top of page

Josefa González Blanco: lasenseñanzas de Patrocinio

  • fermarcs779
  • Jan 23
  • 3 min read

Pablo Cabañas

En política, los gestos mínimos suelen revelar con mayor precisión la anatomía real del poder. No son las leyes ni los discursos los que lo delatan, sino esas escenas aparentemente triviales en las que el tiempo se suspende porque alguien así lo dispone.

El poder verdadero no necesita proclamarse: se ejerce interrumpiendo la normalidad, administrando la espera, convirtiendo la excepción en regla.

Corría marzo de 1993 cuando acudimos a una comida invitados por el entonces secretario de Gobernación, José Patrocinio González Blanco Garrido.

La mesa estaba servida, la conversación transitaba por trivialidades cuidadosamente inofensivas y el alcohol cumplía su función ritual.

Se fumaba, se reía, se hablaba de asuntos menores, como si nada estuviera en juego. Hasta que una mujer, sentada junto al secretario, buscó en su bolsa y descubrió que se había quedado sin cigarros.

Se despidió con naturalidad. Patrocinio le ofreció los suyos. Ella declinó: fumaba cigarros mexicanos, marca Tigres.

El secretario hizo un gesto breve y ordenó a sus ayudantes conseguir una cajetilla. La cajetilla no apareció. Pasaron los minutos. La inquietud se instaló en la mesa.

Nadie se levantó. Nadie sugirió marcharse. Ella permaneció sentada, esperando. Durante casi dos horas y media seguimos allí, conversando banalidades, bebiendo con una disciplina silenciosa, mientras la puerta de salida permanecía entreabierta como una ironía cuidadosamente escenificada.

No era una espera casual: era una demostración. Cuando finalmente llegaron los cigarros correctos, el mensaje ya había sido transmitido: ahí donde manda el poder, el tiempo no corre; se obedece.

Aquella escena no fue una anécdota menor, sino la condensación de una cultura política. El poder no requiere violencia explícita: basta con suspender la vida cotidiana y hacer de la obediencia un hábito.

Como ha señalado Byung-Chul Han, el poder contemporáneo se ejerce no tanto por coerción directa, sino por la interiorización de la sumisión, por la aceptación silenciosa de la excepción como norma.

En México, esa lógica se volvió práctica de Estado. José Patrocinio González Blanco Garrido fue hijo de Salomón González Blanco, ministro de la Suprema Corte y gobernador de Chiapas, y de Josefa Garrido Canabal, hermana de Tomás Garrido Canabal.

Con esa herencia política, Patrocinio encarnó el autoritarismo priista en una de sus versiones más acabadas.

Su paso por Chiapas y por la Secretaría de Gobernación estuvo marcado por denuncias de represión y violaciones graves a los derechos humanos.

Pero más allá de los expedientes, dejó algo más duradero: una pedagogía del mando. Esa forma de ejercer el poder no desaparece; se transmite. Décadas después, esa herencia reapareció bajo discursos distintos. Josefa González-Blanco Ortiz-Mena, hija de Patrocinio, fue nombrada secretaria de Medio Ambiente al inicio del gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

Su gestión fue breve y errática, marcada por ausencias y silencios frente a crisis ambientales evidentes.

El episodio que selló su salida fue, nuevamente, simbólico: un avión comercial detenido porque la secretaria llegaba tarde al aeropuerto. El gesto era idéntico al de 1993. El mundo debía esperar.

Aunque su renuncia fue aceptada con un discurso contra la prepotencia, en 2021 fue designada embajadora de México en el Reino Unido.

La sanción no desmontó la lógica del privilegio: la desplazó. En Londres, lejos del escrutinio cotidiano, el autoritarismo adoptó formas administrativas.

Dieciséis denuncias formales por acoso laboral, hostigamiento y parálisis institucional describieron una embajada gobernada por el miedo, la “congeladora” burocrática y la inmovilidad.

La escena más elocuente, sin embargo, ocurrió fuera de una oficina. Fotografías difundidas mostraron a Jesús Ernesto López Gutiérrez, hijo menor del presidente, en el mostrador Premier de Aeroméxico en Heathrow, acompañado por la embajadora, quien lo asistía con su equipaje durante sus vacaciones.

No era ilegal, pero sí revelador: la normalización del privilegio, la confusión entre lo público y lo familiar, la diplomacia reducida a servicio personal.

La imagen dialoga, sin necesidad de palabras, con el avión detenido y con aquella puerta entreabierta en 1993.

Es la misma lógica: el poder como excepción permanente, como herencia transmitida, como derecho implícito.

En ese contexto adquiere sentido la defensa pública que, en enero de 2026, realizó Claudia Sheinbaum de Josefa González-Blanco.

La presidenta minimizó las denuncias de acoso laboral, afirmó que no existe investigación en curso y sostuvo que la exembajadora “hizo un buen papel”.

No explicó por qué dieciséis denuncias documentadas no ameritan revisión alguna. Su pronunciamiento no fue un desliz: fue una señal de continuidad.

La pregunta final es política, ¿la llamada Cuarta Transformación fue una ruptura real o apenas una redistribución del privilegio? Porque mientras el poder siga concibiéndose como herencia y no como responsabilidad, el Estado mexicano permanecerá detenido —con la puerta entreabierta— esperando siempre el cigarro correcto.

 
 
 

Comments


bottom of page