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Calor, sequía, fuego

León Bendesky

Tres fenómenos interrelacionados enmarcan de manera palmaria al verano europeo que está en curso, sobre todo en la región sur, mediterránea. Uno es el calor extremo; otro la sequía y el tercero los enormes y devastadores incendios forestales. Durante años se ha registrado un aumento de los eventos de clima extremo en Europa, tanto por su intensidad como por su duración. Esto se asocia mayormente con el cambio climático. Un caso ejemplar es el de Gran Bretaña, donde a mediados de julio la temperatura llegó a 40 grado centígrados por primera vez desde que hay registros. Según el Met Office (el Servicio Nacional del Clima), este caso es 10 veces más probable en la situación climática actual que en lo que se considera un clima natural, no afectado por la influencia humana. El ritmo de las ondas de calor europeas ha aumentado más de tres veces que en otras partes del hemisferio norte. Según la Agencia Estatal de Meteorología de España, el pasado julio ha sido el más caluroso que se ha marcado en cualquier mes desde 1961 en que se registran los datos. Esto significa que podría haber un alza de más de tres grados, algunos hablan de seis grados, por encima de lo normal. En agosto prosigue el clima tórrido y se llegará los 42 grados y aún más, a 45 en varios lugares del país, que se ha puesto en alerta en los días recientes. Parafraseando a Josep Pla cuando apuntaba a la meteorología recreativa practicada en la costa norte catalana: Se recuerdan veranos tan calurosos como este, pero ninguno tan largo y con tantos días de continuada canícula. El cielo se mantiene siempre igual: azul, desamueblado, vacío, como esmerilado. Los bosques están incendiados de rojos frenéticos. Todo está seco, agotado, polvoriento. Hasta la primera semana de agosto, en el año se habían quemado en Europa 600 mil 731 hectáreas forestales (más que la superficie de Colima), de ellas 236 mil 575, casi 40 por ciento han sido en España (según datos del Sistema Europeo de Información de Incendios). El segundo país con más superficie quemada (150 mil 27 hectáreas) es Rumania, el tercero es Portugal (61 mil 202 hectáreas). La semana pasada estalló el que se ha descrito como un monstruoso incendio forestal en la Gironda, en el suroeste de Francia. Fueron desalojadas de la zona más de 10 mil personas, mientras que las temperaturas siguen siendo elevadísimas. Había mil 100 bomberos en acción y llegaron otros 361 de otros países europeos para apoyarlos. En Francia se han quemado más de 60 mil hectáreas este año. Las altas temperaturas también afectan de manera muy sensible a los glaciares terrestres de la región, con consecuencias cada vez más graves para el medio ambiente, los ríos y la provisión de agua. La sequía es intensa y se prevé que será más grave durante agosto, según el informa del Centro Común de Investigación de la Comisión Europea. Italia, el sur de Francia, España y Portugal son las zonas más afectadas. Los caudales de muchos ríos europeos son bajos en extremo. Las imágenes al respecto, así como las de bosques en llamas, son impresionantes. A los estragos del verano ardiente su suman los preparativos para un invierno que puede ser muy complicado por la menor disponibilidad de gas para la calefacción. El gobierno español lanzó a principios de agosto un plan de ahorro y gestión energética en climatización para reducir el consumo. Ha sido criticado por los gobiernos de las comunidades por la forma en que se implementó, considerada autoritaria, aunque nadie niega la pertinencia de la medida. La más notable excepción es, por supuesto, la presidenta Isabel Díaz Ayuso de la Comunidad de Madrid, quien de modo muy característico afirmó que Madrid no se apaga; además de que no admitirá intromisiones en la libertad de sus ciudadanos. Me parece que no hace falta ahondar en lo que ha dicho la presidenta de tan importante Comunidad, o del tipo de gobierno que encabeza y su creciente poder en el Partido Popular. Que sean otros lo que apaguen, sea de modo planeado o forzado por la insuficiente oferta de gas o porque simplemente no les alcanza para pagar la energía. Y como dicen por aquellas tierras: ¡Y ya está! La solidaridad social, o llamémosla cuando menos la empatía necesaria para convivir, está crecientemente a prueba en muchas, demasiadas, cuestiones. Los alemanes se encuentran con que su tan elogiado modelo económico que prevaleció durante muchos años está haciendo agua. Se promueve un gasoducto desde España y Portugal para el abasto de gas. En este caso se pone a prueba la solidaridad en la misma Unión Europea, cuestión cuya evolución es hoy imprevisible. En los grandes negocios, entre muchos políticos y entre la gente se sigue pensando que ya se encontrará una solución al problema del cambio climático. Esa complacencia podría muy bien no materializarse en el caso del clima. Hay grandes intereses creados, mala leche y mucha ignorancia de por medio. Esta es una base endeble para pensar lo que está ocurriendo a ojos vistas y actuar sin dilación. El efecto adverso se amplia y se acumula; se restringe la capacidad de reproducción de la naturaleza. El ajuste, cualquiera que sea será cada vez más oneroso y con mayor conflictividad social.

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