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La voz de México en la ONU

Diario de un reportero


Miguel Molina


No entiendo. Primero se anunció que el discurso oficial del dieciséis de septiembre va a ser una dura crítica a los afanes neoliberalistas y los intereses del extraño enemigo, y la masa se agitó y esperaba cambios drásticos en una relación que ha sido, a lo mejor, peligrosa, con Washington. La independencia de México. Ahora sí, cabrones.


Y resulta que no. La masa se quedó esperando. El presidente habló sobre otras cosas, como las Naciones Unidas, que en la presidencial opinión son inútiles. Lo menos que pensé fue que México suspendería sus aportaciones a la organización – unos cuatrocientos mil millones de pesos al año – y retiraría a embajadores y representantes del país en los organismos internacionales, pero la queja no pasó a más.


La masa aplaudió de todos modos, porque es más fácil apoyar o rechazar lo que no se conoce. Lo mismo va a pasar cuando el canciller de México presente a la Asamblea General de la inútil ONU la propuesta de López Obrador para la paz entre Ucrania y Rusia, un conflicto que el presidente ve como una guerra y no como una invasión. Las fuentes oficiales mexicanas dirán que la organización ignoró la iniciativa mexicana, y la diplomacia internacional no hará mucha referencia a la Doctrina López Obrador.


Mucho tiene que ver la óptica de la política exterior mexicana, cuya voz se escuchaba hace algunas décadas en América Latina en particular y el mundo en general. El gobierno actual piensa que la mejor política exterior es la política interior, que hasta la fecha puede resumirse como un asunto de abrazos, no de balazos. Eso no ha funcionado en México ni va a funcionar en Ucrania.


Habrá diplomáticos que reciban a Marcelo Ebrard y hablen sobre el Plan López Obrador por cortesía o por curiosidad, pero no creo que vaya a haber más que eso. Se acabó lo que se daba.


Mal chiste

Si fuera un chiste sería malo, pero no es chiste: el Poder Judicial de Veracruz emitió un código de ética de observancia obligatoria para sus empleados. Es el mismo Poder Judicial que en agosto del año pasado despidió sin respeto a la magistrada Yolanda Cecilia Castañeda Palmeros, quien llegó a encontrar su cosas en el estacionamiento del Tribunal Superior de Justicia.


Es el mismo Poder Judicial que hace tres años nombró presidenta del Tribunal Superior a la magistrada Sofía Martínez Huerta, y diez meses después la destituyó, la acusó de corrupción, le hicieron un juicio político, la inhabilitaron y la amenazaron con llevarla a la cárcel, y le hicieron la vida imposible hasta que murió.


Es el mismo Poder Judicial que tiene un déficit presupuestal de quinientos millones de pesos, y cuya presidenta Isabel Romero Cruz pidió a los jueces y el

personal de juzgados que compren de su bolsillo lo que se necesite para mejorar las instalaciones.


Ese Poder Judicial es el que hace dos años tenía un rezago de cincuenta mil expedientes, y que todavía se niega a reinstalar a Gustavo Cadena Mathey, que hace seis años fue despedido injustamente del área de Comunicación Social, pese a que hay dos laudos del Tribunal de Conciliación y Arbitraje que ordenan su reinstalación inmediata.


Daría risa si no fuera un asunto triste. Pero hay cosas que no tienen remedio.


Desde el balcón

Uno mira para allá y encuentra la montaña que presta su verde al horizonte. Hace dos semanas murió la reina Isabel II, una señora que aprendió política de Winston Churchill y amaba a los perros y los caballos, y se mantuvo en el trono durante setenta años con una discreción pocas veces vista en el siglo pasado y en lo que va de este.


Imposible olvidar los largos momentos de silencio, las filas interminables de personas que fueron a presentar sus respetos o solamente a ver qué onda, toda la pompa y toda la circunstancia, y la certeza de que nunca más habrá una ocasión así. Más allá de las ideologías y los gustos personales, cientos de miles en Gran Bretaña y sin duda millones en el mundo sintieron que habían perdido algo, aunque no supieran bien qué había sido.

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