Los impecables implacables buscan cámara.

March 30, 2020

 

Sería para troncharse de la risa si no fuera por lo dramático de la situación que vivimos con la pandemia que nos está golpeando. Pero no, lo que estamos pasando provoca muchas cosas: rabia, miedo, preocupación, vergüenza ajena; muchas cosas, pero risa en absoluto.

En tiempo de crisis aguda como la actual, claro, hay una serie de protagonistas que concitan toda la atención de los ciudadanos. Desde los gobernantes al personal sanitario, por supuesto; pero también los expertos en temas centrales o colaterales a la urgencia: desde los epidemiólogos a los economistas. Además, han aparecido en el escenario profesionales que antes de la crisis apenas tenían proyección pública: desde los agricultores a los transportistas, desde los empleados de los supermercados a un colectivo hasta ahora casi clandestino: los profesionales de la limpieza, una gente absolutamente estratégica, del grupo de los imprescindibles. Cosa que muchos ignoraban.

Hay, sin embargo, un grupo humano, no demasiado numeroso, pero sí muy excitado que tiende a la sobreactuación; muy acostumbrado a los focos y a los micrófonos, que de pronto se ha quedado en los márgenes del escenario público: son los políticos de la oposición, ya sea al gobierno central o a los gobiernos autonómicos. Los políticos que están actualmente en la oposición lo están llevando peor que fatal. Pese al denodado esfuerzo de los medios de comunicación que les son afines, estos opositores están padeciendo un insoportable síndrome de abstinencia.

Cierto es que sus medios amigos han llegado a ser más de intoxicación que de comunicación, pero ni aun así consiguen hacerse un hueco que les calme el mono que les genera que la mayoría de los ciudadanos no les preste la menor atención. ¿A quién le importa lo que opine A o B cuando lo que la gente quiere saber es qué hacen, que dicen, que anuncian los que tienen la responsabilidad real de hacer, decir y anunciar?

La respuesta de estos políticos de oposición ha sido vociferar, insultar, entorpecer, difamar para intentar hacerse un hueco en los telediarios y en las noticias de radio y de prensa escrita. Son los impecables buscando desesperadamente una cámara y un micrófono para que lo saquen en el telenoticias.

Digo impecables porque tomo prestado el concepto que Rafael del Águila acuñara, hace ya años, para referirse a determinado tipo de intelectuales que él identificaba con facilidad porque les encontraba dos características extraordinariamente desarrolladas: 1) que siempre exigen con altanería y a grandes voces soluciones perfectas a los problemas más complejos; y 2) cuando no se les complace, lo que por el peso de la realidad sucede prácticamente siempre, culpan inequívocamente al Poder, auto eximiéndose, claro, de cualquier tipo de responsabilidad en el asunto en cuestión, fuere el que fuere.

Creo que, salvando las distancias que no son pocas, podríamos adaptar la etiqueta de Rafael del Águila y donde él decía intelectuales impecables utilizar otra: políticos impecables. Los que siempre tienen la certeza y la [supuesta] capacidad para hacer lo que hay que hacer en cada momento, no importa cómo de difíciles o adversas sean las circunstancias.

Pero estos nuevos etiquetados no son solo impecables, son también implacables.

¿Cómo pueden ir tan sobrados? Son diversas las razones a enumerar, pero creo que se pueden condensar diciendo que mezclan a partes iguales dos defectos muy grandes para cualquier ser humano: la soberbia y la desfachatez.

¿Quién no ha visto estos días esa imagen patética de Pablo Casado con corbata y en mangas de camisa, ante una inmensa pantalla en la que aparecen sus barones regionales, en un intento de dar la réplica a Pedro Sánchez cuando mantiene reuniones virtuales con sus homólogos europeos? Pareciera que el petulante líder del PP estuviera coordinando un remake del desembarco de Normandía, o de una nueva llegada del hombre a la Luna.

El dirigente popularista exige a Pedro Sánchez y a sus ministros que arreglen el drama sin demora, cosa que resulta hasta cierto punto esperable de quien se considera la alternativa de gobierno de un país. Pierde la razón, no obstante, cuando los apremios los formula al margen de la realidad, ignorando a sabiendas que hay muchas decisiones que los responsables actuales quisieran tomar, pero que, sencillamente, no pueden. Ignorando, a sabiendas, que se mueven en arenas movedizas, en un escenario desconocido y cambiante día a día, en el que los errores por acción o por omisión son lógicos.

