La coreografía del poder y la plaza pública
- Jun 3
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El 31 de mayo de 2026, el Monumento a la Revolución fue el epicentro de una liturgia política que, a dos años del triunfo de 2024, ha consolidado su fórmula.
Ante más de 130 mil asistentes en la capital —y réplicas en treinta y un estados—, la presidenta Claudia Sheinbaum presentó un informe bajo el lema: «Honestidad, resultados y amor al pueblo».
Más que una rendición de cuentas, el acto fue la confirmación de una fe política inalterable.
En la tradición democrática, rendir cuentas es un ejercicio de humildad donde el gobernante explica fallos ante el soberano.
Aquí, la «honestidad» se esgrime como etiqueta de superioridad moral que sitúa al crítico en el bando de la traición.
Al reclamar el monopolio de la virtud, el gobierno despolitiza el debate: la discrepancia deja de ser un derecho para convertirse en un pecado cívico.
Confundir el mandato con la infalibilidad es, históricamente, el preludio de fracturas institucionales.
Esta vocación por controlar el relato se cristaliza en espacios como el «Detector de Mentiras», coordinado por la Consejera Jurídica, Luisa María Alcalde.
Más que una aclaración, este dispositivo gestiona la verdad.
Al sentenciar desde el púlpito qué información es «falsa», el Ejecutivo erige una barrera diseñada para estigmatizar al l periodismo crítico.
Esta dinámica erosiona el tejido informativo y fomenta una polarización artificial donde la prensa se convierte en el «enemigo necesario» para cohesionar a las bases.
El concepto de soberanía se utiliza hoy como un escudo para evitar hablar de los problemas complejos del mundo actual.
Cuando la Presidenta declara en un mitin que México no aceptará injerencias, la plaza estalla en aplausos; pero, más allá del entusiasmo, queda una duda: ¿es este discurso nacionalista una verdadera estrategia de defensa o simplemente una cortina de humo?
Existe una diferencia abismal entre las dos formas de ejercer la soberanía.
La soberanía real se practica en las oficinas de gobierno y en las mesas de negociación internacional, donde se requieren análisis técnico y resultados concretos.
En cambio, la palabra soberanía es un recurso emocional que sirve para calmar el descontento social, señalando a enemigos externos como responsables de los problemas que el gobierno no ha podido solucionar en casa.
Así, la política exterior se convierte en un reflejo de la política interna: en lugar de demostrar eficacia y capacidad para resolver los desafíos del país, el gobierno prefiere exhibir una firmeza pública que, aunque es muy efectiva para ganar vítores, no soluciona los problemas reales de los ciudadanos.
La figura de la Presidenta gravita bajo la sombra de su antecesor.
Reivindicar la «hazaña» de López Obrador no es solo lealtad, sino un ancla que impide la innovación necesaria para un México en mutación.
Al presentar la continuidad como un imperativo, el gobierno corre el riesgo de ser un monumento de sí mismo.
Un proyecto que se percibe como el fin de la historia, refractario a la disidencia, termina por devorar sus promesas.
La inercia de la autocomplacencia es el primer síntoma de una administración que, temiendo el espejo del contrapeso, prefiere el eco del mitin a la arquitectura de una democracia funcional, plural y deliberativa.
El problema de fondo es la erosión de los mecanismos de intermediación.
Al despreciar el diálogo y favorecer la comunicación masiva y unilateral, el Estado debilita las instituciones que deberían servir como diques de contención frente al ejercicio arbitrario del poder.
Una democracia que se reduce a la aclamación popular pierde su capacidad de autocrítica; se convierte en un sistema rígido, incapaz de adaptarse a las crisis que, tarde o temprano, ponen a prueba su resistencia.
Al final, se abre una brecha insalvable entre el fervor de la plaza y la realidad de una nación diversa.
La política es, fundamentalmente, mediación y reconocimiento del otro.
Si el gobierno privilegia el mito sobre la realidad, el costo social será irreversible.
La historia no juzgará este mandato por la cantidad de asistentes a un mitin, ni por la vehemencia de sus discursos, sino por su capacidad de construir un espacio donde la crítica sea bienvenida, la soberanía se ejerza con luces largas y el amor al pueblo no sea la excusa para eludir la rendición de cuentas con la verdad, sin artificios y sin miedo a la posteridad.
Gobernar bajo la sombra del dogma es, en última instancia, un acto de fe que termina traicionando la razón y sacrificando el futuro por la inmediatez del éxito propagandístico.
La posteridad, juez inapelable, no busca mártires ni héroes en el poder, sino servidores públicos capaces de anteponer la transparencia y la solidez institucional a la tentación de convertir la plaza pública en un altar al ego y la infalibilidad política.


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