La crisis catalana sigue ahí, entre la obcecación de unos y el realismo de otros.

Ya estamos de nuevo en las vísperas del 11 de septiembre, una nueva Diada que se anuncia intensa aún con las dudas sobre la cohesión del sector independentista. Las noticias que llegan de las disensiones internas hablan no solo de la comprensible desconfianza de Esquerra respecto del PDCat/Crida, sino de las estrategias disonantes entre ambos sectores, así como por lo que hace a las relaciones de ambos con ANC, Ómnium o los CDR’s.

Han pasado los meses con una lentitud dolorosa para los que siguen en prisión y para sus próximos, mientras que otros que se dicen fraternos compañeros han seguido empeñados en echar más leña al fuego casi a diario, aunque así hayan hecho flaco favor a los intereses judiciales de los encarcelados. Ciertamente no resulta fácil entender que el bloque soberanista no haya saltado por los aires hace meses. Que unos dieran la cara ante la Audiencia Nacional mientras que otros huyeron sin decírselo es algo que interpela con fuerza.

El deseo de alcanzar la independencia de Catalunya es un objetivo tan noble como muchos otros hay en política. No obstante, también es fácil constatar que para muchos observadores de la realidad catalana parece un anacronismo resultante de una visión muy reduccionista de la realidad del mundo actual, dados los problemas gravísimos y urgentes que nuestras sociedades están enfrentando: la urgencia de intervenir en la mejora de la capacidad redistributiva del Estado por medio de las políticas de educación, sanidad, pensiones y asistencia social; todo lo que se deriva del problema migratorio o la más que seria amenaza medioambiental para el planeta; la prevención del terrorismo internacional o los conflictos que se están dirimiendo –en muchas ocasiones con sangre ajena- entre las grandes potencias, disputas que ponen en peligro la propia supervivencia europea como la región más habitable del planeta; el envejecimiento imparable de nuestra población o el respaldo popular que están consiguiendo formaciones políticas muy próximas al temible fascismo, etc., etc., etc.

Pues bien, ante ese escenario turbulento el soberanismo catalán parece estar convencido de que a estas alturas del siglo lo central, lo fundamental, lo prioritario es seguir con su desafío al Estado en nombre de un supuesto mandato del pueblo catalán emitido el 1 de octubre de 2017. Este mantra, repetido ad nauseam, que no es sino un ejercicio de tomar la parte por el todo, es la clave de bóveda que sustenta el discurso del actual titular de la Generalitat, pero solo convence a los ya convencidos mientras que irrita sobremanera a sus contrarios.

Más allá de los objetivos legítimos de quienes propugnan la independencia, es incomprensible la reiteración de esa línea argumental según la cual el pueblo de Cataluña ha ordenado esto o lo otro. No hay tal pueblo, ni existe tal mandato. Lo que existe en Cataluña es una comunidad de ciudadanos divididos en dos mitades a los que les convendría que se impusiera el diálogo, la negociación y el pacto, evitando así tensiones y sufrimientos que no conducirán más que a nuevas fases de confrontación y a más padecimiento para todos, los catalanes y los que no lo somos. Joan Tardà lo decía esta semana en Madrid, en sede parlamentaria: ni los soberanistas pueden imponer la independencia a los autonomistas, ni estos últimos pueden imponerse a los primeros. Eso exige negociar y pactar, y ambas cosas exigen tiempo y voluntad de diálogo y de alcanzar acuerdos.

Desde la precariedad de su gobierno, Pedro Sánchez ha hecho evidente que el tono y la actitud hacia Cataluña son otros. Aún con muchas insuficiencias, con pasos adelante y atrás, con planteamientos de partida que pueden resultar inaceptables para el soberanismo, la voluntad del gobierno central está en las antípodas de la que practicó Rajoy, con su negativa al diálogo y su letanía monocorde de la Constitución como corsé de hormigón armado. Y ese cambio debiera ser aprovechado por los partidarios de negociar y pactar.

Obcecados y anacrónicos no solo hay en Cataluña; en Castilla y alrededores abundan como las setas tras las lluvias abundantes. Empeñados en una idea de España que procede del pasado y que es inviable, se frotan las manos ante la posibilidad de dar su merecido a los malditos separatistas de siempre. Jaleados por una prensa afín, magnifican cualquier exabrupto, o directamente manipulan todo lo manipulable para justificar su ardor guerrero.

Los ciudadanos de Cataluña debieran ser impermeables a esos arrebatos de odio y de búsqueda de la confrontación que en absoluto es mayoritaria en España. Paralelamente, aquellos que desde más acá del Ebro entienden que la democracia es la forma de abordar y resolver los conflictos en una sociedad avanzada debieran evitar caer en simplificaciones, tergiversaciones, mitificaciones y verdades supuestamente incontestables que se esgrimen desde el ala más dura del independentismo. Como escribía esta semana Argelia Queralt, sería bueno entender que "al Govern de Torra y Puigdemont, sobre todo a este segundo, les va la supervivencia política en la tensión, la greña, la polarización máxima".

Todo lo que sea huir de ahí, todo lo que sea aceptar la más simple posibilidad de dialogar, en cualquier ámbito, es positivo. Todo lo que sea alinearse en dos frentes antagónicos, caer en la sinrazón y en la provocación de los que no buscan más que eso desde las dos orillas del Ebro, es malo, perjudicial, peligroso. Como ha dicho Oriol Junqueras, “la política de frentes solo alimenta el frentismo”. Son de agradecer las palabras pausadas de un hombre [independentista confeso desde siempre, y no como otros conversos] que está injustamente en prisión. El camino, ciertamente, no puede ser el frentismo, y aquellos que se dicen sus amigos y viven en situación mucho menos dura y dramática deberían tomar ejemplo.

Personalmente me cuento entre aquellos que creen que las Españas pueden y deben seguir unidas y colaborando lealmente en beneficio de los propios intereses de sus ciudadanos. Hemos llegado a una situación muy grave y extremadamente complicada en la que urge que los actores políticos y sociales relevantes en esta crisis opten por el realismo y abandonen toda obcecación. Eso quiere decir, sencillamente, apostar por el correcto y efectivo funcionamiento de las instituciones políticas democráticas.