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La descalificación, el insulto, la mentira

Diario de un reportero


Miguel Molina


Creo que ya vimos con claridad de qué se trata, gracias a la marcha del pasado fin de semana. Fueron miles, decenas de miles, cientos de miles los que marcharon para protestar por la más reciente iniciativa presidencial para reformar algo, en este caso el proceso electoral.


Hay quien dice que los participantes fueron acarreados, que les pagaron por ir adonde hayan ido, que son títeres de la derecha, y que esto y que lo otro. Hay quien asegura que se usan dineros públicos para las marchas de apoyo al gobierno, y que la gente va bajo pena de perder el empleo o parte de su sueldo, y que esto y que lo otro.


En todo caso, el debate público de México se ha reducido a ver quién tiene la manifestación más grande, como si todo – la razón, el derecho, la necesidad o la urgencia, el interés nacional – dependiera nada más de cuántos fueron a decir que sí o que no a tal o cual cosa.


Ojalá fuera una vaina de números, que es asunto de poner aquí y quitar allá y viceversa, pero no. El debate público de México es la descalificación, al insulto, a la mentira, al contumaz desprecio por el otro, al discurso que va y viene sin decir nada, hable quien hable.


Lo triste, lo preocupante, es que el discurso presidencial – privilegiado por el puesto y patrocinado con fondos públicos – se dedique a hablar mal de quienes se oponen a lo que representa, a insultar a quienes no piensan como el que manda, y a inventar mentiras para desacreditar a los otros. Hay cosas que un presidente no puede ni debe decir.


Lo preocupante, lo triste, es que el discurso de la oposición, sin ser tan extremo como el oficial, sea tan vacío como el del Presidente. Mientras las cúpulas negocian lo que pueden, los partidos tradicionales y un chilehuevillo de organizaciones dicen mucho y no dicen nada porque a fin de cuentas sólo se representan a sí mismos.


El Presidente no trata de unir al país – cuando menos eso se refleja en sus palabras –, aunque ha logrado hacer que la idea de nosotros se resuelva en ellos y nosotros. Y no se ve por dónde promueven los partidos (Morena incluido) una cultura política que borre la huella que dejaron tantos años de hacer las cosas de cierta manera.


Cada vez que lo iba a visitar, Froylán Flores Cancela me preguntaba cómo veía al país desde lejos. Estamos jodidos, Froylán, le decía. Froylán cerraba los ojos. Estamos jodidos, Miguelito, me decía al cabo de un rato. Desde entonces.


Falta la disculpa pública

En aquel tiempo, la Comisión Nacional de Derechos Humanos recomendó al gobierno de Veracruz que pidiera una disculpa pública a las familias de ocho policías que desaparecieron mientras estaban en servicio activo hace diez años. El texto de la disculpa quedaría en un monumento frente al palacio municipal

de Úrsulo Galván, donde los policías fueron secuestrados en patrullas de Seguridad Pública del estado.


Pero, a pesar de su interés en "acompañar a los familiares de las víctimas en tan significativo acto", el gobernador Cuitláhuac García Jiménez canceló la ceremonia de disculpa, se fue a "actividades imprevistas" con otros gobernadores, y pidió que se reprogramara la fecha.


Ya no se supo más. García Jiménez tendrá que pedir disculpas – si llega a hacer eso – por lo que hizo el Estado que representa y por el desaire de dejar plantadas a las familias de las víctimas. No tiene que ir porque quiera sino porque tiene que hacerlo. Aunque quién sabe.


Desde el balcón

Es una tarde gris. Si uno sale al balcón, oye a los jardineros que cortan la parte del árbol que desgajó la bise del domingo. Si uno se queda en la sala, a salvo de la brisa helada que va y viene, se entera de que murió Irma Serrano. No hay para dónde correr. En la sala, uno confirma que nada es para siempre. Afuera, la realidad tiende un manto frío sobre las cosas. La malta no sirve para eso. Y es miércoles.

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