No lloro, nomás me acuerdo

Historias cotidianas

Para nadie es un secreto el hecho de que estamos viviendo un tiempo preocupante debido a los desquiciados sistemas climáticos. Llueve como nunca en muchas partes mientras que, en otras, las sequías son terribles. Inundaciones al estilo del buen Noé, granizadas cual terror lapidario, vientos arrasadores y calores infernales mientras los fríos congelan las pocas neuronas que nos quedan, porque las demás ya se licuaron por toda esa porquería que respiramos.

Los gases de efecto invernadero en buena parte han sido los causantes de muchos de estos problemas. Hemos quemado combustibles fósiles que da gusto desde hace doscientos años con tanta avidez, que parecería que debíamos terminar con ellos antes de que vinieran de las galaxias vecinas a arrebatárnoslos. Sospecho que lo seguimos creyendo, porque percibo una prisa atroz para que se acaben de una vez.

Las alarmas al respecto se encendieron hace cuatro décadas –o más. Teníamos el tiempo suficiente para enderezar el rumbo, pero han sido más poderosos los intereses financieros que promueven la destrucción masiva del planeta que el recuerdo de que alguna vez tuvimos un futuro en la cabeza. Al mismo tiempo, esos promotores del apocalipsis adelantado nos han hecho pensar que no podemos vivir de otra manera y, convencidos, a diario contribuimos para terminar de una vez por todas con todo cuanto haya de pie. "Que chingue a su madre el mundo, al cabo soy marciano", me dijo hace poco un vecino recién llegado al barrio, un poco rarillo, por cierto. Ah, pero al ser tolerante con las alteridades, preferí seguir mi camino con un firme "¡Que la chingue!"

El mundo está pagando la factura de todas nuestras pendejadas. El que se sienta exento de responsabilidad, que lance el primer piedrazo, solamente que no se vaya a ensuciar la mano por confundir la roca con alguno de los recuerdillos que dejan millones y millones de inocentes mascotas como las que pululan por doquier, echando más fuego a la hoguera. Forman parte de nuestras pendejadas y se reproducen con singular alegría, azuzados por sus amos que con el pretexto de paliar la soledad o ser útil a alguien, contribuyen a que este mundo se vaya a Chihuahua a un baile… tanda tras tanda.

Seguramente usted es de los que culpan al gobierno de cualquier estupidez. En efecto, nos han demostrado su constancia y congruencia, permanencia y porfía. Pero ya nos acostumbramos a ponerlos donde están y dejar que hagan lo que les venga en gana. Sabemos que están para servir(se) con la cuchara grande por lo que permiten que todo mundo se pase las leyes por el arc de Triomphe. Con su venia, los canadienses pueden abrir mortales minas a tajo abierto donde sea, sin importar el futuro de quienes están alrededor. Todo sea por el progreso y el empleo para los ciudadanos. Ah, pero no solamente canadienses, quien le llegue al precio lo puede hacer, aquí no se discrimina a nadie, ¡faltaba más!

Nos enorgullece que nuestro gobierno promueva la utilización de vehículos automotores que queman diariamente toneladas de hidrocarburos. La industria automotriz nacional [un sic orinado de la risa] siempre ha estado y estará a la vanguardia en generación de empleos y casos de cáncer provocados por cuanta porquería lanzan al ambiente. Para redondear sus éxitos, seguiremos comprando derivados industrializados de petróleo mientras que secamos las entrañas de la tierra para que sean las malditas trasnacionales petroleras las culpables de terminar con nuestro oro negro. Ah, pero también destruiremos miles de hectáreas de humedales para construir Dos Trompas –o como se llame– para demostrarle al tristemente célebre Comandante Borolas que ¡sí se puede! y que cuando se decide construir una refinería, no se levanta solamente una sección de la barda perimetral. La transparencia y la rectitud ahora están al servicio del fin del mundo.

Garantizaremos que todo mundo pueda seguir aportando sus granos de arena en la destrucción de lo que resta de planeta haciéndonos pendejos a la hora de reordenar el transporte público. Siempre será mejor que en cada familia haya dos, tres o cinco o un chingo de autos para no tener de sufrir en los camiones, ruteras, microbuses o peseras que circulan con toda impunidad vaciando venenosos gases que contribuyen a diario a seguir rompiendo cadenas alimenticias, equilibrios ecológicos y cuanta madre.

Apapachamos a nuestros empresarios que siguen empacando sus mercancías en toneladas de plásticos, sus comidas en envases de unicel. Bravo por todos aquellos que tenazmente se adhieren a la modernidad utilizando semillas modificadas genéticamente, ayudadas a producir bonches de alimentos con agroquímicos prohibidos en todas partes –aunque en realidad se sigan usando en todas partes—y protegidos con insecticidas que han terminado casi con la población de aves, abejas y otros insectos primordiales en la polinización de las plantas.

Seguimos haciendo patria al consumir sin ton ni son esa carne de animales engordados en pastizales que alguna vez fueron selvas o con alimentos procesados a partir del uso de millones de litros de agua para tener vacas, pollos, cóconos, salmones y truchas tan artificiales como las presentadoras de la televisión o el gobernador del Estado de México. El colmo es que cuando compramos carne procesada está atestada de soya transgénica, desperdicios de los propios animales o sustancias químicas que evitan que sea evidente su composición.

Mientras tanto, para evitar pensar en tantas fregaderas que ocurren a nuestro alrededor, hacemos lo que nuestras mascotas: tragamos basura, cagamos donde caiga y nos reproducimos a lo pendejo. Las bendiciones con las que repoblamos el planeta a todos nos traen felicidad, acompañada siempre de miles de pañales desechables, envases y popotes plásticos como para rellenar la falla de San Andrés y más y mejores motores de combustión interna con los que podremos ir a Shanghai Sumatra en el momento que deseemos y, a veces, hasta sin darnos cuenta. Así de pendejos somos y en el camino andamos.

¡Mil! A pesar de todo.

mawyaka@hotmail.com