El viaje imposible del PP: ¿centrismo con Vox y con el 155?

May 5, 2019

 

El Partido Popular, con Pablo Casado al frente, pero comandado de manera efectiva por José María Aznar desde su despacho en FAES, anuncia ahora, pocas después de su desastre electoral, que quiere ser la gran referencia del centro político español. Preguntados sus portavoces por el significado real de este cambio de ruta, niegan que se trate de una modificación sustancial, porque el partido siempre ha sido -afirman con vehemencia excesiva- el verdadero y único partido centrista de España.

interpelados por sus relaciones con la extrema derecha de Vox a la que Casado ofreció ministerios la víspera electoral, ahora reniegan -con más tibieza que otra cosa- de los de Abascal y compañía, pero no sólo mantienen el pacto en Andalucía, sino que ningún dirigente regional o local se atreve a negar que pactará con Vox tras las elecciones locales y autonómicas [en doce comunidades] del próximo día 26.

El desconcierto entre la parroquia popular es mayúsculo. No digamos ya entre los simples votantes que, con la borrasca interna del partido, no saben si mantener la fidelidad electoral. Definir a Vox y aclarar qué relaciones se quiere mantener con ellos es, a estas alturas, la pregunta que todo periodista serio le hace a cualquier cargo o representante del PP que se pone ante su micrófono. Y los entrevistados sufren lo que no está escrito. Isabel García Tejerina, por ejemplo, dice que con Vox no iría ni a tomar un café, mientras que Moreno Bonilla y sus correligionarios andaluces, por razones obvias, lanzan balones fuera y hablan de la honorabilidad de la formación ultraderechista.

Otros, la mayoría, prefieren eludir las preguntas comprometidas sobre Vox refugiándose en la repetición del argumentario elaborado desde el partido. Escuchar las entrevistas a -por ejemplo- dos personas tan pintorescas como la candidata por Madrid, Díaz Ayuso, o el presidente de Murcia, López Miras, es un ejercicio tan agotador como esclarecedor. Ambos hacen todo lo posible para huir del tema y se refugian en los lugares comunes habituales: la bondad excelsa de la gestión del PP y la perversidad maligna de la de los socialistas; su centralidad inmaculada versus el extremismo radical de todos los otros [los podemitas, los comunistas, los separatistas, etc.]. La cuestión es no utilizar ningún argumento que pueda ofender a los de Abascal. El caso de la señora Marquesa de Casa Fuerte, diputada electa por Barcelona, única representante del Partido Popular por Cataluña, es distinto: esta no quiere ni oír hablar de viajar en el centro, ni de las tribulaciones de Pablo Casado. Es evidente que la señora Álvarez de Toledo podría ser, perfectamente, diputada de Vox.

La conclusión a la que podemos llegar es que el PP está en un callejón sin salida del que parece casi imposible que pueda salir a estas alturas. Los análisis erróneos de FAES y las directrices dogmáticas de Aznar han conducido al PP a una situación en la que, incluso, peligra su existencia como organización política cohesionada. Los resultados de las elecciones del pasado 28 de abril, además de una pérdida impresionante de votos y escaños, han dejado negro sobre blanco una evidencia: el PP no existe en el País Vasco [ni tampoco Ciudadanos, ni Vox], donde incluso han caído candidatos ilustres del partido; paralelamente, la presencia efectiva en Cataluña se limita a una marquesa y diputada que ni sintoniza, ni quiere ni podría sintonizar con la sociedad catalana.

A raíz de ahí podemos hacernos la pregunta: ¿es posible la viabilidad de un partido político de gobierno que sea inexistente en Cataluña y en el País Vasco? La respuesta es no.

Durante la primera legislatura de Aznar, entre 1996 y 2000, el PP colaboró estrechamente con el Partido Nacionalista Vasco y con Convergència i Unió. Aznar aludía al MLNV, pactaba y se daba palmadas en la espalda con Xabier Arzallus y con Jordi Pujol, mientras hablaba catalán en la intimidad.

Esas relaciones hicieron posible un PP centrista, que contaba con socios ideológicamente próximos en materia económica y social, lo que le eximía de tener una organización potente propia en las dos nacionalidades históricas. Podemos deducir, entonces, que el centrismo del primer Aznar fue posible porque de manera implícita el PP había aceptado la plurinacionalidad de España.

Una primera conclusión, pues, en cuanto a la actual etapa política: la opción de ocupar el espacio político del centro pasa por aceptar que España puede ser un Estado, incluso un Estado fuerte, pero no es una nación uniforme. Hay, como mínimo, dos naciones bien potentes en el seno de este Estado: Cataluña y Euskadi. Y si esto no se acepta, como no lo acepta ni FAES, ni Casado, ni Aznar, no les será posible hacer del PP un partido centrista y centrado.

El electorado que el PP necesitaría para ser el gran partido del centro derecha español ya está vinculado política y electoralmente en el País Vasco, y está en el PNV, que es un partido en el que se encuentran a gusto desde ciudadanos netamente conservadores a ciudadanos que lindan con la socialdemocracia. Se trata de electores que, en el mejor de los casos, estarían dispuestos a permanecer dentro del Estado español como ciudadanos de la nación vasca.

En cuanto al electorado que el PP necesitaría en Cataluña, tampoco existe en la actualidad. O bien están a estas alturas votando a Ciudadanos, o se han incorporado como votantes de Vox. Aquellos que tiempo atrás estaban vinculados, especialmente, a Unió Democràtica de Catalunya, ahora no quieren ni oír hablar del campeón del anti catalanismo que fue el PP que se cargó la reforma del Estatuto e impulsó más recientemente la aplicación del artículo 155. Incluso un duro entre los duros del PP como García Albiol, quien opta a la alcaldía de Badalona, ha comprendido que debe ocultar completa y absolutamente su pertenencia a su partido si es que quiere tener alguna opción.

Es un drama eso que le pasa al PP. No quieren hacerse cargo de cómo de compleja es España, ni son capaces de reconocer que la recentralización que ellos querrían, la que acabaría con "los excesos de los nacionalistas periféricos", exigiría una especie de marcha atrás imposible en la España actual. ¿O es que piensan que podrían ejecutarla y aplicar un 155 permanente en, al menos, Cataluña y el País Vasco?

Quizá los más fanatizados españolistas lo piensan, pero deberían saber que los partidos centristas no gobiernan ni en coalición con la extrema derecha, ni con estados de excepción, ni manteniendo el orden a base de cargas policiales, detenciones y juicios.

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