencidos de que se ha abierto un nuevo tiempo. Una época en la que las personas contarán, en la que los problemas reales de los ciudadanos -que son muchos y variados, y relativamente distintos según dónde preguntemos- estarán en el centro de las preocupaciones de aquellos que nos representan políticamente. Dejadme soñar.

Ya sé que son muchos los problemas, los obstáculos, las insuficiencias, la falta de recursos, las mentiras y las descalificaciones, los palos en las ruedas y las trampas que el nuevo gobierno presidido por Pedro Sánchez deberá afrontar. Sé que será difícil la colaboración entre los partidos que han elevado la calidad de nuestra democracia; sé que hay muchas diferencias y desconfianzas entre ellos, como sé que hay agravios y pleitos que vienen de muy atrás. Pero de eso hablaremos otro día. Ahora es la hora de celebrar que los corruptos están pagando con la cárcel de muchos de los suyos y que todavía queda cuerda judicial; es la hora de celebrar que el Parlamento ha sido capaz de regalarnos la expulsión del Gobierno de Rajoy y de sus ministros, todos ellos responsables de tanta desgracia, de tanto dolor, especialmente entre los más débiles y los más vulnerables.

Hoy, por lo tanto, a pesar de todo, es día de fiesta mayor. Tras cerca de siete años sufriéndolos, viviéndolos como una pesadilla, hoy voy a seguir disfrutando al comprobar la rabia, la furia, el rencor, la indigestión de soberbia mezcladas con la incredulidad y la sorpresa con la que viven el resultado de un proceso que en cosa de dos días ha puesto el PP en la calle. De los problemas ya hablaremos mañana. Ahora, nos hemos ganado el derecho a cantar alegres Viva Frankenstein, viva el verano sin Rajoy.

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