Gobernar es, a menudo, tomar la decisión menos mala y saber explicarla.

November 19, 2019

Pasado el 10N y la primera resaca por lo que las urnas dijeron, estamos en la fase de gestionar esa respuesta. No va a ser sencillo, lo miremos por donde lo miremos. Apuntemos algunas reflexiones sobre cómo y en qué situación nos encontramos una semana después de votar.

1) El resultado de las elecciones.

Contrariamente a las previsiones del inefable José Félix Tezanos (que debería haber dimitido el mismo 10N, si le quedara un residuo de vergüenza), el PSOE perdió fuerza electoral respecto de abril, el PP no recuperó lo que imaginaba, Ciudadanos se hundió, Vox multiplicó por más de dos su fuerza parlamentaria, y Podemos continuó en su pérdida de apoyos, aunque más lentamente de lo previsto.

Paralelamente, la marca política de Errejón no respondió a las expectativas, y ha conseguido dos escaños en el Parlamento, dado que el tercero es para el valencianista Joan Baldoví, candidato de Compromís. Los soberanistas catalanes mantienen su fuerza global ligeramente al alza, pero con un escenario más complicado para ellos por la llegada de la CUP a la Carrera de San Jerónimo, con la misión declarada de hacer ingobernable la situación.

En el País Vasco son clara mayoría los nacionalistas, los del PNV y los de Bildu, con 10 escaños (6 y 4). El PSE-EE y Podemos-IU han sacado 7 (4 y 3), y el PP uno, que inicialmente le había sido adjudicado a la lista encabezada por Aitor Esteban. Ni Ciudadanos ni Vox tienen presencia en Euskadi. Han vuelto los nacionalistas gallegos del BNG, se mantienen cántabros y canarios, y ha llegado Teruel Existe, que con poco más de 19 mil votos ha conseguido un diputado y dos senadores, dando idea de hasta dónde puede llegar la falta de representatividad del sistema electoral. Dos datos a comparar con el de Teruel: en Valencia, circunscripción vecina, el diputado de Compromís ha necesitado más de 175 mil votos. Ambos tienen el mismo peso en Madrid. Con menos votos que los valencianistas, el PP ha puesto tres diputados por Teruel en el Congreso.

Del bipartidismo de hace unos años, sólo alterado por la presencia de las minorías vasca y catalana, hemos pasado a tener más de una docena de partidos con representación; lo que, obviamente, dificulta extraordinariamente la formación de mayorías de gobierno consistentes. Hay que añadir, además, que la participación de Esquerra Republicana de Cataluña, JXCat y Bildu en la formación de gobierno, ya sea por activa o por pasiva, es considerada herética por la derecha política, una parte de la propia izquierda y por todos los poderes fácticos españoles.

Esto significa que 28 diputados tan legítimos como cualquier otro están inhabilitados por los conservadores, en la práctica, para apoyar a un candidato progresista, pero la mayoría necesaria sigue estando en los 176 votos, lo que eleva y mucho la dificultad de alcanzarla. Si hubiera un candidato conservador, los 52 votos que aportaría Vox no merecerían, sorprendentemente, ninguna consideración negativa para los poderes fácticos. Así son y están las cosas.

2) Las derechas.

La confrontación de alternativas identitarias siempre resulta favorable para el españolismo más casposo y pre-democrático. Las derechas han pugnado por ver quién tenía la bandera más larga, y no han tenido la menor reticencia en pactar con los post fascistas de Vox para conseguir el poder allí donde han podido (Andalucía, Murcia, Castilla-León, Madrid...). Antes del verano parecía que los de Abascal y compañía habían tocado techo, pero cinco meses después se han subido a las barbas del mismo Partido Popular y han acabado con la carrera política de Albert Rivera y, quién sabe, quizás también con Ciudadanos.

La frívola ligereza ideológica del PP y Ciudadanos, y su objetivo de tener poder y gestionar presupuestos a cualquier precio han hecho crecer a Vox de forma tan espectacular como alarmante. La subida de estos tiene que ver con la degradación de la política y la pésima imagen de los políticos, especialmente entre una juventud que está al margen de los canales de información convencionales; una juventud que puede llegar a consumir la política como otro producto más de lo que está de moda, de lo que "es guay".

