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México 2060: ¿se equivocó Friedman?

  • Aug 24
  • 4 min read

Diego Martín Velázquez Caballero


El doctor Samuel Schmidt, prominente politólogo mexicano y una de las voces más respetadas en temas como la geopolítica, la capacidad de gobernar, las redes del poder en México, la ultraderecha y los recursos naturales; recientemente fue galardonado con el título de Doctorado Honoris Causa en un acto que se llevó a cabo en el Centro Cultural El Carmen, en la Ciudad de Tehuacán, Puebla, en el marco del seminario académico México Siglo XXI organizado por el CICAP y diversas instituciones académicas. Samuel Schmidt merecía desde hace mucho tiempo un reconocimiento de este tipo, dada su impresionante trayectoria académica y social; ha contribuido significativamente a la comprensión de los fenómenos políticos y sociales del país. Además, su propuesta sobre el estudio del futuro, particularmente en relación con México, desafía los métodos convencionales y enriquece el debate académico. La trayectoria del doctor Schmidt, que combina su formación en Ciencias Políticas por la UNAM, Norteamérica e Israel; refleja una dedicación constante a la investigación y a la lucha por una sociedad más informada y justa. Por ello, cualquier institución que reconozca su labor no solo honra a un intelectual de gran nivel, sino que también dignifica la historia académica y social de México.

Dentro del debate, se abordó la propuesta de Samuel Schmidt acerca del estudio del futuro, con un énfasis especial en la situación de México. Su enfoque resulta innovador y, en algunos aspectos, contradictorio respecto al método convencional planteado por George Friedman en el escenario México 2080.

George Friedman imaginó en The Next 100 Years un futuro incómodo para Estados Unidos: hacia 2080, México habría adquirido suficiente poder económico, demográfico y político para convertirse en un desafío estratégico para Washington. Su hipótesis parecía extravagante cuando fue formulada en 2009. Sin embargo, diecisiete años después, resulta difícil descartarla. Friedman no acertó necesariamente en los tiempos ni en todos los mecanismos, pero sí identificó una transformación profunda: el destino de Estados Unidos y México quedaría cada vez más unido por la geografía, la demografía, la economía y la migración.

Su principal acierto fue comprender que México no podía ser considerado indefinidamente una periferia subordinada. La integración norteamericana produciría una paradoja: mientras Estados Unidos intentara controlar la frontera, necesitaría cada vez más la economía, el trabajo y la posición estratégica de México. Esa contradicción es hoy visible. México se ha convertido en un componente esencial de las cadenas productivas estadounidenses y la incertidumbre comercial provocada por Donald Trump demuestra, al mismo tiempo, la vulnerabilidad mexicana y la dependencia recíproca.

Friedman, sin embargo, se equivocó en algunos elementos decisivos. Su México del futuro dependía demasiado del crecimiento demográfico y de una población que se convertiría en fuente permanente de poder. La transición demográfica mexicana ha modificado esa premisa. El México de 2080 probablemente será más viejo y tendrá que sostener su influencia mediante productividad, tecnología, capital, energía, infraestructura y conocimiento. Tampoco parece inevitable que el desenlace sea una guerra entre México y Estados Unidos. La interdependencia hace demasiado costosa una ruptura abierta.

Aquí adquieren importancia las críticas y alternativas de Samuel Schmidt y de la prospectiva mexicana. El ejercicio México 2060 intenta precisamente escapar de la predicción lineal y pensar futuros alternativos, en los que México pueda convertirse en sujeto de su propia transformación. La posibilidad de una relación más estrecha con China, de nuevas formas de soberanía económica y de una creciente importancia estratégica del agua constituye una provocación intelectual valiosa. Pero, hasta ahora, esos escenarios pertenecen más al territorio de los futuros posibles que al de las tendencias dominantes.

La realidad de 2026 es menos romántica. México comercia con China, busca diversificar sus relaciones y puede aprovechar la competencia entre las grandes potencias, pero su estructura económica continúa profundamente vinculada con Estados Unidos. Y Donald Trump ha demostrado que Washington posee instrumentos suficientes para ejercer una presión extraordinaria sobre México mediante aranceles, comercio, migración y seguridad. La reciente incertidumbre comercial vuelve evidente que México todavía no posee una autonomía estratégica comparable con su interdependencia norteamericana.

Por eso quizá Friedman no se equivocó en lo esencial. Su error fue imaginar el conflicto como una confrontación entre dos potencias nacionales que terminarían disputándose Norteamérica. El desafío real puede ser más complejo: construir una relación en la que México alcance mayor poder sin convertir ese poder en una amenaza para Estados Unidos, y en la que Washington comprenda que aplastar económicamente a México puede terminar debilitando la propia plataforma norteamericana que necesita frente a China.

La prospectiva mexicana de Samuel Schmidt y Guillermina Baena, tiene razón al imaginar que México puede ser mucho más de lo que ha sido. China puede ofrecer alternativas, pero no sustituye la geografía. El nacionalismo puede proporcionar dignidad, pero no productividad. La soberanía es indispensable, pero no significa aislamiento. Para imaginar futuros deseables, es necesario disponer de las capacidades necesarias para realizarlos mediante el gobierno y las instituciones educativas.

El futuro más plausible de Mexamérica no es la conquista mexicana de Estados Unidos ni la decadencia apocalíptica de Norteamérica. Es una integración conflictiva, desigual y progresivamente inevitable. México tendrá que aprender a negociar desde una posición de mayor fortaleza; Estados Unidos tendrá que aprender que su vecino puede convertirse en socio estratégico sin convertirse en subordinado. Si ambos fracasan, la interdependencia será una fuente permanente de conflictos. Si cooperan, la misma integración que Friedman imaginó como origen de una crisis podría convertirse en la mayor ventaja geopolítica de Norteamérica.

Friedman, entonces, quizá no se equivocó. Lo que todavía está por decidirse es si México y Estados Unidos harán de su destino compartido una amenaza o una oportunidad.

 
 
 

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