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Alicia Postmarxista en la educación superior

  • fermarcs779
  • Sep 15
  • 3 min read

Xochitl Patricia Campos López


En un mundo donde el conservadurismo exacerbado de Donald Trump se fortalece y Estados Unidos tiene una larga tradición de espionaje y estrategias anticomunistas en las universidades públicas latinoamericanas desde la época de la Guerra Fría, es más importante que nunca defender la autonomía universitaria. Esta independencia es la única garantía para que las instituciones cumplan su función generacional en la sociedad, que tanto precisa de ellas para formar profesionistas y ciudadanos diligentes capaces de contribuir al desarrollo humano. Los conflictos sociales en las universidades públicas de México enseñan la lucha por el poder disfrazada de idealismo, donde los movimientos puristas de la 4T pretenden apoderarse de la educación superior.


Los intrincados juegos de poder que se libran en el ámbito universitario están derivando en revueltas sociales que, a primera vista, podrían interpretarse como el triunfo de un idealismo progresista, una revuelta de la imaginación en busca del poder. Pero la realidad, como en un juego de espejos, revela una verdad más oscura donde la política esconde una compleja red de intereses. Las demandas de las nuevas generaciones: populismo, feminismo, libertarianismo, anarquismo, veganismo, animalismo, efebocracia, etc.; que parece el grito de una nueva generación, podría ser visto como la manifestación del pensamiento Alicia: una opción fundamentalista basada en la ilusión de un cambio radical y en un discurso que idealiza luchas pasadas, sin considerar la compleja realidad material. Esta narrativa, que busca conectar con un pasado de enfrentamientos y activismo estudiantil, es hábilmente instrumentalizada por actores cuyo verdadero objetivo es menos noble: el control del presupuesto y del poder. El idealismo de las bases estudiantiles se convierte en el vehículo para una agenda de penetración política.


La aparente red de apoyo progresista populista que trata de controlar las universidades públicas en México, no sólo esta formada por idealistas, sino por una coalición de intereses diversos. Por un lado, se encuentran los académicos que abrazan el postmarxismo cultural con la intención de lograr una hegemonía populista y la desestabilización institucional, bajo la justificación de "sacar a los neoliberales de la escuela". Su agenda, que coincide con la actual administración federal gubernamental, ve en la universidad un campo de batalla para el control ideológico. Por otro lado, esta coalición incluye a personajes con un historial de violencia y corrupción que, amparados en el discurso de la Cuarta Transformación, buscan venganza y acceso al presupuesto universitario. Su interés no es la democracia, sino el dinero y el poder que de el emana.


Como se ha señalado en diversos círculos de análisis político, cualquier noción de autonomía estorba a un régimen que busca centralizar el poder. El intento de reformar leyes orgánicas universitarias es, en efecto, una estratagema ideada para penetrar las instituciones y despojarlas de su independencia, bajo la excusa de la "democratización". Las universidades públicas, con sus considerables presupuestos, se convierten en objetivos de alto valor para estos grupos.


El progresismo populista, entonces, simboliza la forma en que las demandas legítimas de los estudiantes son instrumentalizadas. La brecha entre los métodos de elección tradicionales y el radicalismo de las nuevas generaciones crea un escenario perfecto para que actores externos e internos germinen un conflicto. Mientras las administraciones universitarias locales apuestan por la estabilidad institucional y la eficiencia académica, sus opositores, en lugar de proponer un modelo más realista para enfrentar los problemas del país, ofrecen un regreso a las confrontaciones sociales.


La lista de móndrigos que Elena Garro propuso como articuladores y beneficiarios de la matanza del 2 de octubre de 1968 sigue vigente. Emilio Uranga cabalga feliz hacia la prospectiva.

 
 
 

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