El viaje

July 10, 2020

Diario de un reportero


 

Andrés Manuel López Obrador fue a Washington para que le dieran instrucciones, dijeron unos. Fue para ayudar a la campaña de Trump, dijeron otros. Su viaje demuestra la sumisión del gobierno de México a Estados Unidos, declararon estos. Va a pedirle a Trump que lo rescate, aseguraron aquellos.

 

Ya se le olvidó lo que le dijo a Trump cuando era candidato, recordaron los de más allá. Se tomó la foto en el monumento a Lincoln como hizo Fidel Castro hace más de medio siglo, notaron los más acá. Llevó a los empresarios más ricos de México, reclamaron los de acullá. Y así.

 

Otros señalaron que el viaje, que representa un primer contacto entre Palacio Nacional y la Casa Blanca en el lanzamiento del nuevo tratado de libre comercio, puede abrir puertas para la inversión de Estados Unidos en un momento difícil de la economía mexicana.

 

Otros más explicaron que es sumamente improbable que la visita de López Obrador convenza a los mexicanos que viven en Estados Unidos de que hay que votar por Trump (no todos los que viven en ese país pueden votar, y el voto latino, que no es homogéneo, no depende de lo que haga o diga el presidente de México, pero ese es otro asunto).

 

Algunos más explicaron que la política internacional no se ejerce a sombrerazos ni con insultos (los calificativos del candidato López Obrador no pueden ni deben ser las palabras del presidente de la República, eso está claro). Los demás apuntaron que se trataba de abrir canales de comunicación con Trump. Y así.

Pero parece que pocos oyeron o leyeron lo que dijo el presidente de México en la Casa Blanca.

 

López Obrador le aclaró a Trump que no todos los migrantes son asesinos, violadores y hombres malos que poblaron los discursos del republicano como candidato y siguen vivos en muchas de sus palabras de presidente. Al contrario, dijo el mexicano, la mayoría es "una comunidad de gente buena y trabajadora que vino a ganarse la vida de manera honrada y que mucho ha aportado al desarrollo" de Estados Unidos.

 

También le advirtió a Trump que "no se trata de cerrarnos al mundo, sino de aprovechar todas las ventajas que nos brinda la vecindad (...) y una buena política de cooperación para el desarrollo".

 

Dijo más. "Con acuerdos como este y con respeto a nuestras soberanías, en vez de distanciarnos estamos optando por marchar juntos hacia el porvenir. Es privilegiar el entendimiento, lo que nos une, y hacer a un lado las diferencias o resolverlas con diálogo y respeto mutuo".

 

(Uno piensa que quienes comparan a López Obrador con Hugo Chávez jamás habrían oído esas palabras en boca del teniente coronel, pero ese también es otro asunto.)

 

El mexicano recordó que en la historia de las relaciones entre los dos países "hemos tenido desencuentros y hay agravios que todavía no se olvidan, pero también hemos podido establecer acuerdos tácitos o explícitos de cooperación y de convivencia".

 

Algunos – dijo López Obrador – "pensaban que nuestras diferencias ideológicas habrían de llevarnos de manera inevitable al enfrentamiento. Afortunadamente, ese mal augurio no se cumplió y considero que hacia el futuro no habrá motivo ni necesidad de romper nuestras buenas relaciones políticas". Pocos le han dicho tanto a Trump en su cara.

 

Uno podría pensar que el trabajo de la diplomacia es encontrar coincidencias donde otros hallan desencuentros y dificultades. Uno también podría pensar que el fin último de la política es hacer posible lo necesario, y que en este proceso a veces hay que hacer concesiones no siempre agradables. Casi siempre un mal arreglo es preferible a un buen pleito.

 

En fin. Cada quien seguirá viendo la realidad a través de su cristal, porque eso es inevitable. Pero los hechos son como son. Nada más. Y nada menos.

 

El primer TLC

Ese miércoles de octubre de hace veintiocho años nos sentamos en San Antonio a ver a George H W Bush (de Estados Unidos), Brian Mulroney (de Canadá) y

Carlos Salinas de Gortari (de México), que se reunieron para confirmar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

 

Hubo una ceremonia. En la noche nos fuimos a El Álamo con los demás reporteros y comimos y bebimos hasta que se hizo tarde. Al otro día hubo una conferencia de prensa en las que los presidentes y el primer ministro hablaron sobre las relaciones de amistad entre los tres países.

 

Cuando se abrió el piso a las preguntas, nos dijeron que sólo se permitiría una por país. Alcé la mano. Quería preguntarle a Salinas de Gortari su opinión sobre el reciente desplazamiento de quince mil militares de Estados Unidos a la frontera con México (sobre todo en Texas, Nuevo México y Arizona). Mientras se hablaba de libre comercio, la Casa Blanca había militarizado la frontera.

 

No pude hacer mi pregunta. Eligieron a Joaquín López Dóriga, quien tomó el micrófono, se acomodó la corbata y preguntó de qué habían hablado los mandatarios durante el desayuno. No me acuerdo qué le dijeron, ni vale la pena. Al poco tiempo de eso me fui a vivir a Uruguay. Lo que ve el que vive.

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