Hemos perdido el tiempo...

June 7, 2018

Diario de un reportero

 

Hace dos semanas, la doctora me recetó sin dudarlo un potente antiinflamatorio y analgésico y me recomendó ir a que me tratara un fisioterapeuta. Hice una cita por internet y este miércoles temprano el fisioterapeuta manipuló mi brazo izquierdo durante cuarenta y cinco minutos y me explicó que tengo una tendonitis del carajo.

 

Lo más probable es que la factura por la consulta de la doctora llegue a fin de mes, y que el fisioterapeuta me cobre hasta que acabe el tratamiento y yo pueda volver a levantar lo que sea (un libro gordo, una botella de vino, un cartón de leche, mi cazuela favorita) como antes, aunque el cuerpo ya no esté para filigranas.

 

Ni el doctor ni el fisioterapeuta me cobraron cuando los consulté porque saben que les voy a pagar cuando me manden la factura. En el camino me detuve a tomar un café y me di cuenta de que vivo en un país donde las instituciones confían en las personas tanto como las personas confían en las instituciones.

 

También me di cuenta de que es difícil decir – o pensar – lo mismo de México, donde la relación entre las instituciones del Estado y los ciudadanos ha estado marcada por el desencanto o la desconfianza o la hostilidad, o las tres cosas juntas, desde antes de la independencia.

 

No puedo pensar en una época de la vida nacional en la que las instituciones hayan funcionado de manera eficiente para resolver los problemas de los mexicanos. Tal vez haya pasado, pero no pude encontrar el dato. (Vale la pena leer el trabajo de Edna Ovalle en la liga http://www.enba.sep.gob.mx/GOB/codes/guias/guias en pdf/historia de las instituciones en mex. 2/historia de las instituciones en mex 2.pdf).

 

El caso es cuando la gente deja de confiar en las instituciones cualquiera puede venir y venderle cualquier cosa, aunque sea mentira o haga daño. El caso es que sería difícil decir que en México se puede encontrar una identificación de los ciudadanos con las instituciones y más difícil sería establecer que hay una lealtad popular a ellas.

 

Las alianzas políticas que ahora vemos se han dedicado a seguir mensajes que desvían la atención de los temas importantes. Para muchos, la democracia consiste en aniquilar al adversario, a quien se considera enemigo. Hemos perdido el tiempo. Nadie parece muy preocupado por hacer de México un país de todos.

 

Lo que toca ahora es construir la democracia voto a voto, con cada acción individual que contribuya al bien común. Para lograr eso tendremos que entender que los tiempos de una nación no se miden en años ni en sexenios, sino en generaciones. Y tendremos que aceptar que los daños que han causado los gobiernos de México sólo se pueden reparar en esos términos.

 

Gane quien gane la presidencia, gane quien gane la gubernatura, tendrá ante sí el reto histórico de despertar la conciencia nacional para reparar la vida democrática y hacer un ajuste de cuentas con el pasado, como apuntó no hace mucho Porfirio Muñoz Ledo. No es poca cosa. Y lo que está en juego es el futuro de México como nación. La confianza es asunto de todos. Mi brazo izquierdo es asunto mío.

 

Nadie ha informado cuánto

Por lo pronto, seguimos sin saber el tamaño de lo perdido. Nadie ha informado a la soberanía del estado cuánto dinero desapareció de las arcas veracruzanas ni el monto de la deuda pública. Ningún funcionario ha acatado los citatorios de la Comisión Especial para la Verdad sobre la Deuda Pública. La secretaría de Finanzas y Planeación no ha entregado datos ni cifras.

 

"No se ha dado cuenta al Congreso", declaró el diputado Sergio Rodríguez Cortés, presidente de la Comisión. "Hay un manejo unilateral de la información, no hay rendición de cuentas ni transparencia". Eso. No hay.

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