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La Guerra contra el Narcotráfico como larga duración

Diego Martín Velázquez Caballero


El combate extensivo a los grupos dedicados al trasiego de las drogas en América Latina parece convertirse en la nueva estrategia hegemónica de Estados Unidos, lo sucedido en Ecuador y la respuesta de las autoridades a un problema de tal magnitud, muestran la forma en que el capitalismo arrasa al Estado.

La idea de que las narcosociedades sólo puede combatirse mediante el uso de las fuerzas armadas y el incremento del presupuesto en seguridad, no es tan errada bajo ciertas perspectivas. El problema se presenta cuando se habla de guerras más que largas y el desarrollo de complejos carcelarios y tecnologías de seguridad donde los criminales vivirán mucho mejor que el pueblo. El chiste de la escuela y la cárcel ha quedado superado por el presidente ecuatoriano, en estado de guerra piensa en construir Elysium para los narcos.

El presidente de Ecuador pretendió responder como Felipe Calderón Hinojosa a una situación de narcotráfico terrorista; empero, se adelantó a ostentar la corrupción, patrimonialismo y precarización social que significa el Plan Colombia o Mérida. La Guerra contra el Narcotráfico ha fracasado porque se extendió más de lo debido y porque a las fuerzas armadas se les envía a pelear con las manos atadas mientras la clase política se dedica a saquear y establecer contubernios con las mafias.

La guerra contra el narcotráfico ha sido una política de largo alcance que los Estados Unidos promueven; empero, según la publicidad que ha establecido el gobierno ecuatoriano, se aprecia que los beneficiados son las constructoras e industrias de las armas norteamericanas; es decir, el pentagonismo. México y Colombia pueden dar ejemplos claros del fracaso de esta política, más de dos décadas en combate han dejado tal cantidad de muertos y violencia que los resultados son el genocidio y los Estados Fallidos.

La guerra contra el narcotráfico es la nueva estrategia de contrainsurgencia de los Estados Unidos contra América Latina. Comprometer a los gobiernos latinoamericanos a estas guerras fallidas implica fomentar el abandono de las cuestiones sociales y la promoción del subdesarrollo. Aunque algunos empresarios consideran que la guerra es el momento preciso de los negocios, a largo plazo todos pierden, sólo basta observar cuántos tienen que pagar derecho de piso y deben abandonar sus negocios para las lavadoras del narcotráfico.

Hay que recordar el grado de perversión que tiene la Iniciativa Mérida, el Plan Colombia y el narcoterrorismo. Al narcotráfico le sigue el lavado de dinero, la explotación de drogas, el neoextractivismo y todo tipo de actividades delictivas. ¿A quién beneficia poner un país en guerra? Mientras el presidente de Ecuador, como Calderón Hinojosa, piensan en la militarización como adquisición de juguetitos y las cárceles como diseños arquitectónicos de ciencia ficción, el pueblo debe pensar en migrar a Estados Unidos o prepararse para una escalada de violencia inimaginable; de la que Ecuador ha dado señales.

El narcoimperio estadounidense y los Estados mafiosos son los que hacen la combinación ideal para el colonialismo latinoamericano: desplazamientos forzados, pobreza, migración, neoextractivismo y patrimonialismo corruptor; constituyen un ciclo social que hace funcional la narcoeconomía para Estados Unidos. Norteamérica tiene la capacidad para destruir a los narcotraficantes si en verdad quisiera acabar con el problema; la cuestión es que el principal Cártel de las Drogas son los estadounidenses.

Mientras el narcopoder avanza, más ineficiente es el Estado. Federico Campbell hablabla de la sicilianización de la sociedad y la necrosis del Estado en México, es más que lamentable columbrar este futuro para Latinoamérica entera. Ningún gobierno encuentra la forma de salvar a su país de este destino y la adicción norteamericana a las drogas parece infinita.

Sólo la legalización plena y valiente de las drogas va a permitir que Latinoamérica salga de esta espiral de violencia y pobreza. Si los Estados Unidos quieren acabar con el trasiego de drogas, que vengan ellos a combatir a los narcotraficantes o que establezca medidas sanitarias en su población.

La guerra contra las drogas está perdida de origen y quien más pierde es la sociedad.

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