Puebla, el orden aunque venga del centro

 

Uno de los principales estudiosos de las elecciones en Puebla, el Dr. Víctor Reynoso (1997), escribía hace algunos años sobre la informalidad institucional que se impulsaba en la entidad a razón de conseguir control, estabilidad y orden por el conflicto social histórico entre conservadores, liberales y progresistas. El título que encabeza la presente columna, hace referencia a dicho trabajo académico que tomaba el sentido de una expresión popular respecto de la incapacidad local para generar gobiernos estables. Varios años después parece que Puebla está en las mismas circunstancias y con la misma gente. Se perdió el orden y hay muchas responsabilidades compartidas.

Puebla es –esencialmente- conservadora y cualquier modernización despierta los monstruos de las rémoras identitarias. El progreso y la modernidad son fenómenos deseables; pero, no a cualquier costo y, tampoco, de cualquier manera. Desde ahí tiene que verse el impulso que llevó al morenovallismo al poder, sus acciones, conflictos y tragedias. El morenovallismo no quiso ser un neoavilacamachismo, le faltó, o le sobró, tiempo, medios, obra pública, consenso, legitimidad, violencia. Nunca se sabrá. 

El morenovallismo no constituye el núcleo de la caja negra del sistema político poblano. Con todo, la desaparición del personaje que lo representaba no es semejante a la figura de Maximino Ávila Camacho, este sí, estructurador de una serie de elementos y equilibrios que lograron cohesión y persistencia para conservar el poder en Puebla, así como alcanzar el nivel nacional. Ahora, el avilacamachismo se encuentra reestructurándose para sobrevivir en el contexto de la Cuarta Transformación.

El morenovallismo, en efecto, se impuso a la mayor parte de los actores e, incluso, pretendió someter al avilacamachismo y cambiar las ponderaciones. Esta es la razón de que, en su ausencia, las facciones busquen sobrevivir y acomodarse a las circunstancias del régimen. No obstante, en algo coinciden ambos fenómenos del poder territorial: su capacidad para generar conflictos. En la historia inmediata de Puebla esa fue la característica del grupo político que construyó el “Pacto de Honor y Justicia” en la primera mitad del siglo XX mexicano. Actualmente, pareciera que esa época anárquica emerge con toda su fuerza. El mismo académico preguntaba al morenovallismo, hace poco, en alusión a las discutidas elecciones locales del 2018: “¿Esa democracia quieren?”

La historia local muestra que Puebla mantiene un faccionalismo que produce pugnas radicales. El avilacamachismo fue controlado, y el estado también, con tres gobernadores emanados de la órbita presidencial en la era del Partido Hegemónico ajenos a la entidad. ¿Debe ocurrir algo semejante en la época contemporánea para encontrar el orden y la paz?

El avilacamachismo puede pactar con el gobierno federal. La desaparición del morenovallismo, desde esta perspectiva, no aleja la posibilidad de otros protagonismos e intermediaciones. Puebla requiere una “Mesa para la Paz” antes que comicios electorales. Es urgente porque tirios y troyanos, moros y cristianos, no cesan en sus intentos de rivalizar al extremo, olvidando que la fractura de las elecciones pasadas puede derivar en otra cosa. En un contexto así, todos perdemos. Ni crecimiento, ni desarrollo, ni justicia social. Coexistencia o no existencia. Los actores históricos y con verdadera altura moral podrían apresurar un diálogo de este tipo. La sucesión política local implica una mediación entre el poder regional y nacional. Puebla tiene problemas verdaderamente graves en cuanto a pobreza, seguridad, emigración, crecimiento económico, salud y, sobre todo, planeación.

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