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Caminos de Michoacán

Diego Martín Velázquez Caballero


Desde la perspectiva de algunos geógrafos neoliberales, una parte de la explicación de la pobreza en México se relaciona con la dispersión. La conclusión de esta perspectiva sobre el desarrollo prescribe situaciones simples, aunque muchas veces imposibles de llevar a cabo. En el sur del país, esta estrategia desarrollada bajo impulsos tecnocráticos y autoritarios, distingue a conceptos tales como Ciudades-Rurales, Ciudades Inteligentes o Ciudades Cluster. A una distancia suficiente para interpretar los resultados, lo único que puede evidenciarse es el neoextractivismo y gentrificación atrás de dichos proyectos, además del acompañamiento de la delincuencia organizada, a veces mercenaria extranjera, así como la corrupción gubernamental totalizante.


Chiapas, uno de los puntos de partida del neoextractivismo postneoliberal, se acerca peligrosamente a situaciones de ingobernabilidad y conflictos regionales gravísimos. El conflicto se genera para impulsar desplazamientos de grupos humanos a las ciudades, los estados del centro y norte; o bien, los Estados Unidos de Norteamérica, donde los sujetos tornan en convertirse en mano de obra barata, carne de cañón para la delincuencia organizada o población flotante consumista.


El Ejército Zapatista de Liberación Nacional ha sido un ejemplo de autodefensa, identidad social, defensa del territorio e, incluso, una revolución postmoderna como señalaba Alain Touraine. Los militantes zapatistas, como los Navi en Avatar, luchan por salvar el mundo de vida, aislarse de las contradicciones del capitalismo, la modernidad y hasta del progreso. Y el costo para el EZLN ha sido un conflicto peculiar con el Estado Mexicano y con las fuerzas mercenarias del imperialismo y colonialismo interno.


La guerra del EZLN se ha extendido a muchas regiones de México, como Michoacán. El imperialismo norteamericano no sólo busca limónes, aguacates o droga. El Zeigeist de la época marca litio, oro, cobre, agua, estaño, etc. Y dispone de mercenarios –como Blackwater- en muchas zonas pivote para sembrar el terror y apropiarse de los territorios, los paisajes, mundos de vida completos.


Los tecnócratas norteamericanos, como los tecnócratas nazis que reclutaron y terminaron formándolos, no dejan de pensar el mundo como sus Indias Orientales y sujetos desechables.


La guerra contra el narcotráfico en México encubre el proceso de neoextractivismo que avanza implacablemente. La gente es obligada mediante el terrorismo mercenario de la delincuencia organizada para migrar, para dejar sus territorios y recursos a los intereses económicos estadounidenses. Como en el caso del EZLN, los gobiernos latinoamericanos y el mexicano en particular, observan la masacre y tortura en forma estoica, pero trágica; con pocas posibilidades de enfrentar a la fuerza terrorista y tratando de acudir a medidas de resistencia que cada vez funcionan menos.


México enfrenta una guerra híbrida por parte de Estados Unidos en diversos flancos, la narcoguerra es el canal más visible de este conflicto; pero, sin lugar a dudas, el imperialismo norteamericano interviene por donde se le antoja, por ejemplo el Frente Amplio Opositor.


Es necesario evitar el negacionismo para entender la prospectiva de los intereses yanquis sobre el sistema político mexicano.


Aún cuando el neoliberalismo llegara al poder, el neoextractivismo no se detiene ni se humaniza; al contrario, Michoacán, como el país, es una prueba tangible de la guerra neoextractivista que vivimos. El multilateralismo, la resistencia nacional, la capacidad de reacción al imperialismo estadounidense aunque sea en forma simbólica, la denuncia de lo que realmente ocurre, es el único recurso que queda. Estados Unidos va a destruir el mundo, pero antes destruirá Michoacán y México.

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