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De la ruptura a la reconciliación

  • Mar 11
  • 3 min read

Félix Estrada

Su llegada a la presidencia fue menos la expresión de un liderazgo propio que la continuidad electoral de un movimiento que ya había redefinido el mapa político del país.

Ese movimiento, surgido de una profunda inconformidad social frente al modelo neoliberal y frente al dominio de las élites políticas y económicas, transformó el equilibrio del poder en México y abrió una etapa distinta en la vida pública nacional.

Sin embargo, una vez en el gobierno, la actual administración parece recorrer un camino diferente al que dio origen a ese impulso político.

En lugar de profundizar la ruptura con las élites económicas y académicas que durante décadas dominaron el país, ha comenzado a reconstruir puentes con ellas.

La transformación se mantiene en el discurso, pero en los hechos empieza a observarse un proceso de reconciliación con sectores que durante años defendieron el modelo económico que ese movimiento cuestionó con mayor claridad.

El lenguaje sigue siendo el de la transformación.

Se invoca al pueblo, se habla de continuidad y se repiten las consignas que marcaron el ciclo político iniciado en 2018.

Pero entre la retórica y las decisiones reales de poder comienza a abrirse una distancia cada vez más visible.

La historia política mexicana ofrece precedentes claros: durante décadas el viejo régimen priista invocó a la Revolución mientras gobernaba en sentido contrario a sus principios fundacionales.

Las señales de este cambio son cada vez más evidentes. El nuevo gobierno se ha rodeado de académicos y tecnócratas provenientes de los mismos círculos que durante años defendieron el orden económico previo.

Intelectuales y funcionarios que antes descalificaban el proyecto político surgido en 2018 hoy reaparecen como interlocutores privilegiados del poder.

En esa operación simbólica se rehabilita a las élites tecnocráticas mientras se vuelve a presentar a las posiciones nacionalistas de desarrollo como posturas ideológicas, anacrónicas o irrelevantes.

Al mismo tiempo, muchos de quienes defendieron con mayor claridad la necesidad de construir un proyecto económico nacional han sido desplazados o marginalizados.

Se reinstala así una narrativa conocida: la de una modernidad tecnocrática que considera cualquier intento de autonomía económica como una desviación del pragmatismo.

Esta recomposición política también revela un rasgo social que comienza a hacerse visible en la configuración del nuevo poder.

El círculo cercano al gobierno reproduce en buena medida la composición de las antiguas élites académicas y económicas: sectores formados en los mismos espacios universitarios, con trayectorias vinculadas a los circuitos tradicionales de poder y con relaciones estrechas con el mundo empresarial y financiero.

El discurso de izquierda universitaria funciona entonces como una cobertura retórica que permite justificar decisiones cada vez más cercanas a la ortodoxia económica.

En el plano internacional las señales tampoco resultan alentadoras.

Frente a un Estados Unidos cada vez más agresivo en la defensa de sus intereses estratégicos, México parece inclinarse por una estrategia de acomodamiento.

La dependencia económica estructural se acepta como un dato inmodificable y la subordinación geopolítica comienza a presentarse como una forma inevitable de pragmatismo.

El problema de fondo es que el impulso político que emergió en 2018 no fue simplemente un cambio de discurso. Fue, sobre todo, la expresión de un profundo malestar social frente a un modelo económico que había producido desigualdad, dependencia y pérdida de soberanía. Si el nuevo gobierno opta por reconciliarse con las élites que ese movimiento había decidido confrontar, el proyecto transformador corre el riesgo de diluirse en una restauración silenciosa del orden previo.

La historia política mexicana está llena de episodios en los que movimientos populares terminaron absorbidos por el mismo sistema que pretendían transformar.

La pregunta que comienza a plantearse en distintos sectores del país es si ese proceso está empezando a repetirse.

Sería una paradoja amarga: que después de décadas de lucha política y de la enorme movilización social que hizo posible el cambio de rumbo en el país, México termine regresando, lentamente y por la puerta de atrás, al mismo equilibrio de poder que millones de ciudadanos habían decidido dejar atrás

 
 
 

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