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Berta Taracena, gran crítica de arte

La Manzana Flechada


Martha Chapa

La conocí en las inmediaciones de los años setenta y era ya una gran crítica de arte, muy conocedora y respetada. Nuestra relación amistosa se extendió y agrandó hasta su lamentable deceso en días recientes, si bien siempre nos mantuvimos independientes entre mi condición de creadora, y ella, como la experta y crítica en el ámbito de las artes plásticas. Mucho me enseñó y advertí que en las manifestaciones artísticas hay algo más que lo que captamos a primera vista. Detrás de lo aparente, una obra de arte contiene esa sustancia o esencia que encierra mundos, que la hace única y diversa.

La vi por primera vez en una exposición que montó Lourdes Chumacero, con pinturas de mi autoría y de inmediato prendió una simpatía mutua.

Berta Taracena, amiga y maestra, nacida en la ciudad de México, perteneció a una familia vinculada a la cultura. Su padre, llegó a ser Senador y entre sus amigos estaba Carlos Chávez, entonces Director del Palacio de Bellas Artes, lo cual favoreció que estudiara y obtuviera una licenciatura y maestría en historia mexicana en la Universidad Nacional de México, siendo su tesis de maestría sobre la obra Jesús Reyes Ferreira.

Su trabajo abarcó tanto la edición de libros como la curaduría en diversos museos, trabajando junto a Fernando Gamboa, maestro emérito de varias generaciones. Escribió ensayos, artículos y catálogos y más de una decena de libros sobre notables artistas como Diego Rivera, Manuel Rodríguez Lozano, Vladimir Cora y Leopoldo Flores, o bien el de “Estética del arte mexicano en el tiempo”, en 2006.

Recibió muchos e importantes reconocimientos como ser la Presidenta Honoraria de la Asociación Internacional de Críticos de Arte, Sección México.

Lúcida historiadora y crítica de arte e investigadora del mundo cultural en su más amplio entramado, supo situar cada tendencia, cada corriente y sus artistas representativos para ganancia del lector y el espectador, quienes se enriquecieron con un marco de referencia que no por erudito dejó de ser claro y preciso.

En la vasta tarea que desplegó, es perceptible su predilección por las obras de autores mexicanos. Así, estudió y valoro la producción de artistas tan notables y diversos como Diego Rivera, o Alfredo Zalce. También colaboró en importantes monografías y publicaciones sobre Justino Fernández, Pedro Coronel, Frida Kahlo, Rufino Tamayo, David Alfaro Siqueiros, Antonio Peláez, Ángel Boliver, Pedro Baranda, Hermenegildo Bustos y otros artistas e intelectuales. Por cierto, fue fundadora y directora del Centro de Arte Mexicano.

Cómo no recordarla en tantos encuentros y convivencias culturales y de carácter social, donde era notoria su calidez y sabiduría. Y también inolvidable, la entrevista que le hiciéramos Alejandro, mi compañero, y yo en nuestra serie “El sabor del saber” en TV Mexiquense.

Por otra parte, siento mucho que no hayamos concretado la edición de un libro con mi obra y con su crítica, como lo deseábamos ambas, y que tanto me hubiera honrado.

En fin, que nos deja testimonios de una profunda calidad humana y una invaluable mirada de lo que ha sido y es nuestro arte.


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