Dos años de ciento setenta y cinco

Diario de un reportero

Nos dijeron que pasáramos a la oficina del director. En el recuerdo es un espacio enorme, de techo alto, casi en penumbras. En una esquina está el escritorio del director, y detrás del escritorio está el director, un señor serio que saluda a mi papá y se me queda viendo antes de invitarnos a tomar asiento.

¿Conoce usted a fulano y a zutano y a mengano y a perengano, todos ellos misantecos?, pregunta el director en voz bajísima, casi como sin ganas. Claro que sí, respondo entusiasmado porque encuentro algo en común con él. Hace un gesto que no sé si es una sonrisa o una mueca de desagrado.

Mire, señor Molina, le voy a recomendar algo, declara solemne el director. Regrese a su tierra y aprenda a trabajar la tierra con sus manos, le va a ir mejor. Mi papá sonríe. No sé qué decir. Termino por asegurarle al director que quiero estudiar ahí porque ahí estudió mi papá y porque sé que es la mejor escuela del estado.

Hasta ahí me da la memoria. No sé qué me dijo después ni cómo fue, pero en septiembre de ese año ya era alumno del Colegio Preparatorio de Xalapa, o Prepa Juárez, un edificio antiguo que olía a antiguo y tenía aire institucional por dentro y por fuera. Ahí pasé dos años intensos que cambiaron mi vida.

Tres cosas recuerdo: que hombres y mujeres – o muchachos y muchachas – tenían que bajar por escaleras distintas por úkase de la matrona Josefita; que se podía fumar en clase – quién no miró fascinado el cerillo que se extinguía en los dedos del teacher Contreras mientras él decía algo en inglés, o quién no hizo rueditas de humo en la clase de Física de Ernesto Moreno –, y que la biblioteca tenía las obras completas de varios escritores de la revolución.

El director del colegio Preparatorio era Librado Basilio, quien a pesar de sus dudas sobre mi futuro académico me alentó a escribir poesía (cosa que uno hacía en servilletas del Parroquia y en cualquier otro papel que se pusiera a la mano) y generosamente publicó en El Caracol Marino mis primeros versos, que antes leía con rigor el licenciado Aristeo Rivas.

Quise estudiar medicina, pero no pude. Dos años y un propedéutico después visité al licenciado Basilio. Me recibió con afecto. Salimos al pasillo y vimos el edificio y recordamos en silencio pero entre la bulla que vive en las escuelas. Yo tenía razón, me dijo el maestro, le habría ido mejor si hubiera aprendido a trabajar la tierra. Nos dio risa. Tal vez tenía razón. Aprendí el oficio de reportero.

Volví varias veces a la Prepa. A mediados de los ochenta el licenciado Basilio me dejó organizar una serie de trece noches de conciertos en los que se tocó música de profesores y estudiantes de la Facultad de Música de la Universidad Veracruzana. Después me fui lejos de Veracruz, como dijo el poeta. No ví más al maestro. He regresado de manera furtiva al viejo edificio, como quien entra sin permiso a la casa de otros. Ya no conozco a nadie aunque recuerdo a todos.

Esta semana me enteré de que mi vieja escuela cumplió ciento setenta y cinco años. Lo celebro. Hoy levanto la copa de mi vida a la memoria de quienes me ayudaron a ser quien soy.