Desde la cuarentena (VIII)

May 8, 2020

Diario de un reportero

 

Hoy son, o ayer fueron o mañana serán sesenta días sin ir más allá de dos cuadras (aunque la semana pasada fui más lejos, del otro lado del lago, pero prontito me devolví), viendo cómo anda el mundo tocado por el virus grande: más de tres millones y medio de enfermos y mucho más de un cuarto de millón de muertos.

 

Pese a todo, las cosas van volviendo a lo que considerábamos normal antes de la pandemia. En Suiza abrieron el lunes los salones de belleza y las peluquerías. A partir del lunes reabrirán los cafés y los restaurantes (nunca más de cuatro personas en la misma mesa), las tiendas todas, las escuelas, los museos y las bibliotecas, aunque siguen estando prohibidos los grupos de más de cinco personas.

 

Las restricciones a la vida pública aquí y en otras partes de Europa comienzan a relajarse, pero hay cosas que no volverán de inmediato, como el apretón de manos, el abrazo, los tres besos de saludo (en algunas partes son dos y en otras uno), las tertulias, los bares abarrotados, los festivales, los conciertos, los deportes, cualquier acto masivo, porque el fantasma del coronavirus dejó marcado a medio mundo...

 

Ni autoridad legal ni moral Apenas han pasado poco más de dos meses del lunes de marzo en que Angela Merkel extendió su mano para saludar a su ministro del Interior, Horst Seehofer, y el funcionario le hizo una seña recordándole que el contacto físico ya era peligroso. "Bien hecho", dijo la jefa del gobierno alemán.

 

Uno ve las imágenes de los Parlamentos y los gobiernos europeos, que se se reúnen guardando una distancia más que sana. En las calles que uno camina hay más gente con

cubrebocas que sin él, y los grupos son pequeños y guardan su distancia hasta para brindar, como es el caso de los siete sabios de Grecia (de quienes ya se ha hablado en estos apuntes).

 

Si algo ha quedado claro en este lado del mundo es que los miles de muertos de Italia, de España, de Francia, de Gran Bretaña y de otros países no se pueden ignorar: una persona puede estar infectada sin saberlo, seguir su vida normal sin darse cuenta de que está contagiando a otros, y enfermarse y morir en cuestión de días o de horas.

 

Y ahí es donde uno se desespera cuando ve lo que está pasando en México. Uno ve a funcionarios que no guardan su distancia, que no usan cubrebocas, que andan de aquí para allá como si su presencia fuera necesaria, y que claramente han sido rebasados por la pandemia (que sorprendió a todos los gobiernos del mundo, hay que decirlo).

 

Los funcionarios del César

Este miércoles, la prensa británica cuenta el caso de Neil Ferguson, uno de los asesores científicos de mayor prestigio en el gobierno hasta que se descubrió que su amante lo había ido a visitar a su casa un par de veces a pesar de que el confinamiento es obligatorio. Cuando se supo, el doctor Ferguson renunció de inmediato.

 

En Escocia, la directora de Servicios Médicos del país renunció cuando se hizo público que había salido a pasear con su familia durante el confinamiento, y lo mismo pasó con el ministro para las Artes de Australia, que aprovechó la cuarentena para visitar una casa en la que acostumbra pasar las vacaciones.

 

No son los únicos casos. Y el mensaje es el mismo desde que alguien (unos dicen que fue Plutarco cuando habló de Julio César en sus Vidas Paralelas, pero no logré hallar la cita) declaró que la mujer del César no sólo debe serlo sino también parecerlo. El tiempo terminó agregando la palabra honesta a la frase, y le dio un sentido relevante para nuestro tiempo: las personas públicas no sólo deben ser honestas sino también parecerlo.

 

Y ahí es donde la cosa se descompone en el caso de México, donde la decencia parece haber dejado ser una cuestión pública.

 

Los funcionarios no hacen lo que recomiendan hacer a otros y pierden autoridad legal y moral, sobre todo autoridad moral, y ahí comienza el desmadre. Lo vemos cada vez más seguido en los festivales que se celebran como si no hubiera una pandemia, en los restaurantes y cafés y bares que siguen abiertos como si nada, pese a que la cosa está mal y se va a poner peor. No hay quien vaya y cierre esos y otros lugares porque no se atreven a tomar decisiones impopulares pero necesarias.

 

Aunque parezca mentira, todavía hay quienes no creen que el coronavirus haya matado a tantos y vaya a matar a más. Son los que salen a la calle sin protección, los que no comprenden que una persona aparentemente sana puede morir en cuestión de horas, los que se niegan a aceptar que la situación es verdaderamente difícil.

 

Por otro lado están los que se entretienen cuestionando la metodología de las autoridades sanitarias, los que aprovechan la pandemia para hacer críticas sacadas de las redes sociales, quienes aseguran que es importante saber cuántos se han muerto y cuántos se van a morir, como si no les bastara ver lo que ha pasado en otras partes, como si alguien pudiera establecer el número exacto de defunciones o pudiera predecirlo con precisión.

 

Lo importante es descalificar lo que se está haciendo. Ahí vamos. La fiesta sigue.

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