Es terrible y extremadamente preocupante que la extrema derecha haya tenido tanta acogida entre los más frágiles y vulnerables; y que éstos sean tan sensibles y favorables a las mentiras, las simplificaciones y las propuestas de solución a sus problemas que les llegan desde Vox. Nueve de los 10 pueblos de más de 20.000 habitantes con la renta per cápita más baja de España (menos de 7.000 euros anuales) son andaluces. Pues bien, Vox ha conseguido quedar en primera posición en cinco, en segunda en cuatro y también en primera en el décimo, que es de Murcia. Una coincidencia entre esta decena de pueblos es que comparten elevados índices de paro.

3) El PSOE y Podemos.

Pedro Sánchez ha hecho una enmienda a la totalidad a sí mismo. En cosa de horas, conocidos los resultados electorales, se abrazó con Pablo Iglesias e informó que habría gobierno de coalición con Podemos, un gobierno de progreso. Lo que era imposible hace un mes, lo que le provocaba insomnio, fue superado por la fuerza de los números que habían dado las urnas.

Las reticencias y el rechazo contenido que la decisión ha provocado puertas adentro del PSOE están difundiéndose con sordina, pero todo hace pensar que si la coalición con los de Iglesias debe confirmarse en el Parlamento Sánchez deberá tener bien controlados a los García Page, Díaz, Fernández Vara, y otros cofrades del puño y la rosa.

¿Por qué no se hizo la coalición en abril y se ha hecho en noviembre, con menos fuerza y después de haber perdido más de un millón y pico de votos entre PSOE y Podemos? No vale la pena especular ahora, pero lo cierto es que el desliz, el error de cálculo, la miopía de los dos dirigentes clama al cielo.

Ahora tienen una papeleta extremadamente compleja que gestionar. Iglesias, vicepresidente del nuevo gobierno, si finalmente cuaja el acuerdo, también está rectificando y corrigiendo en cuanto a las descalificaciones hacia Sánchez y sus afirmaciones de que sólo quería pactar con la derecha. Ambos deberán ser muy pragmáticos y aceptar que gobernar en coalición significa ceder y conciliar con el socio, y que las cesiones y la conciliación no serán fáciles de explicar a las propias parroquias.

4) Cataluña.

Los soberanistas tienen un proyecto que alienta una buena parte de la sociedad catalana y, sobre todo, comparten un agravio insoportable que son los encarcelados y los que ellos llaman exiliados. Terminada la campaña electoral española, ahora se agudiza la pre campaña catalana, con ERC, JXCat y la CUP compitiendo a muerte entre sí. Esquerra se veía ganadora y ahora sospecha fundadamente que JXCat está recuperándole terreno.

Una característica común de los soberanistas, sin embargo, es que se niegan a aceptar que la mitad de la sociedad catalana está en una lógica distinta; sin adscribirse al españolismo característico de Castilla o Andalucía, en sintonía más bien con un catalanismo compatible con España, pueden verse empujados hacia posiciones de rechazo radical al independentismo. Ciudadanos se ha deshecho como un cubito de hielo, pero Vox ha sacado dos diputados por primera vez en Cataluña. Es una amenaza que convendría no perder de vista, y sería deseable conciliar y no confrontar con crudeza a la ciudadanía que no suscribe el independentismo.

Resulta sorprendente comprobar cómo hay tantas diferencias entre los políticos soberanistas que pisan Madrid y los que no se mueven de Barcelona, ​​y asusta que los segundos no sean más proactivos y consecuentes ante la espinosa realidad política española. Pedro Sánchez se lo ha advertido: sólo el PSOE y Podemos quieren abordar el conflicto hablando; el resto de los partidos, las derechas de Colón, sólo hablan de 155, de re centralización, de ilegalizaciones y de represión.

En Cataluña no queda otra que hablar, hablar y hablar. Hay que hablar y hablar y volver a hablar. Parece mentira que alguien piense que el clima de tensión que padecemos pueda atenuarse si no es a base hablar y hablar. ¿Hablar para qué? Pues para entender al otro, para ponerse en su sitio, para ceder, para hacer lo que siempre hacen los gobernantes: tomar la solución menos mala.

Los buenos gobernantes, además, tienen el valor de explicar a los ciudadanos por qué se ha tomado esa decisión y no la que seguramente hubiera gustado más a sus parroquianos.

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