La oposición mexicana dependiente norteamericana
- Aug 17
- 3 min read
Xochitl Patricia Campos López
En el escenario político mexicano, los partidos que se oponen a Morena enfrentan una coyuntura de profunda debilidad. A pesar de contar con circunstancias favorables como la presión internacional de Estados Unidos contra el populismo progresista y las acciones autoritarias del gobierno federal, la oposición no logra canalizar esas condiciones en una estrategia efectiva. La apatía, el faccionalismo y la falta de una visión unificada han llevado a que estas fuerzas se mantengan en la sombra, aguardando pasivamente los movimientos del régimen en lugar de confrontarlo con decisión.
Una de las principales causas de esta parálisis es la falta de inversión en la formación y movilización de sus cuadros y militancias. La oposición ha dejado de fortalecer sus instituciones, de captar nuevos simpatizantes y de ofrecer una alternativa sólida que conecte con la ciudadanía. En lugar de ello, predomina una actitud de espera, confiando en que factores externos, como las presiones de Donald Trump, puedan desequilibrar la balanza a su favor. Sin embargo, esta estrategia de esperar y ver se asemeja peligrosamente a la situación que vivió Venezuela cuando Nicolás Maduro fue desplazado del poder.
En Venezuela, la oposición también careció de un proyecto unificado y de una estrategia para hacer frente a un régimen que, con el tiempo, fue desplazando a sus adversarios políticos, controlando los recursos, eliminando las vías de participación y concentrando el poder en un solo grupo. La falta de un vínculo genuino con la población, la ausencia de campañas de concientización y la incapacidad para ofrecer una verdadera alternativa han dejado a los partidos opositores en una posición de irrelevancia. De igual forma, la política mexicana sigue dominada por intereses faccionales que favorecen el clientelismo y la movilización basada en el manejo del poder local, en lugar de construir una opción nacional que represente los intereses de la ciudadanía.
Resulta evidente que la oposición cuenta con recursos económicos suficientes para movilizar a la ciudadanía y fortalecer sus campañas, pero estos recursos no se traducen en un compromiso real con los valores democráticos ni en una estrategia para consolidar una propuesta de cambio. La cabra tira al monte, como siempre, cuando una oposición no tiene un proyecto claro y se limita a buscar negocios y acuerdos, termina siendo funcional a los intereses del sistema establecido, adoptando el gatopardismo: transformar para que nada cambie, para que todo siga igual, y así asegurar la permanencia de los privilegios.
La oposición mexicana podría jugar un papel clave si decidiera informar y movilizar a la sociedad civil respecto a las presiones internacionales, en particular las de Estados Unidos, y las razones geopolíticas que subyacen a dichas presiones. Sin embargo, su lentitud y mezquindad en la comunicación favorecen que Morena siga consolidando su poder, controlando los medios, manipulando las instituciones electorales y manteniendo un clientelismo que limita la expresión democrática.
La comparación con Venezuela resulta inevitable. Si en México la oposición no despierta y no articula una respuesta coherente, el escenario catastrófico de una autocracia consolidada será más cercano. Los gobiernos imperialistas prefieren trabajar con regímenes autocráticos que con una oposición fragmentada, apática y sin propuestas. La desaparición de los partidos políticos tradicionales, en ese contexto, sería un paso fatal para la democracia mexicana, cuyo fortalecimiento requiere de una oposición activa, comprometida y capaz de ofrecer una alternativa real y convincente.


Comments