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El eje del debate político poblano

Diego Martín Velázquez Caballero


Durante las intervenciones de los aspirantes a la gubernatura de Puebla: Eduardo Rivera, por el Prianrd; Alejandro Armenta, por Morena y Fernando Morales, por Movimiento Ciudadano; todos los candidatos se denostaron por sus nexos con el marinismo. Sin embargo, la expresión se acerca más al candidato de Morena puesto que, desde el triunfo extraño de Miguel Barbosa, los operadores marinistas fueron importantes para el movimiento de estructuras electorales.

Conforme la narrativa de las transiciones democrática, no es normal que el marinismo tenga la posibilidad de resurgir y alcanzar el poder; empero, en espacios donde los feudos políticos dominan el poder municipal y de la administración pública, ellos controlan la sucesión. De ahí se entiende que grupos que impulsaron al morenovallismo se encuentran como colaboradores del segundo piso marinista.

No existe una camarilla política que alcance el poder de forma unívoca en la entidad poblana. Antes de la alternancia política que llevó al PAN a la gubernatura del estado, en realidad el PRI y sus camarillas controlaban el poder, como lo siguen haciendo ahora.

Se observa un transfuguismo de los grupos locales de poder hacia el Movimiento de Regeneración Nacional, de los feudos que han distinguido la trayectoria histórica en Puebla. Los grupos tradicionales, feudos, nudos y cacicazgos, ejecutan un faccionalismo colaborador para retener el control de la entidad. Aquellos grupos o personajes que no pactan con ellos, no son incluidos en la rotación por la administración pública.

El marinismo, en su primera etapa, decidió apoyarse en grupos chiapanecos, oligarquías libanesas y su camarilla personal para alcanzar el poder nacional. No consiguió su objetivo, porque los grupos tradicionales sabotearon su proyecto. Lanzar un programa sin considerar las facciones locales, recibió la sanción correspondiente y, gracias a eso, pudo conformarse el morenovallismo. Luego, este grupo ejerció esa exclusión de la que se acusaba a Mario Marín e incluso fue más agresiva la eliminación de los inconformes y disidentes.

El tradicionalismo político de la entidad ahora guarda su equilibrio mediante la candidatura de Alejandro Armenta; los políticos locales se ha reunido en torno al morenismo y el marinismo aparece como el primer nivel del próximo gobierno, pero existen elementos de otras camarillas como el morenovallismo, melquiadismo, y los cacicazgos regionales.

Puebla es un feudo de los grupos políticos locales y estos actúan conforme a su conveniencia; incluso la alta clerecía católica regional también apoya el armentismo morenista. La derecha local se apoyó en el barbosismo, pero nunca pudo despegar un proyecto común porque los cacicazgos tradicionales son fuertes y agresivos.

Puebla retorna a una dinámica de patronazgo, vasallaje, caciquismo y clientelismo. Rafael Moreno Valle, un autócrata que excedió el poder hasta el sultanato, comprendía que la entidad no podía mantenerse en ese atraso porque elevaba la pobreza y el subdesarrollo exponencialmente; sin embargo, la realidad de la descomposición del régimen neoliberal mexicano concedió nuevas oportunidades a los grupos populistas y tradicionales.

Es cierto que en Puebla las clases medias, particulamente de las ciudades más desarrolladas de la entidad, pueden equilibrar el voto y dispensar una carga completa para el morenismo mediante la racionalidad electoral. Sin embargo, los movimientos cívicos, sociales y urbanos de Puebla no han podido quebrantar la dinámica caciquil del realismo político. Incluso Morena capituló la mayor parte de sus candidaturas para alcanzar una supuesto mayoría legislativa que se presenta complicada.

El movimiento de regeneración nacional también corre el riesgo de extinguirse después de las elecciones de este año, los feudos están sopesando la formación de partidos regionales y el ejercicio del transfuguismo para acomodarse a una realidad donde el poder de la presidencia mexicana sigue siendo débil y las regiones secuestran la gobernabilidad. La capitulación de las candidaturas morenistas es muestra de la debilidad de impulso que la Cuarta Transformación tuvo desde el principio.

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