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El sueño norteamericano del MAGA

  • Aug 3
  • 3 min read

Diego Martín Velázquez Caballero


Morena no es el PRI hegemónico: ¿representa la posibilidad de fusión para que Sendero Luminoso, Castrismo, Sandinismo y Chavismo, bajo la tutela de los traficantes de drogas y combustibles, se integren en un bloque poderoso y cercano a Norteamérica que puede destruir la democracia liberal capitalista para siempre? Desde una perspectiva de análisis político cercana a Samuel Huntington, Fareed Zakaria, Robert Kaplan o George Friedman; dicha situación está claramente comprobada. De ahí que el debate sobre una eventual intervención estadounidense en México ha dejado de pertenecer exclusivamente al terreno de la seguridad nacional para convertirse en una discusión sobre el equilibrio geopolítico de América del Norte y la estabilidad del orden liberal occidental.


La permanencia de Morena como fuerza política predominante, la fragmentación de la oposición y la persistencia de altos niveles de violencia asociados al crimen organizado han llevado a algunos analistas a sostener que los mecanismos tradicionales de alternancia democrática podrían resultar insuficientes para modificar el rumbo político del país. En este contexto, sectores de la oposición han comenzado a considerar que la principal variable capaz de alterar el equilibrio interno no se encuentra en la competencia electoral, sino en la presión estratégica proveniente de Estados Unidos.


Esta interpretación parte de una premisa discutida pero relevante para el análisis: la consolidación de Morena no respondería únicamente a su éxito electoral, sino también a la construcción de una nueva coalición hegemónica sustentada en una amplia política social, la centralización del poder presidencial, la debilidad de los contrapesos institucionales y la incorporación de amplios sectores de las antiguas élites políticas. Desde esta óptica, el sistema político mexicano estaría evolucionando hacia un modelo de partido predominante cuya sustitución mediante los mecanismos ordinarios de competencia democrática sería cada vez más compleja.


Sobre esa base, algunos autores sostienen que Washington podría considerar que la evolución política mexicana constituye un problema estratégico y no únicamente un asunto interno. La preocupación no se limitaría al tráfico de drogas o a los flujos migratorios, sino que abarcaría la posibilidad de que un socio esencial del T-MEC desarrollara un proceso de concentración de poder que debilitara progresivamente los principios del constitucionalismo liberal. En esta interpretación, la política de seguridad y la competencia geopolítica aparecerían crecientemente vinculadas.


Dentro de ese marco analítico, las operaciones encubiertas o las acciones limitadas representan un escenario considerablemente más plausible que una invasión convencional. La experiencia estadounidense en Irak y Afganistán ha demostrado que la superioridad militar no garantiza el éxito político de una ocupación prolongada, mientras que las capacidades de inteligencia, presión financiera, cooperación judicial, sanciones selectivas y operaciones especiales permiten ejercer influencia con costos significativamente menores. Para determinados sectores de pensamiento estratégico, estas herramientas podrían emplearse para modificar incentivos políticos, incrementar los costos de la captura criminal de instituciones o fortalecer capacidades estatales sin recurrir a una intervención abierta.


No obstante, afirmar que una estrategia de esta naturaleza constituya la única alternativa disponible excede lo que la evidencia permite concluir. Incluso quienes consideran que la democracia mexicana enfrenta un proceso de deterioro reconocen que la presión internacional difícilmente puede sustituir la dinámica política interna. La historia latinoamericana muestra que las intervenciones externas suelen producir efectos ambivalentes, fortaleciendo con frecuencia las narrativas nacionalistas de los gobiernos objeto de presión y debilitando a las oposiciones que son percibidas como dependientes de actores extranjeros.


La tesis según la cual un eventual fracaso de la administración de Donald Trump para modificar de manera sustancial la situación en México o Cuba significaría el agotamiento definitivo del proyecto MAGA constituye igualmente una hipótesis de interpretación política más que una conclusión verificable. Es cierto que diversos sectores republicanos consideran que la competencia con China, Rusia e Irán exige una demostración de liderazgo hemisférico y una política exterior más coercitiva. Sin embargo, la capacidad de un solo expediente, como la política hacia México, para determinar el futuro de una coalición política estadounidense resulta difícil de demostrar empíricamente, pues intervienen múltiples variables económicas, electorales e internacionales.


En consecuencia, el escenario más consistente desde una perspectiva politológica no consiste en una intervención militar abierta ni en la expectativa de que un actor externo produzca un cambio de régimen en México, sino en un incremento gradual de los instrumentos de presión política, económica, financiera y de inteligencia sobre actores considerados relevantes para la seguridad estadounidense. Ese tipo de presión podría coexistir con la continuidad electoral de Morena y con una relación bilateral caracterizada simultáneamente por la cooperación económica y la confrontación en materia de seguridad. El desenlace dependerá menos de una decisión unilateral de Washington que de la evolución de las instituciones mexicanas, de la capacidad de la oposición para reconstruir una alternativa competitiva y de la manera en que ambos países redefinan sus intereses estratégicos en un entorno internacional cada vez más marcado por la competencia entre grandes potencias.

 
 
 

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