Mosquitos de aquí y de allá

June 27, 2019

Diario de un reportero

 

Recuerdo la primera y única e inefable vez que oí reaggaetón, no sé cuándo fue la última vez que oí un mosquito, porque los de acá son silenciosos aunque pueden ser feroces en su voluntad tenaz de chupar sangre.

 

Los mosquitos más implacables poblaron mis noches en Delhi, y pruebas hay de mis batallas en las paredes del cuarto treinta y dos de la residencia de visitantes de la Universidad Islámica. Ahí está – si no han pintado sobre ella – mi sangre, sobre paredes y techos después de masacres mutuas de piquetes y manazos y librazos e insomnio.

 

A muchas partes hay que ir vacunado por si las dudas, y más si uno va a lugares (África, Asia, por ejemplo) donde pueda contraer alguna enfermedad infecciosa, porque los viajeros pasan de ser puro alimento a ser portadores de males sin cuento y llevan la calamidad de un lado a otro. Eso – creo yo – es lo que tendría que preocuparnos.

 

En México, y más concretamente en Veracruz, hay varios tipos de mosquitos: el común (que no transmite nada pero jode mucho), el Anófeles (que transmite la malaria o paludismo), el Culex (que transmite el virus del Nilo Occidental, la filariasis, encefalitis virales y la malaria aviar), y el Aedes Aegypti (que lleva y trae padecimientos como el dengue, la fiebre amarilla, la chikunguña y la fiebre de Zika).

 

Como otros, el Aedes Aegypti vive y se multiplica en el agua estancada que queda en recipientes abandonados, en la basura, en tiestos, en llantas y en sumideros de los patios. Y luego va y pica a alguien y se abren las puertas del mal. Eso está pasando ahora.

 

En el país se han registrado en lo que va del año casi dos mil novecientos casos de dengue, la mayor parte de ellos en Veracruz, Tabasco, Chiapas, Jalisco y Quintana Roo. Según fuentes de la secretaría federal de Salud, en el estado se han confirmado quinientos cincuenta y siete casos (https://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/470443/Pano_dengue_24_2019.pdf): en Acula, en Lerdo de Tejada, en Cosamaloapan, en Carlos A. Carrillo. Es, como se mire, un asunto serio.

 

Según la definición del gobierno mexicano, cuando hay dos o más casos similares y relacionados con la misma enfermedad, se trata de un brote (http://www.epidemiologia.salud.gob.mx/anuario/html/glosario.html), como en Alto Lucero,  donde se han detectado veinte enfermos, de los cuales tres tienen dengue sin duda.

 

El secretario de Salud de Veracruz, Roberto Ramos Alor, ha asegurado muchas veces que no hay brotes, y declaró que en vez de hacer caso a lo que se publica en las redes sociales, la gente debería pedir información a las autoridades sanitarias. Pero la cosa no es así: son las autoridades quienes tienen la obligación de mantener informados a todos. Para eso sirve, entre otras cosas, la comunicación social.

 

Y si no hay disposición política o no hay presupuesto para campañas de información, siempre queda el recurso de ir al restaurante que está frente al parque Juárez, sentarse, pedir un café y anunciar que dará declaraciones, como hace ahora cualquiera que busque acceso a los medios. Pero hay que decir algo.

 

Al silencio optimista de las instituciones hay que agregar el veneno de las redes sociales, cuyos asiduos presagian con mayúsculas (que en su lenguaje equivale a gritar) un sexenio sin medicinas y muerte sin fin. Hay que agregar a eso la posibilidad de que la mayoría de los veracruzanos no sepa qué está pasando ni qué tiene que hacer uno si contrae el dengue o si se desata una epidemia en la comunidad.

 

No se trata de que el mundo se vaya a acabar antes de que termine el sexenio, pero las plagas, los fenómenos extremos (sargazos a dos manos en el Caribe, calorones y friazos en muchas partes, polvos de desiertos lejanos, sequías e inundaciones, males de animales, cosas de esas) y lo que se destruya en nombre del desarrollo, van a poner difíciles las cosas. Más vale informar.

 

Los más afectados serán las mujeres, los niños, los ancianos, los pobres, quienes no se enteraron. Por eso hay que prepararse y preparar a la gente para una temporada intensa de enfermedades tropicales, darle consejo y cuidado si las cosas ya no son como antes, o para que no vuelvan a ser como antes. Aunque nada vuelve a ser lo que fue, la receta de más vale prevenir que lamentar sigue siendo buena.

 

Guillermo Villar

Para nosotros ya era domingo cuando todavía era sábado en Xalapa. Leíamos los periódicos cuando sonó la llegada de un mensaje del otro lado del mundo. Lo leí. Guillermo Villar había muerto en Xalapa. Como cuando murió mi padre, como cuando murió mi maestro, como cuando han muerto otros amigos y secuaces, sentí que había perdido otro poco de lo que soy.

 

Cuando pude, donde pude, fui de mi corazón a mis asuntos, alcé una copa de vino al alto cielo escandinavo y brindé en su memoria porque teníamos que hablar de muchas cosas. Adiós güerito...

Please reload