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Kanheman y la política

León Bendesky

Daniel Kahneman, reconocido estudioso de la psicología cognitiva, falleció el pasado 24 de marzo. Su trabajo se enfocó en la manera en que la gente piensa y comprende, cómo se perciben las situaciones y los hechos, cómo se establece la relación entre la heurística –las formas de indagación y descubrimiento– con los sesgos cognitivos con la que se asocia. Uno de tales sesgos es relevante en cuanto a la interpretación errónea y sistemática que se hace de la información disponible e influye en el modo en que se procesan los pensamientos, se expresan juicios y se toman decisiones.

Aplicó estas ideas al campo de la economía y sentó las bases de la rama conocida como economía del comportamiento. Se trastocan los supuestos teóricos tradicionales de que los individuos actúan esencial y consistentemente de modo racional y en su propio interés (el denominado Homo economicus), y se abren nuevos espacios, más complejos, para conceptualizar las conductas sociales.

En su muy conocido libro Pensar rápido, pensar despacio, Kahneman utilizó la distinción entre dos modos de pensamiento: el sistema 1, caracterizado como rápido, intuitivo y emocional, y el sistema 2, más lento, reflexivo y racional. Esto, no debe perderse de vista, se vincula con la generación de juicios y opiniones en cada uno de esos modos y acarrean formas de razonar, decidir y actuar, tanto individuales como colectivas. Los rasgos que componen ambos sistemas de pensamiento tienen un carácter relativo y no entrañan una distinción categórica; la cuestión es que capturan modos de pensar.

Uno de los sesgos del conocimiento destaca de manera relevante la incapacidad para reconocer las situaciones de incertidumbre, así como el significado de nuestra ignorancia. Se distinguen, entonces, las conclusiones a las que se llegan de forma apresurada de aquellas a las que se arriba por medio de la reflexión.

Las repercusiones de estos planteamientos tienen que ver con el comportamiento individual y sus consecuencias sociales, no sólo de orden económico, sino igualmente de orden político. El pensar rápido se ha desarrollado de modo evolutivo y adaptativo; tiene que ver con las reacciones derivadas del instinto. Se han desenvuelto también las formas complejas de evaluación racional que atienden a las probabilidades, el pensamiento abstracto y la experiencia de nuestra propia individualidad, todo lo cual permite dar cuenta de los sesgos del conocimiento y la adaptación de nuestro comportamiento. Esto tiene una expresión que establece nuestra relación individual y de grupo frente a los fenómenos externos, en este caso remitidos a las interacciones económicas y políticas, tanto las que confrontamos de manera próxima como aquellas con las que se tiene una relación lejana. El caso es que, aunque ambos sistemas de pensamiento no estén necesariamente en conflicto, debe considerarse que el pensar lento requiere de un esfuerzo adicional, es más difícil mantenerlo activo, consume más tiempo, atención y energía. Esto entraña posibilidades, oportunidades y riesgos también en el comportamiento individual y en cuanto a sus repercusiones colectivas; tiene una expresión particular y de significado distinto en el ejercicio político.

Este último rasgo es significativo, tanto en términos sistémicos como en las formas específicas en las que se ejerce el poder. Tiene que ver con las discusiones acerca de la democracia, el totalitarismo, el populismo y abarca a los grupos y a los personajes que gobiernan, y de modo más amplio, a quienes ejercen poder sobre la sociedad.

Kahneman pone las marcas más allá de la configuración de las relaciones económicas y sus consecuencias y se extiende a la política. En el terreno de la democracia, el enfrentamiento del pensar rápido y el pensar lento se traslada a situaciones relacionadas con la incitación inicial al instinto y luego, posiblemente, a la convicción de los ciudadanos para conseguir su favor y apoyo para un determinado partido, grupo, proyecto político o, aun más problemáticamente, a una persona.

También afecta, en otro nivel, la manera en que se gestiona la política pública, entre los criterios de corto plazo y aquellos que pueden considerarse estratégicos y sustento de políticas de largo plazo. Hay elementos de tipo pragmático que deben atenderse necesariamente. La cuestión a considerar es cómo emergen los consensos y los disensos entre los ciudadanos a partir de la relación de distancia o cercanía que se establece de modo estructural y coyuntural con la política.

La cuestión difiere de la práctica formal del quehacer político por los profesionales, o bien de su uso como herramienta de poder por diversos grupos, como ocurre en la mayoría de los sistemas democráticos. En aquellos que no lo son, las soluciones están dadas de facto. Las preferencias políticas sobre asuntos particulares surgen de lo que se percibe como la información más sobresaliente y de más próximo acceso, la que se procesa mediante un conjunto de valores, prejuicios, impresiones, influencias y también por coacción, o por mera intuición.

Se trata, pues, de las condiciones que establecen el nivel de compromiso y oportunidad que definen el carácter funcional de la democracia. El limitado tiempo e información que tienen los ciudadanos para su participación cívica tiene que ver con la forma en que se definen y se expresan sus juicios y, finalmente, su voto en las urnas. El asunto es si la heurística usada por los ciudadanos, los juicios y la evaluación que hacen del ámbito político son suficientes para expresar de modo efectivo la complejidad de la política democrática. ¿Están los ciudadanos sujetos a la forma de pensar rápido? ¿Es razonable o viable zafarse? ¿Realmente es eso lo que quieren quienes tienen poder político y económico? El momento político-electoral en el país es propicio para atender a estas cuestiones y se vuelve más interesante por la práctica simultaneidad con la elección en Estados Unidos.

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