La desfachatez, no obstante, alcanza sus más altas cotas cuando Casado y otros dirigentes de su partido, como la actual presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, hablan como si no tuvieran ni un gramo de responsabilidad en lo que está pasando.

Estos liberales de boquilla solo lo son cuando hay beneficios que llevarse a los bolsillos. Ahora, esos partidarios del Estado mínimo quieren que éste rebaje al máximo los impuestos y que, al mismo tiempo, no repare en gastos y compre todo lo que haga falta; que subvencione a las empresas y que remedie las terribles desigualdades sociales que ellos mismos dispararon cuando en la crisis de 2007 comenzaron a recortar, a recortar y a recortar el gasto social.

Estos neoliberales ortodoxos, criados a los pechos ideológicos de Aznar y de la FAES, tienen la desvergüenza de haber torpedeado a conciencia la sanidad pública para favorecer los intereses de la privada; ellos diezmaron las plantillas de personal sanitario, ellos cerraron pabellones y hospitales o los entregaron a lo que denominaron la gestión público-privada. Todo ello se sacrificó en el altar del mercado y de su supuesta eficiencia. Ahora han llegado los lodos de aquellos polvos.

Hay responsables políticos del PP que tienen una capacidad ilimitada para el cinismo. Pablo Casado es el heredero de Rajoy y de Aznar, y además fue el cachorro de Esperanza Aguirre, que hizo todo lo que pudo por destruir la red pública sanitaria de Madrid.

Isabel Díaz Ayuso, esa mujer increíble [en el sentido de que uno no se puede creer que sea la presidenta de la Comunidad de Madrid] comenzó siendo la responsable del cachorro perruno de la misma Esperanza Aguirre. De redactar los tweets de Pecas, el cachorro en cuestión, pasó, meteóricamente, a la más alta responsabilidad política madrileña.

Veinte años lleva el PP gobernando esa región, pero ninguno de los dos se hace responsable de nada. Ni siquiera de la incalificable situación en la que se encuentra la red de residencias de mayores, responsabilidad de este partido desde hace dos décadas, donde está pasando algo que ni en nuestras peores pesadillas hubiéramos podido concebir. Pero de eso no hay nada que decir.

Lo importante, lo realmente transcendente, es lo que decía hace un par de días el diario ABC, prensa de partido sin tapujos. Con una foto a toda página de la pancarta del PSOE el 8M en portada, el titular fue: “El Gobierno ya lo sabía”.

Todo arrancó, pues, el 8M. El Gobierno sabía que se nos venía una pandemia, pero aun así Pedro Sánchez mandó a sus ministras, hasta a su propia esposa, para que se contagiaran si era necesario, antes de desconvocar la manifestación e irritar así a las feministas anti-sistema.

Todo lo que ocurre, pues, es culpa de Sánchez e Iglesias y del 8M. Y no se hable más. De la extrema dificultad de gestionar la pandemia, de la carencia de un material que nadie pudo prever [ni en Italia, ni en Francia, a poco que lean la prensa internacional], ni de la selva en la que se ha convertido el mercado exterior, de eso no se reconoce nada.

De los intentos de demolición de la Sanidad Pública de los distintos gobiernos del PP, de los recortes a mansalva, de las tasas de reposición cero de las plantillas, tampoco hay nada que decir.

Los impecables implacables solo quieren que la cámara les filme por su lado más fotogénico y les pongan un micrófono delante para exigir con grandes aspavientos que el Gobierno lo arregle todo y rapidito. Ellos lo tienen muy claro: para que esas cámaras los saquen en el telediario están dispuestos a lo que haga falta. Incluso a hacer el ridículo. Por ejemplo, en el último pleno extraordinario del Congreso, tras decirle a Sánchez lo rematadamente mal que lo ha hecho todo, Pablo Casado propuso tres grandes acciones de gobierno: una misa de Estado por las víctimas, que las banderas ondeen a media asta y que se construya en monumento a las víctimas en Madrid. Un programa que desde luego resultaría de lo más efectivo para acabar con la pandemia. Todo sea por salir en la televisión.

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