Promesas Incumplidas

Las concertacesiones políticas evidencian los límites de la cuarta transformación. Existe un símil entre Andrés Manuel López Obrador y Francisco I. Madero que puede tener un resultado semejante: la convicción respecto de un liderazgo moral como elemento suficiente para cambiar México. No cabe duda que ambos personajes han realizado los diagnósticos más profundos y honestos en relación a la situación nacional; empero, como señala Catherine Mansell, son reflejo de un espíritu hidalgo que rechaza afirmarse en la materia.

El pueblo abandonó a Francisco I. Madero cuando éste se introdujo en el laberinto de la indecisión política. A veces se piensa que Madero fue el apóstol de la democracia que México no supo entender. Resulta difícil creer que en los días de la Decena Trágica ningún contingente viniera en su auxilio. Otras ocasiones, se llega a considerar que Madero era un iluminado cuya inmolación haría despertar el verdadero espíritu nacional; con todo, el martirologio del caudillo terminó provocando un enorme sufrimiento.  ¿Se entenderá algún día el proyecto del Quijote revolucionario? La sociedad se alejó cuando el maderismo buscó su beneficio y el licenciamiento de los verdaderos agentes de la transformación social.  Por eso el General Emiliano Zapata pronunció el Plan de Ayala y su odisea metafísica cabalgará el primer año del presente sexenio.

La utopía de un México justo, legal, democrático y pacífico ha encontrado un muro en el modo ambivalente de algunos distinguidos miembros de MORENA que acorralan los principales cambios en la configuración del nuevo régimen. Emilio Olivier Fernández afirmaba que la política mexicana sólo sabe conjugar un verbo: madrugar. Y eso es lo que le están haciendo a la cuarta transformación.

MORENA llega al poder con la debilidad estructural del cambio sin ruptura. El maderismo no pudo gobernar y generó una revolución que se llevó todo: lo bueno y lo malo. Al Partido Oficial le costó más de treinta años consolidar a “sangre y fuego” la disciplina de una Familia Revolucionaria así como de las instituciones. El faccionalismo colaborador no era democrático, pero instauró una gobernabilidad y control que, con todo, generaba una conducta partidista saludable al sistema político; por lo menos, hasta antes de la llegada neoliberal.

Las divisiones, liderazgos, conflictos y oportunismos al interior de MORENA tendrán como resultado situaciones como las del Poder Judicial, el Senado y los gobiernos locales. La cuarta transformación se enfrenta a organizaciones disciplinadas, institucionalizadas, consolidadas en una serie de prejuicios y hábitos que están conformando una seria oposición dispuesta a conquistar el poder legislativo, los estados y la presidencia de la república; antes de que termine el sexenio. A MORENA lo acota MORENA, en la membresía del movimiento se encuentran muchas contradicciones –propias de la izquierda–; pero, también, derivadas de oportunismos y traiciones internas más que al líder carismático, al pueblo que apoyó la cuarta transformación. A este paso, la sociedad quedará en la peor orfandad y el estado de violencia será permanente.

La escatología de AMLO comienza a estrellarse en la realidad. Los pricomunistas, tránsfugas, renacidos  e intelectuales orgánicos que se afirmaban como la milicia de la regeneración nacional, están prefiriendo las relaciones nicodemicas con los poderes fácticos. Las altas expectativas que llevaron al poder una determinada opción política implicaban una ruptura y; paradójicamente, los morenistas están seleccionando lo contrario.

En las primeras semanas del nuevo gobierno, distinguidos miembros de Morena han mostrado el talante peor del contubernio y pragmatismo, se olvidan del costo que tienen las desilusiones y traiciones. Ni utópicos ni pragmáticos, México necesita un gobierno capaz, fuerte, competente, nacionalista y coherente. Sin resultados, sin disciplina partidista, sin una lealtad verdadera para con el Pueblo, el lopezobradorismo se convertirá en una Iglesia sin creyentes y el país ahora sí estará en el despeñadero. La gobernabilidad requiere decisiones, un termidor que configure un nuevo México y extirpe las patologías que agobian nuestra sociedad.

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