La esperanza y la experiencia

Diario de un reportero

Uno lee. Muchos, casi todos los comentarios de las redes sociales y no pocas columnas políticas, hablan sobre lo que prometió Andrés Manuel López Obrador como candidato y no podrá cumplir como presidente. Algunos le piden que rinda cuentas como si ya fuera presidente, y no pocos critican que no haya transformado al país.

Uno no sabe qué pensar. Lo fácil sería suponer que todos esos opinadores (no tantos como parece, porque las redes sociales no ofrecen número precisos ni datos confiables ni opiniones informadas) siguen pensando que los partidos Revolucionario Institucional y de Acción Nacional son los únicos con derecho a decidir el rumbo del país.

También parece que muchos están convencidos de que la rapiña y la corrupción que han azotado a México desde su nacimiento son cosas normales, y que cualquier persona o grupo de personas que quiera hacer las cosas de distinta manera están condenadas al fracaso.

Y – uno lo ve sobre todo en las redes sociales – quisieran que el gobierno que viene fracase aunque ese fracaso eche abajo cualquier esperanza de cambio en la vida de la nación. Muchos ya comenzaron a reclamar cosas que no se pueden hacer (o intentar) antes de tiempo, y apuntan con sentido triunfal las contradicciones y las presuntas fallas que puede tener un gobierno que todavía no es.

Lo difícil, aunque no tanto, es distinguir entre quienes tienen una opinión informada, de buena fe, y quienes emiten juicios desde una perspectiva partidista. Nadie podría pensar que las oposiciones de hoy serán mejor que cuando fueron gobierno. Pero en estas elecciones, como en otras, resulta claro que una vez más los mexicanos votaron por la esperanza a pesar de la experiencia.

La experiencia

Es verdad que hay críticas con fundamento, señalamientos que ponen en evidencia las contradicciones del proyecto político por el que votó una mayoría nunca antes vista (si se exceptúan los números masajeados de las elecciones priistas), y que cuestionan el pasado y hasta el presente de algunos personajes ciertamente cuestionables. El ejemplo más reciente es Rosario Robles, secretaria de Desarrollo Social, a quien el presidente electo reconoció como chivo expiatorio sin decir más.

Más allá de las malas metáforas que haya usado Andrés Manuel López Obrador, el caso de Sedesol ilustra la visión asistencialista y pervertida de los gobiernos que han sido: destinar recursos para hacer dependientes a quienes más necesitan.

Para nadie es noticia que en vez de organizar a las comunidades y las personas para que sean ellas quienes manejen su propio desarrollo, la burocracia de Sedesol se dedicó a dar recursos que llegaban a sus destinatarios oficiales mermados por los diezmos y las comisiones.

Y no se hizo nada cuando el Sistema de Administración Tributaria y la Secretaría de Hacienda denunciaron que varias universidades recibieron fondos de la Secretaría de Desarrollo Social para subcontratar a empresas que resultaron fantasmas en una operación que terminó con la pérdida de cientos de millones de pesos.

No ha pasado nada. Ni pasó ni pasará. El asunto se resolvió cuando el presidente Enrique Peña Nieto le dijo en público a la secretaria No te preocupes, Rosario. Y lo mismo dijo el presidente electo, aunque quizá con otras palabras que atizaron el mal humor de los críticos.

Mientras tanto, más de la mitad de los mexicanos, y más de la mitad de los veracruzanos, siguen viviendo en la pobreza extrema aunque se hayan gastado más de trescientos mil millones de pesos – según la delegada de Sedesol en Veracruz Anabel Ponce Calderón – en los programas oficiales para ayudar a quienes necesitan todo (https://www.alcalorpolitico.com/informacion/con-penia-nieto-solo-medio-millon-de-personas-pasaron-de-pobreza-extrema-a-pobreza-271210.html - .W6Jm_y97EWo).

Si las matemáticas no mienten nos tocaba a unos treinta millones de pesos por persona. Con eso se termina la pobreza. Cualquier pobreza.

El grito

El quince de septiembre caminaba con el gusto que da saber que dentro de poco habría un vasito de oporto fresco y un periódico cuando se me acercó la muchacha. Era jovencísima, y sonreía sin malicia. Estaba haciendo un trabajo para su escuela y quería saber qué pensaban los peatones sobre la educación.

"Dígame en un palabra qué es lo más importante en la educación", me conminó, con el lápiz (era un lápiz) listo para anotar mi respuesta en su libreta. "Curiosidad", le dije en un francés veracruzano. "Sin curiosidad no hay educación que valga". Se me quedó viendo. "¿De dónde es usted?", me preguntó. "De México", le dije.

"Dígame otras tres cosas importantes", insistió. "Igualdad, información, alegría. La educación que es igual para todos, que ofrece información útil e interesante, que despierta la curiosidad y hace que el estudiante disfrute aprender". Voilà. La muchacha apuntó sin prisa lo que creo que dije, y yo me fui a ver qué otra cosa ve el que bebe.

Pasé una buena noche, con la satisfacción de haber contribuido al trabajo de una estudiante. Al otro día, en la madrugada, mientras tomaba café me dí cuenta que más o menos a esa hora se celebraba en México. Viva México, pensé. Cabrones.