La prudencia y el realismo no son traición. Ni en una ni en la otra orilla del Ebro.

Prudencia y realismo son, tanto en política como en otras circunstancias de la vida, dos virtudes que conviene tener siempre en mente. Las circunstancias excepcionales que vivimos a propósito de la crisis catalana las han convertido en imprescindibles, tanto para el gobierno de Madrid como para el de Barcelona.

Que en Cataluña hay un sector que quisiera ulsterizar el Principat es una evidencia, tal y como reconoce el diario ARA, un medio soberanista que apuesta por un catalanismo que ha sido históricamente inclusivo, profundamente democrático, convivencial y europeísta. Pero hay más evidencias. La de que el proceso catalán ha hecho resurgir en España, con potencia y sin complejos, una extrema derecha que estaba electoralmente anclada bajo las siglas PP, y que ahora navega en solitario constituyendo una amenaza extraordinaria para las próximas elecciones -todas ellas- en la medida que ha revivido la idea de una España inequívocamente castellana, autoritaria, centralista y enemiga de cualquier interferencia nacional que vaya más allá del "sano regionalismo". También podemos apuntar -como tercera evidencia- la reactivación de las tensiones entre los socialistas respecto de la crisis catalana, propiciada por los barones territoriales que acusan a Pedro Sánchez de connivencias con los separatistas catalanes y de estar haciéndoles concesiones que consideran traición a su idea de España.

Ahora, tras la amarga derrota en Andalucía, los socialistas de Sánchez se han visto obligados a cambiar parcialmente el discurso, endureciéndolo, tanto para ofrecer una imagen de mayor firmeza como para intentar romper el frente independentista, obligando tanto a lo que queda del PDCat como a ERC a desmarcarse y a aislar a los partidarios de los disturbios que quieren dar razones a los neofascistas de Vox y los halcones del PP y de Ciudadanos por aquello del cuanto peor, mejor.

Los socialistas españoles cometerían un grave error, táctico y estratégico, si se dejaran arrastrar por el españolismo radical y abandonaran el difícil papel que deben interpretar en el escenario actual de las Españas. No hay más alternativa que una nueva articulación del Estado -que aún está por definir respecto a las diversas naciones hispánicas-, pero es evidente que el número de los federalistas por kilómetro cuadrado en España es muy bajo a estas alturas. Con todo, hace falta mucha prudencia y mucho realismo en el PSOE y, también, en el resto de las izquierdas existentes en Iberia.

Para el independentismo catalán hay una frase mítica de los años de la Transición: "Que la prudencia no nos haga traidores". La pronunció un dirigente histórico del republicanismo, Jordi Carbonell, en un acto de la Asamblea de Cataluña en Sant Boi, el 11 de septiembre de 1976. La máxima es magnífica como alentadora en momentos excepcionales en los que, como era el caso, el franquismo aún estaba en condiciones de amenazar y asustar a los demócratas -en Cataluña y en toda España- que tenían la firme intención de acabar con él. También últimamente se ha utilizado el dicho de Jordi Carbonell para apoyar y reforzar el desafío soberanista que acaba de cruzar una raya de la mano del presidente Torra; una raya, la de plantear la vía eslovena, que -a pesar de haber sido negada después- viene hacer explícito que el Muy Honorable ha abandonado cualquier tipo de contacto con la realidad.

No hay que dedicarle demasiada atención a poner negro sobre blanco las diferencias entre 1976 y 2018, siendo suficiente el recordar que después de la muerte del dictador la voluntad democratizadora de la ciudadanía catalana era abrumadora, total y completa, mientras que ahora la sociedad del Principat está rota por la mitad. A estas alturas, la prudencia y el realismo no sólo no convertirán a nadie en traidor, sino que al contrario lo necesario es que buena parte de los dirigentes del soberanismo tengan el valor de hacer frente a aquellos que, con el presidente Torra en el frente, han decidido conducir a Cataluña hacia el abismo.

Sería bueno y conveniente que Torra y los que lo apoyan leyeran el artículo de Kepa Aulestia, un hombre libre de toda sospecha de españolismo, quien escribió en La Vanguardia: "El independentismo ha trazado un arco inédito en arquitectura, compuesto de estructuras disjuntas que por momentos parecen la misma cosa. El arco independentista no se soporta ni a sí mismo, y mucho menos está en condiciones de sostener la construcción de una república propia. Lo más desconcertante de su dibujo es que no se sabe con exactitud dónde empieza y en que se acaba". No serán pocos los que estarán de acuerdo con el vasco desde las filas soberanistas catalanas.

Es posible, aunque improbable, que Cataluña se independice de España en un futuro, algún día. Quizás esto pase, pero no será ni ahora ni en un tiempo cercano. Ni la fuerza social del independentismo, ni la fractura que atraviesa a la sociedad catalana, ni la realidad política española, ni la europea, hacen que sea factible una declaración unilateral de independencia. Un CATEX a las bravas es inviable, por ahora al menos, y sus promotores deberían preguntarse muchas cosas tan sólo observando lo que está pasando con la señora May y su gestión del resultado de lo que fue una locura irresponsable de su predecesor Cameron.

El diario ARA, que a veces juega a la puta y la Ramoneta, editorializaba días atrás con dos ideas claras: una de crítica a Pedro Sánchez y al PSOE por no desmarcarse de la derecha españolista, y otra llamando la atención del secesionismo a propósito del pésimo negocio que podría resultar de hacer caer el gobierno actual de Madrid.

