Y entonces uno busca

May 31, 2019

Diario de un reportero

 

No sé si soy periodista fifí, chayotero, mentiroso, o de los otros. Como todos, uno trata de comprender lo que ve, lo que oye, lo que sabe, lo que vive, y lo cuenta con la esperanza de que sirva de algo: que informe, que eduque, que entretenga.

 

Por ahora no comprendo las descalificaciones que han recibido los medios en general – y algunas personas en particular – a partir de los calificativos del presidente López Obrador y la publicación de una lista de pagos que el gobierno de Enrique Peña Nieto hizo a varias empresas y editoriales de México.

 

Las listas – decía Froylán Flores Cancela – las hacen los listos. En fin. Para dejar de pensar en esos tristes asuntos me fui a Don Duarte, y me senté en una esquina de la terraza con una copa de oporto en primavera. Ahí me enteré de quién era el profesor Happer y qué fue lo que dijo.

 

El hombre no tiene remedio. Donald Trump lo puso al frente de un comité que va a reevaluar los riesgos del cambio climático para la seguridad de Estados Unidos. Estudió Física en la Universidad de Princeton, una de las instituciones educativas más importantes de Estados Unidos, y es asesor de tecnología en el Consejo Nacional de Seguridad.

 

Se llama William Happer y piensa que el dióxido de carbono ha sido malinterpretado, y compara al gas con "la demonización de los pobres judíos bajo Hitler", aunque no aclaró por qué. Ha declarado que el dióxido de carbono – que causa el efecto invernadero – es bueno para el planeta porque sirve como fertilizante y hace más productivas las cosechas...

 

El nombramiento de Happer significa que el gobierno de Trump busca disputar el consenso de la comunidad científica mundial sobre la relación entre el uso de combustibles fósiles y el calentamiento global. Es decir: pretende que la ignorancia triunfe sobre la ciencia con argumentos políticos y no científicos.

 

El contraste es grande con lo que pasa en Europa, donde los partidos ecologistas ganaron en el Parlamento Europeo posiciones suficientes para promover políticas ambientales que produzcan más resultados que titulares en los noticieros.

 

Tienen metas ambiciosas y métodos precisos porque está en juego la vida en el planeta. Y sus socios comerciales y políticos – México entre ellos – tendrán que tomar en cuenta la preocupación europea ante el peligro inminente.

 

Y entonces uno busca. El Plan Nacional de Desarrollo no aparece fácilmente en los portales del gobierno de México, sino en un sitio que se llama AMLO, pero en fin. ¿Cuántas veces aparece el término medio  ambiente en el programa que ofrece la administración pública para el sexenio? Una. ¿La palabra ecología? Una. ¿La palabra desarrollo? Cincuenta y nueve veces.

 

No es lo mismo en el Plan Veracruzano de Desarrollo. El concepto de medio ambiente aparece cinco veces, aunque en cuatro de ellas se refiere a la Secretaría y no a propuestas específicas para contrarrestar los efectos del cambio climático en el estado. Y ya.

 

La Universidad Veracruzana presentó en marzo una serie de estrategias para contrarrestar el cambio climático o adaptarse a él. Al parecer, nadie ha hecho caso.

 

El mundo y México – y Veracruz – se enfrentan a la amenaza más seria en la historia de la humanidad, según el consenso de la comunidad científica internacional, por no mencionar incidentes sospechosísimos como los incendios forestales, ni hechos evidentes como las sequías de arroyos y ríos y otras fuentes de agua.

 

Y del lado del mundo que le toca a nuestra suave patria nadie parece estar haciendo mucho. Nadie parece estar haciendo nada. O lo están haciendo con suma discreción, casi en secreto, piensa uno ante la copa vacía de oporto, bajo la llovizna que moja la terraza y a quienes estamos en ella.

 

De pronto, no importa ya si uno es fifí o chayotero (sobre que no te corrompa, agárralo, aconsejaba René Arteaga en otros tiempos) o mentiroso. A esta hora es uno un columnista confundido, empapado, que piensa cómo será cuando el clima cambie para siempre.

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