Los políticos pueden dimitir, pero los ciudadanos no.

Ada Colau no pudo contener las lágrimas cuando era entrevistada por el periodista Jordi Basté, en RAC1. Fue superada por la emoción al recordar a sus hijos cuando intentaba responder a la pregunta de si, como alcaldesa de Barcelona, no había tenido la tentación de dimitir y marcharse a su casa.

Comprendo la respuesta incontenible de la alcaldesa de la capital catalana. Más allá de que desde el independentismo más radical se ha acusado a Colau de ser el peor enemigo de Cataluña, y de que desde el nacionalismo españolista del PP y Ciudadanos se la difama, insulta y acusa de ser un caballo de Troya del separatismo, el asunto de las emociones da mucho que pensar.

La crisis catalana hace tanto tiempo que está en máxima efervescencia emocional, que es comprensible que incluso las lágrimas puedan ser incontenibles para los actores principales. Todo el mundo recuerda al propio Oriol Junqueras en una entrevista con Mònica Terribas en 2014, por citar sólo otro caso.

Los políticos son personas, como lo somos los ciudadanos del común. Con todo, ni los unos, ni los otros son o somos iguales. De políticos, como de ciudadanos, los hay honestos y deshonestos, coherentes e incoherentes, sinceros y cínicos, sin que lo sean o seamos siempre y en todo momento o de manera absoluta.

Pasa, sin embargo, que los políticos -hablo de los que tienen una presencia efectiva en el escenario público- tienen una responsabilidad incomparablemente superior a la de la ciudadanía de base. Es por ello que sorprende la facilidad con la que se presentan ante nosotros como portadores de la verdad indiscutible, como evaluadores de las cualidades éticas y morales de los demás, como repartidores de carnets y credenciales de lo que sea, de constitucionalista canónico, de buen o mal español, buen o mal catalán, etc.

Además, este tipo de políticos, hombres y mujeres, tienen un par de características que permite identificarlos con facilidad. La primera, descontada la de su infalibilidad, es la propensión al tremendismo; mientras que la otra es la inagotable capacidad para insultar y descalificar a los que consideran contrarios o enemigos. Un ejemplo es Inés Arrimadas. La buena señora, digna discípula de su mentor, Albert Rivera, se presenta como esférica, perfecta. Ni se equivoca nunca, ni admite la menor fisura en su posición, ni acepta cuestionamiento alguno de su actuación política. Y en cuanto a la capacidad para el tremendismo y para el insulto no hay más que recordar sus últimas declaraciones a propósito de la constitución del Parlamento navarro o en cuanto a la elección de la alcaldesa de Barcelona. Es cierto que ella también ha recibido insultos con cierta reiteración, como los injustificables tweets de Toni Albà o Nuria de Gispert, pero esto no la autoriza para lo que es su comportamiento habitual. Debería ser, precisamente, lo contrario: el ser objeto de palabras hirientes e injurias debería hacerla más respetuosa y ponderada con los demás. Pues no.

Puestos a elegir, prefiero infinitamente más a los que dudan, a los que se equivocan, y también a los que son incapaces de contener las lágrimas por la avalancha de emociones que debe provocar estar día tras día bajo la lupa mediática. Hay quien defiende que a la política se debe llegar llorado de casa, pero no coincido. Creo que las emociones desbordadas en público son un síntoma de que tenemos delante una persona que todavía se parece mucho al común de la ciudadanía; que aún no es esférica, sino imperfecta; que no es infalible, sino que duda; que llora y que puede ser capaz de decir lo dejo, dimito, me voy a casa.

Habría comprendido perfectamente que Ada Colau hubiera dicho que dimitía al día siguiente de ver las imágenes de la Plaça Sant Jaume, con tanto odio como derramaban los rostros de muchos y muchas de quienes le gritaban e insultaban. Aún más después de las lamentables palabras de su contrincante, Ernest Maragall. La habría apoyado, porque nadie tiene por qué soportar eso. También, sin embargo, le dediqué mi aplauso por no abandonar, por perseverar, por continuar en la defensa de sus convicciones políticas, aunque no sean precisamente las mías.

Dicho esto, me pregunto: ¿podemos dimitir los ciudadanos? ¿Tenemos esa opción de renunciar, de abandonar, de irnos a casa? La respuesta es no.

No podemos dimitir, no podemos abdicar de nuestra condición de ciudadanos, no podemos prescindir de nuestra calidad de sujetos de derechos civiles y políticos. Si acaso lo hiciéramos, nos convertiríamos en simples habitantes, en pobladores, en ocupantes de un espacio que han renunciado a la condición de hombres y mujeres libres con derechos y deberes y se han convertido en súbditos, en vasallos.

Entonces, ¿qué podemos hacer los ciudadanos cuando estamos hartos de los políticos, que si bien no son iguales a veces lo parecen? ¿Qué salida nos queda cuando día tras día asistimos al mismo déjà vu que, en realidad, sí hemos vivido?

¿Qué podemos hacer ante la reiteración de los mismos argumentos que unos y otros repiten ad nauseam? ¿Cómo reaccionar ante las mentiras reiteradas y descubiertas? ¿Qué responder ante un trato que invita a pensar que nos consideran imbéciles? ¿Cómo desactivar a aquellos que no desisten de atizar el fuego, de elevar la tensión política buscando el beneficiarse de ello a costa de lo que sea?

Cómo superar la tentación de gritar bien fuerte aquella consigna que se popularizó en la Argentina hace unos años: ¡que se vayan todos!

Como esto ya sabemos que no funciona y como los ciudadanos tampoco nos podemos ir, no podemos dimitir, no queda otra que resistir y pedir coherencia y responsabilidad a todos. Especialmente, creo, a los políticos para que no estiren tanto de la cuerda de la paciencia de la ciudadanía. Podría romperse, y sería terrible para todos. Terrible.