A pesar de entender que para el gobierno de Sánchez la situación catalana es muy complicada, y tras asumir que el independentismo ha cometido errores ["que son magnificados por la derecha", dice el diario], el ARA entiende que Pedro Sánchez debe resolver un dilema: o intentar "consolidar una mayoría de cambio en España con una alianza entre la izquierda y los nacionalistas" o, contrariamente, "hacer de monaguillo de una derecha que pugna para llegar al gobierno, acabar con el estado de las autonomías e imponer su agenda retrógrada y regresiva". Lo que no dice el ARA es que, hoy por hoy, esa alianza de la que habla es imposible de asumir para la izquierda de ámbito estatal en la medida en que desde Cataluña no se acepta ninguna otra cosa que no sea la autodeterminación.

Además, el soberanismo sufre una pugna a tres bandas entre el heterogéneo sector que constituyen Crida/PDCat [con Torra y Puigdemont más Artadi en un equilibrio inestable], la más homogénea ERC [que tiene a su líder en prisión desde hace demasiado] y la franja más radical y esencialista de los independentistas anti-sistema [CUP/CDR]. Los tres están sufriendo, con distinta intensidad, fuertes contradicciones internas a la vez que compiten entre ellos por ser la referencia hegemónica en el camino hacia la república.

Desde la orilla independentista algunos deberían apresurarse a rectificar esa estrategia del todo o nada. Quizás están infravalorando los recursos del Estado y estos son muchos y poderosos. La sociedad está rota al 50/50, lo cual niega cualquier legitimidad en el escenario internacional a los secesionistas. Además, si realmente quisieran una negociación con el Estado, deberían entender que en una negociación nunca se debe cifrar el éxito en conseguir algo que la otra parte no puede darte. Ahora bien, si no se quiere negociar, sino que lo que se quiere es imponer, no se puede acudir a la mesa de negociación con un apoyo de sólo esa mitad de la ciudadanía, sino que hay que ir con una mayoría incontestable detrás que, hoy por hoy, está bastante lejos. Hay muchos, entre los secesionistas, que hace tiempo que esto lo tienen claro.

El diario ARA, al mismo editorial también sostiene la otra idea señalada, y dice que desde el independentismo también se ha de calcular el riesgo de hacer caer a Pedro Sánchez "y abrir la puerta a una eventual mayoría de derechas entre PP, C’s y Vox en el Congreso", y ello porque "este escenario sería mucho peor para Cataluña, ya que el 155 que aplicó Rajoy sería una anécdota en comparación con lo que sueñan Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal". El editorialista del ARA entiende, con buen criterio, que "la primera obligación de los independentistas es la defensa de las instituciones y no ponerlas en riesgo". La prudencia, y el realismo, en resumidas cuentas, deberían hacerse explícitos en los discursos y en la acción política efectiva de, al menos, los segmentos más sensatos de los partidarios de la independencia de Cataluña. De ninguna manera preservar las instituciones catalanas del riesgo efectivo de la llegada al poder de una derecha vengativa y recentralizadora sería traicionar el independentismo; sería, por el contrario, un ejercicio virtuoso de prudencia y realismo.

Reconforta constatar que en un diario independentista se ponga negro sobre blanco que, contrariamente a lo que defienden los sectores más radicalizados, no es ni parecido lo que significa tener a Sánchez en La Moncloa de lo que significaría tener a Casado o Rivera y con el apoyo de Vox. Deberían, entonces, valorar y acoger las posibilidades de entendimiento que puede ofrecer Madrid, analizando los costes que la situación en Cataluña ha tenido para la izquierda estatal en general y para el PSOE en particular en las recientes elecciones andaluzas; así como las que podrían tener en las próximas que van a desarrollarse durante 2019.

Las izquierdas hispánicas, es decir el PSOE, Podemos y sus confluencias, pero también ERC, Compromís y otras organizaciones de la España periférica deberían tener cuidado en el análisis que recientemente realizaba Paul Mason -originalmente en The Observer- a propósito del Brexit y el Partido laborista británico. Ante el laberinto en el que, respecto al problema, se encuentra el partido de Jeremy Corbyn, hace una pregunta clara y concisa al propio partido y ofrece una respuesta igualmente explícita. Son una pregunta y una respuesta que, en relación con el problema en Cataluña, también podría formularse al partido de los socialistas españoles [y al resto de los partidos de la izquierda hispana]. Es esta: “¿A quién representa el Partido Laborista hoy?” [¿A quién representa hoy el PSOE?] La respuesta debería ser evidente, dice Mason: "A los que están dispuestos a anteponer datos contrastables frente a prejuicios, a los que quieren luchar por la justicia social y salvar la globalización reduciendo su intensidad, a los que no se prestan a tirar a sus colegas de otras razas bajo el tren de la xenofobia. El Partido Laborista representa a las mujeres y no a los misóginos. A los internacionalistas y no a los nacionalistas". Pues sí, de ese tipo debería ser la respuesta de las izquierdas en el desafío, en el laberinto de la crisis de Estado que sufrimos en Cataluña. Prudencia y realismo también en las izquierdas es lo que hace falta.

En las dos orillas del Ebro son imprescindibles.