Nadie y al mismo tiempo todos

November 7, 2019

Diario de un reportero

 

¿Qué hacer? ¿Cómo aliviar – ya no digamos solucionar – las penas y los problemas que sufre México? ¿Quién sabe qué hay que hacer para que desaparezca la violencia, se transformen los malos, se encuentre a quienes faltan, se limpie a los corruptos y se sane a una sociedad profundamente dividida por las mentiras, los odios y los intereses? ¿Quién, quién, quién?

 

La primera pregunta nos lleva al dilema de Hamlet: aguantar lo que nos mande el destino, o hacerle frente a ese destino y ver qué pasa. No hay muchas opciones aunque haya muchas opiniones, la mayoría de ellas ofuscadas por la admiración o nubladas por el odio al presidente y lo que el presidente representa.

 

Hasta la fecha, lo que se ha hecho no ha servido. La guerra oficial de México contra el narcotráfico lleva trece años y no parece haber logrado mucho porque las muertes siguen, la violencia persiste, la impunidad reina y la corrupción impera. Seguimos igual o vamos peor.

 

Pero eso no es de ahora. Hace más de medio siglo (aunque oficialmente en junio de 1971), Richard Nixon declaró una guerra para reducir el tráfico de drogas ilegales en Estados Unidos. Entonces – como ahora – la estrategia no funcionó.

 

Hace ocho años, no muy lejos de donde escribo estas líneas, la Comisión Global de Política de Drogas (un panel integrado por ex jefes de Estado y de gobierno e intelectuales de varios países), declaró que la guerra global contra las drogas había fracasado "con consecuencias devastadoras para los individuos y las sociedades de todo el mundo".

 

Desde esa perspectiva habría que ver el ofrecimiento de Donald Trump al gobierno de México para combatir a los carteles, sobre todo después del asesinato colectivo de Bavispe, porque no han faltado voces que piden la intervención de agentes o de tropas estadounidenses en México, haciéndose eco del senador republicano Tom Cotton sin darse cuenta de que están invocando al diablo:

 

"Si el gobierno mexicano no puede proteger a los ciudadanos estadounidenses en México, tal vez Estados Unidos tenga que tomar las cosas en sus manos", advirtió Cotton, quien disfruta de la simpatía de la Asociación Nacional del Rifle, es enemigo abierto de la migración, y fue autor de la idea de que Estados Unidos comprara Groenlandia.

 

(Aunque sea como ejercicio intelectual, cambie las palabras de Cotton, y diga estadounidense donde dice mexicano, diga mexicanos donde dice estadounidenses, diga Estados Unidos donde dice México, y verá el tamaño de la arrogancia.) A Washington no le importa México.

 

Otras voces anuncian la inminencia de un golpe de Estado a causa de que los militares se sienten "agraviados como mexicanos y ofendidos como soldados" por algunas decisiones presidenciales que consideran equivocadas y perjudiciales para el país, como dijo esta semana el general retirado Carlos Gaytán Ochoa, a quien se considera una persona seria en círculos castrenses.

 

Pero el general también reconoció que pacificar al país no es tan sencillo, aunque "más de uno quisiéramos soluciones mágicas, o peor, drásticas, ante un entorno histórico que lo que requiere a gritos es pacificar, educar y mantener sano a México. Tarea verdaderamente difícil, titánica si me lo permiten".

 

Todavía hay más. Según el general, "el Alto Mando enfrenta, desde lo institucional, a un grupo de halcones que podrían llevar a México al caos y a un verdadero Estado fallido". Lo que falta ahora es definir quiénes son esos halcones y en qué parte del aparato de poder están tratando de sabotear al país (¿el gobierno? ¿las propias fuerzas armadas?).

 

¿Qué hacer? Como muchos – y al contrario que muchos –, no tengo idea. Es claro que una mayoría votó por el cambio, y es también claro que para muchos el cambio no se produce tan rápidamente como ellos quisieran. Vaya: hay quienes parecen alegrarse de que las cosas no cambien, y hay quienes piensan que se puede cambiar haciendo lo de siempre. Yo no tengo idea.

 

La segunda pregunta tampoco tiene una respuesta fácil, pese a que las redes sociales están llenas de expertos repentinos cuyas propuestas implican riesgos colectivos pero no asumen ninguna responsabilidad personal por las consecuencias de lo que proponen.

 

Pero resulta arriesgado dejar la vida del país en manos de los políticos de ahora como fue arriesgado dejarla en las manos de los políticos de antes. Cualquier solución a las penas de México tiene que venir de los mexicanos y no solamente de su gobierno. Por eso la respuesta a la tercera pregunta es que nadie y al mismo tiempo todos.

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