El patrimonialismo sistémico mexicano
- fermarcs779
- Aug 31, 2025
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Diego Martín Velázquez Caballero
El modelo Habsburgo, que Howard Wiarda estudió con tanto detalle, ha cobrado una vigencia especial en estos días, tanto en la izquierda como en la derecha mexicana. La clase política, en su afán por demostrar que la corrupción barroca del país puede superar a todos los gobiernos anteriores, no se detiene. A nadie parece importarle la debilidad de las instituciones ni el impacto devastador en el orden social.
Cada día es más pertinente la idea, propuesta en el sexenio de López Portillo, de crear una "Secretaría de la Corrupción". Quizás así, los escándalos de la clase política, su avaricia desmedida, podrían transformarse en la energía que el gobierno necesita para atender las demandas de la sociedad; los moches pueden ser la nueva forma de recaudación fiscal. Lo cierto es que este patrimonialismo, que vemos en cada nuevo escándalo, es una clara muestra de la debilidad estatal, administrativa y burocrática de México. Esto explica por qué los poderes fácticos, como se ha señalado recientemente en el extranjero, controlan el aparato público desde siempre.
Esos poderes fácticos son los más interesados en que el Estado y la sociedad sigan siendo débiles. Aunque esta vulnerabilidad los exponga al poder extranjero, es precisamente por ello que lo único que funciona en México es la corrupción, un sistema político que parece reproducir sus demandas con una eficiencia aterradora.
Derechas e izquierdas se parecen demasiado. Por más que se intente señalar a la Cuarta Transformación como la dueña de un patrimonialismo histórico, un vistazo a la memoria reciente no deja a los integrantes del PRIANRD en una mejor posición. El problema no es quién corrompe más, sino que la corrupción no se detiene y que a nadie parece preocuparle la inevitable caída en un Estado fallido.
La duda que la derecha plantea sobre la necesidad de mantener organismos autónomos contra la corrupción es válida, aunque estos no hayan servido de mucho, como lo demostró el sexenio de Enrique Peña Nieto. Es acertada la crítica a la Cuarta Transformación, que carece de políticas e instituciones que realmente hagan frente a este fenómeno. La moralidad de las izquierdas progresistas se ha transformado en un cinismo aberrante que no solo expone a su movimiento a una derrota electoral, sino que también lleva al país al borde de una revolución. La corrupción desmedida es una muestra clara de la injusticia y la indolencia de nuestra clase política. Cada día, izquierda y derecha se vuelven más semejantes, mientras la sociedad, desesperada, encuentra en el radicalismo violento su única vía de expresión. Izquierda y Derecha, como María Antonieta, desesperan con sus pastelazos.






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