¿Qué es un nombre?

Diario de un reportero

Un jueves de hace años me llamaron la atención las palabras del ex Primer Ministro británico John Major: un ex de lo que sea (pero sobre todo Primer Ministro o Presidente o Gobernador) es un animal raro, o el mismo animal en un ambiente que ya es ajeno. Y eso se puede aplicar a cualquier persona que haya tenido poder en serio y ya no lo tenga, o esté a punto de perderlo.

Lo peor – decía yo – es despertar al momento de confusión que vive quien se acostumbró a edecanes y ayudantes y sirvientes que cumplían sus deseos aun antes de que los tuviera. Y con los auxiliares desaparecen las líneas confidenciales, la red que comunica a los poderosos de la nación, las carpetas de información oficial, la caravana de vehículos para la que no había semáforos, el protocolo, los acuerdos, cosas que quien tenía el poder consideraba suyas.

Me acordé de las palabras de Major cuando leí la excelente entrevista que Rosa Elvira Vargas le hizo al todavía Presidente Enrique Peña Nieto para La Jornada. (El original de la columna que escribí hace más de diez años está en este vínculo: http://www.bbc.co.uk/blogs/spanish/2007/06/sobre_el_poder_1.html)

Pero más allá de la mirada de la periodista, y por consiguiente de los lectores, a lo que habita en el interior de Peña Nieto, me interesó lo que el que se va dijo sobre lo que queda del Partido Revolucionario Institucional, aunque no quede mucho.

El PRI, declaró Peña Nieto, "tendrá que redefinirse y replantearse para poder seguir siendo una opción política para los mexicanos", porque fue claro que las elecciones de julio, y otras, dejaron claro que hay "un estigma muy señalado y muy asimilado en la sociedad, lamentablemente, de desgaste y de reproche hacia el PRI como marca".

Ni más ni menos. No se sabe si fue idea del Presidente o si el Presidente se limitó a reflotar algo que otros le recomendaron: cambiarle el nombre al PRI ayudaría a sacar al partido de la desgracia política en que se encuentra. Tal vez ahora que tendrá tiempo, Peña Nieto se dedicará a ler, como recomendaba su secretario de Educación.

Y quizá alguien le hará notar que Shakespeare explicó el dilema del partido y de muchas otras cosas en la respuesta de Julieta cuando Romeo le advierte que viene de una familia cuyo nombre es sinónimo de enemigo: "¿Qué es un nombre? Lo que llamamos rosa/ olería igual aunque se llamara de otra forma". Y el PRI no huele bien ni va a oler bien durante mucho tiempo. Perdió el poder y su encanto.

La fiesta de la isla

Es para no creerse. Alguien puede organizar fiestas en la isla Salmedina un área natural protegida, poner toldos, pisotear nidos de tortugas, tocar música ruidosa, dejar basura en todas partes, y nadie hace nada porque nadie vigila esa parte del sistema arrecifal veracruzano.

Gracias a que las redes sociales se ocuparon del asunto, las autoridades federales anunciaron que van a investigar el asunto, y mandaron a algunos de sus empleados (entre ellos cuatro guarda parques) a ver qué había pasado. Encontraron restos de fuegos artificiales, hoyos en la arena y botellas de cerveza, vasos y cubiertos de plástico, popotes y colillas de cigarros.

Y descubrieron que a la isla van embarcaciones sin permiso. Como si eso fuera nuevo. Varias de las organizaciones no gubernamentales preocupadas por el ambiente podrían informarles qué empresas organizan esos viajes, que cuestan veinte mil pesos e incluyen hielo y bebidas...

Concierto al amanecer

A falta de catedral, instalaron el coro en una esquina de la zona techada donde se sientan quienes no quieren asolearse, aunque a esa hora todavía estaba oscuro. Faltaba un cuarto para las seis de la mañana. Del otro lado del muro, el lago, las montañas y el cielo

El Coro de Jade de Friburgo comenzó con una pieza de Hildegard von Bingen, que además de santa fue filósofa y la fundadora del estudio de historia natural en Alemania. Tal vez era O frondens virga, la rama frondosa, pero no puedo asegurar nada porque mi ignorancia de la música del siglo XII es ilimitada.

No estuvimos mucho tiempo porque había mucha gente y entre todos un niño impaciente. Al otro lado del muro, el lago amanecía. Pensamos que los organizadores del concierto (todos los años, en estas fechas, hay conciertos de madrugada a la orilla del lago Leman) se habían equivocado.

No había mejor escenario para un coro que las montañas en el horizonte y el sonido suave de las olas en la playa, bajo la luz del día naciente. Nos fuimos. Cruzamos un puente, caminamos hacia el otro lado del malecón, y algo nos detuvo. Era un eco lejano. Nos acercamos a la orilla del lago.

Y entonces oímos con claridad, en la distancia, las veinte voces que cantaban versos de otro tiempo a la hora prima, sin iglesia ni claustro ni ritual, mientras el sol llenaba todo de luz y los patos se agitaban en el agua. Escuchamos un momento. Después nos tomamos un café en el primer lugar que encontramos abierto, regresamos a la casa, nos metimos a la cama y dormimos un par de horas.