El «palomeo» y la Cuarta Transformación
- Jul 1
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La política mexicana nos ofrece hoy un espectáculo revelador. Al observar la efervescencia en las filas de Morena —con su cifra de 277 aspirantes a las 17 gubernaturas en disputa para 2027—, es imposible no percibir el eco de las viejas estructuras.
Bajo el nombre de «coordinaciones de defensa de la transformación» late, en realidad, un atavismo de nuestra historia: la insaciable búsqueda del visto bueno presidencial.
El ejercicio del «palomeo» no es otra cosa que la encarnación de las facultades metaconstitucionales que Jorge Carpizo diseccionó en El presidencialismo mexicano; ese conjunto de facultades que, lejos de desaparecer, mantienen al Ejecutivo en una posición de dominio absoluto.
Para comprender esta mutación, es preciso acudir al concepto de gatopardismo, esa máxima acuñada por Giuseppe Tomasi di Lampedusa nos enseñó que, ante las crisis, el poder es capaz de transformar las formas externas para preservar, intacta, su esencia estructural.
La actual administración ha perfeccionado este arte: se cambia el procedimiento, se reemplaza la decisión directa por el oráculo de la encuesta y se sustituyen los antiguos rituales del PRI del siglo XX, por una arquitectura de filtros y comisiones.
Sin embargo, el objetivo es el mismo: «cambiar todo para que nada cambie».
Los filtros de la Comisión Nacional de Elecciones son, en rigor, la traslación moderna del «palomeo» tradicional.
La clase política, sumida en una amnesia técnica, confunde la participación con la sumisión.
Al descartar a los aspirantes que no cumplen con los requisitos de la cúpula, se ejerce ese poder unipersonal que ha sido la piedra angular de nuestro sistema durante décadas.
La diferencia sustancial es que, donde antes imperaba el mandato directo, hoy impera la «gestión de la expectativa».
El aspirante no busca el voto ciudadano en una contienda abierta; busca el beneplácito de quien ostenta la jefatura real del movimiento.
Resulta sintomático que el filtro definitivo se haya postergado hasta «pasando el Mundial».
En esta decisión subyace una ironía histórica: la política, que debería ser el terreno de la deliberación republicana, se pliega a los tiempos del espectáculo y de lo superfluo.
¿Es acaso la frivolidad el velo que cubre la centralización del mando? El aspirante que hoy se registra, convencido de su supuesta legitimidad, es en realidad un actor en una obra cuyo guion fue escrito hace tiempo en las cúpulas. No hay sorpresas.
La estructura corporativa, aquel andamiaje que fue el nervio del Estado mexicano, ha mutado hacia nuevas formas de lealtad, pero el corazón del sistema —la centralización del «visto bueno»— late con la misma intensidad que en el siglo pasado.
Lo que observamos en este registro de 277 personas es la supervivencia de una cultura política que confunde la participación con la fila de espera.
Es el «aspiracionismo institucionalizado»: el suspirante no busca convencer a su potencial electorado, busca que su nombre sea reconocido por la única persona que tiene la facultad de decidir.
Es la modernización de un sistema que, aunque se dice renovado, reproduce los vicios de los años del PRI: opacidad y marginación de cualquier voz que no se alinee con la directriz del mando central.
El mecanismo de la «encuesta» se consolida como el dispositivo perfecto de la revolución pasiva: una herramienta que aparenta democratizar la decisión pero que, en los hechos, blinda la voluntad del Ejecutivo.
La retórica del cambio se convierte así en un artefacto conservador, donde la supuesta apertura es apenas un mecanismo más del control corporativo.
Cuando la política se reduce a un trámite donde se debe pedir permiso para existir, las personas pierden toda relevancia, quedando relegadas a ser simples testigos de una liturgia que se autoproclama transformadora mientras devora, día tras día, las libertades que prometió ensanchar.
Al final, cuando la selección de quienes han de gobernarnos se reduce a un ritual de exclusión, la democracia deja de ser el ejercicio de la libertad para convertirse en una liturgia de obediencia ciega.
La verdadera transformación no puede habitar en procesos que premian el silencio y castigan la disidencia.
Mientras la política se limite a ser un trámite de lealtad donde el ciudadano es apenas un espectador, seguiremos atrapados en la farsa de una democracia de fachada.
La historia es implacable: no hay transformación real cuando el poder se niega a soltar la mano que diseña el futuro.
Esta mutación es el triunfo del gatopardismo: el poder sacrifica rituales obsoletos y adopta nuevas formas burocráticas para blindar su esencia jerárquica.
Al sustituir la imposición directa por el simulacro de la participación, la administración asegura que la estructura de mando se mantenga intacta.


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