Palabras más, palabras menos

May 4, 2019

Diario de un reportero

 

 

Una vez le pregunté por qué no decía más discursos ni daba entrevistas. Se me quedó viendo. Se le animó el gesto. Me dijo que quien manda debe usar las palabras con prudencia y hablar poco, y se quedó callado. Le pedí que siguiera.

 

Quien gobierna no debe declarar sobre todas las cosas, me dijo. La palabra se devalúa un poco cada vez que uno la usa, y por eso debe usarse solamente cuando sea necesario. Otra pausa. Tal vez mi silencio alentó el resto de su respuesta.

 

Me explicó que la gente termina por darse cuenta de que el gobernante habla para tratar asuntos importantes, y presta más atención que si estuviera en todos los medios todos los días. ¿Es importante porque lo dice quien gobierna? ¿O quien gobierna lo dice porque es importante?

 

No recuerdo de qué más hablamos esa tarde de hace tiempo, pero no olvidé lo que habíamos hablado. No diré su nombre porque no hace falta y además no es necesario.

 

Triste asunto

Así llegamos al asunto de los medios en México, donde cualquiera con un chaleco de muchas bolsas y un iPhone se considera periodista, y sólo puede ser amigo o enemigo del gobierno. Literalmente, no hay medias tintas: uno es prensa fifí o es prensa chaira, está vendido o está comprado... Cualquiera puede ser o haber sido corrupto.

 

Es una situación triste. Hace casi dos siglos, el abogado y pensador francés Maurice Joly explicó que además de ejercer el oficio de contar la historia de lo inmediato, la prensa tiene la potestad de vigilancia porque "expresa las necesidades, traduce las quejas, denuncia los abusos y los actos arbitrarios, y obliga a los depositarios del poder a la moralidad, bastándole para ello ponerlos en presencia de la opinión (pública)".

 

En este espacio señalamos hace años, o meses, o semanas, o días, que los medios se limitan a contar lo que pasa: hay violencia, hay inseguridad, hay miedo. Poco o mucho, pero hay todo eso. También siguen las tribulaciones de quienes perdieron antes y siguen perdiendo ahora lo que invirtieron en obras, en productos y en servicios autorizados por gobiernos recientes. Los medios retratan la vida pública porque son el último interlocutor que le queda a la sociedad civil y de la otra.

 

Pero en un exceso de cautela el gobierno de Veracruz no dice mucho. No se dice lo que hay que decir y la gente especula, inventa, miente, sospecha, y nadie sabe nada. Y – cuando se hacen declaraciones – en vez de planear el futuro se discute el pasado y se disputa el presente. Así no vamos a ninguna parte.

 

Tal vez llegamos al momento en que el gobierno de la república diga menos y que el gobierno del estado diga más. Después de todo, tenemos que pensar bien lo que hacemos o lo que dejamos que se haga, porque ya pasó el tiempo en que las cosas se decidían desde Palacio Nacional o Palacio de Gobierno y para eso se necesita una buena comunicación en todos los sentidos.

 

Los gobiernos de antes, de ahora y de después, están obligados a tomar decisiones que afectan a quienes votaron por ellos, a quienes votaron en contra, y a quienes no votaron. Tienen que gobernar para todos. Y todos tienen que participar en la cosa pública.

 

Herman Hesse advertía que para nacer hay que destruir un mundo. No ha cambiado nada, o casi nada. Y menos va a cambiar porque un país no cambia por decisión superior sino porque su gente quiere hacer, por fin, las cosas de otra manera. Tiene que destruir el mundo que era y comenzar a construir el que será.

 

Pero si esperamos que México y los mexicanos cambien por obra y gracia del gobierno, de cualquier gobierno, estamos jodidos. Triste asunto. Eso.

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