Votar por las promesas [falsas o vacías] que hemos querido escuchar.

Es un fenómeno planetario que afecta a las democracias, seguramente un producto de la globalización, que se ha extendido como una pandemia propagada por un virus: millones de ciudadanos votan por aquellos candidatos que les ofrecen como programa político desarrollar lo que entienden que quieren escuchar. Frecuentemente la propuesta ha sido sintetizada al máximo en una o dos ideas fuerza que se convierten en el eje del éxito del político que las transmite. Esos propósitos tienen algunas características que están presentes en los diversos escenarios nacionales: son simples, aparentemente fáciles de implementar, responden a una visión binaria de la realidad -los buenos contra los malos- y, finalmente, van dirigidos a un determinado tipo de elector de baja formación política y, por razones diversas, muy vulnerable en la coyuntura en la que vive.

Estos mensajes ya no circulan y se difunden mayoritariamente por los conductos convencionales de hace una década, sino que se transmiten con gran agilidad y potencia mediante las redes sociales habituales [Facebook, Twitter, etc.], los chats de los teléfonos, las potentes redes de desinformación o de propaganda negra -falsa, tergiversada, y elaborada con la voluntad de engañar-, por periódicos o cadenas de televisión ad hoc, por iglesias sectarias o por comunidades de otra índole.

Es ahora cuando resulta evidente que enfrentamos una ola reaccionaria, con conexiones incluso con lo que podemos decir neofascismo, que es una segunda generación de aquella revolución conservadora de los años ochenta del siglo pasado, inaugurada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Ahora, en Europa y América, ha llegado ese nuevo tsunami ultraconservador, híper reaccionario, neofascista, y lo encontramos desde la Rusia de Vladimir Putin y la Turquía de Recep Tayyip Erdoğan, a la Hungría de Viktor Orban o a la Polonia de Jaroslaw Kaczynski. En Europa occidental, la derecha extrema ha aparecido con fuerza -por ejemplo- con Alternativa para Alemania [Alternative für Deutschland, AFD] o en Italia con la Liga Norte [desde 2018, simplemente Lega] de Matteo Salvini. En cinco países de la Unión Europea la derecha radical superó el 20% de los votos en las últimas elecciones. En otros cinco, el porcentaje rondó el 15-17%. La tendencia de estos partidos es al alza en la mayoría de la UE, donde ya cuentan con representación en 19 parlamentos nacionales.

En América, Donald Trump ha conseguido imponerse -al menos por ahora- a todos aquellos que sostenían la verosímil idea de que la fortaleza de las instituciones norteamericanas y la de su opinión pública reconducirían los excesos anunciados en campaña por el millonario sin experiencia política, quien fue electo gracias a un sistema electoral anacrónico, con el apoyo de casi 63 millones de votos [dos millones menos que Hillary Clinton]. Ahora estamos a pocas horas de que Brasil -la 4ª democracia más poblada del planeta- vote en segunda vuelta y valide [o no] el ganador de la primera, Jair Bolsonaro, un neofascista al que apoyaron más de 50 millones de brasileños.

En Europa los mensajes que concitan la adhesión de aquellos que apoyan la extrema derecha son simples: en un escenario aún afectado por los daños de la crisis económica de 2007, explotan la que llaman nueva amenaza para los pueblos europeos, la que conectan el binomio inmigración e islamización, con el suplemento de la amenaza terrorista yihadista. En Estados Unidos, Trump supo conectar con un importante segmento de estadounidenses, fundamentalmente blancos empobrecidos, que se consideran víctimas del vendaval de la globalización, que han visto como la crisis de 2007 paralizaba el ascensor social, y que se ven en competencia con los afroamericanos o los latinos, lo que ha insuflado aire al racismo soterrado de una sociedad que aún no ha superado completamente ni la esclavitud -abolida en la segunda mitad del siglo XIX- ni la segregación, legalmente vigente hasta la segunda mitad del siglo XX. En Brasil, Bolsonaro ha explotado con éxito el trinomio corrupción, inseguridad pública y anti-Petismo [por el PT de Lula da Silva] como vectores principales de una coyuntura electoral en la que destaca un sistema político podrido, y está en discusión el papel que debe jugar el Estado en la economía.

Desde Nueva York, Trump usó dos ideas simples: America First y Make America Great Again, un slogan este último claramente procedente del Let's Make America Great Again de la campaña de Ronald Reagan en 1980; dos consignas que han sido suficientes para muchos que, simplemente, escucharon lo que querían escuchar.

Bolsonaro, desde Río de Janeiro, ha trabajado con dos ideas también: Brasil Acima de Tudo y Deus Acima de Tudos. Por encima de todo, el país, Brasil. Y por encima, todavía, sólo Dios. En un país muy nacionalista, mucho, y con una religiosidad popular desbordada, así reafirmó la propuesta de utilizar la mano dura, extremadamente dura, contra la corrupción y contra la inseguridad. Suficiente para lo que querían escuchar más de 50 millones de electores brasileños.

Otro proceso más cercano a nosotros, que ahora está permanentemente en los medios, también ha ido por la misma ruta: el Brexit. Los argumentos de los políticos y los partidos partidarios del abandono de la UE eran que éste permitiría un mayor control de la inmigración, la cual se reduciría extraordinariamente, una mejor posición británica para negociar acuerdos comerciales internacionales, un alejamiento de la pesada burocracia de la Unión, y la liberación de recursos económicos [350 millones de libras semanales] para dedicarlos a la sanidad pública para los británicos. Cuatro ideas falsas que millones de ciudadanos querían escuchar y por las que votaron por salirse de la Unión.

Falta saber qué pasará próximamente en nuestro país. El Partido Popular, con Pablo Casado al frente, ha decidido -como durante la época del peor Aznar- elevar al máximo la presión de la caldera política contra el gobierno en general y contra Pedro Sánchez en particular, y desgastarlo todo lo posible de cara a los diversos procesos electorales que se acercan. Si comenzaron aferrándose a la [falsa] ilegitimidad de la moción de censura contra Rajoy, pasaron a hablar del gobierno Frankenstein, para luego abordar las dos ideas básicas de su propuesta política actual: la inmigración, con millones de africanos dispuestos a invadir España [sic]; y el golpe de Estado en Cataluña, del que Sánchez ha llegado a ser acusado por Casado de participante [sic]. Dos auténticas barbaridades indignas de un partido de gobierno como es el PP.

Veremos si en España lo que ha funcionado en el Brexit, a Trump o a Bolsonaro también es efectivo. Las encuestas dicen que no, y que el PP continúa perdiendo apoyo electoral, pero convendría no bajar la guardia. La intoxicación política, aunque parezca demasiado grosera, está causando estragos en muchos países democráticos. Hay mucha gente que vota por lo que líderes irresponsables les prometen.