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México en el nepantla del T-MEC

  • Jul 6
  • 4 min read

Pablo Cabañas Díaz

Miguel León-Portilla, historiador de nuestra memoria silenciada, nos legó el concepto náhuatl de nepantla —ese «estar en medio»— para describir la zozobra existencial de un pueblo atrapado entre el derrumbe de dos mundos. Décadas después, Emilio Uranga dotó a esta noción de una dimensión filosófica aún más severa. Para él, el nepantla no representaba el equilibrio del punto medio, sino un punto muerto: una condición de ambigüedad que condena al individuo a empujar, una y otra vez, la piedra de su identidad hacia el abismo de la indiferencia y la soledad. Es precisamente en ese nepantla donde Marcelo Ebrard, secretario de Economía, parece haber anclado su gestión, proyectando una trayectoria política que, lejos de la audacia, se asoma al despeñadero de la inercia y del fracaso.

La negociación del T-MEC atraviesa uno de sus momentos más delicados. La insistencia de Ebrard en sostener la vigencia del tratado hasta 2036, sin impulsar una prórroga inmediata que otorgue certidumbre hasta 2042 y aceptando, en cambio, un esquema de revisiones anuales, no fortalece la estabilidad del acuerdo. Por el contrario, convalida una estrategia sustentada en la inercia y la parálisis. Su postura no atenúa la incertidumbre; la hace más evidente. Revela a un gobierno que ha sustituido la acción por la espera y la negociación estratégica por la administración de las contingencias. Lo que se presenta como prudencia termina siendo, en los hechos, la expresión más nítida de la vulnerabilidad de la política comercial mexicana frente a un entorno internacional que observa al país, cada vez con mayor frecuencia, como una pieza prescindible en el tablero geopolítico.

Al intentar transmitir serenidad ante la delegación estadounidense que será recibida el 20 de julio de 2026 para establecer los lineamientos de la primera revisión anual del tratado, Ebrard pretende convertir su discurso en un escudo. Sin embargo, ese optimismo descansa sobre una fragilidad estructural. La política comercial mexicana se ha transformado en un ejercicio permanente de espera, en el que se aguarda, con una docilidad cercana a la abdicación, a que los mecanismos de revisión definidos desde Washington determinen, año tras año, el margen de maniobra de México. La contradicción resulta tan evidente como preocupante.

Mientras el discurso oficial insiste en la fortaleza de las inversiones y en la solidez del acuerdo comercial, pasa por alto el resurgimiento del proteccionismo estadounidense, fenómeno que ha erosionado de manera sistemática la estabilidad política del T-MEC. Esta realidad pone de manifiesto las limitaciones del equipo negociador mexicano, incluido el embajador en Washington, Roberto Lazzeri Montaño, cuya estrategia parece haber confundido la arquitectura jurídica del tratado con la compleja realidad política de su aplicación. Han olvidado que ningún instrumento internacional se sostiene únicamente por la fuerza de sus cláusulas; depende, sobre todo, de la capacidad política y económica del Estado que exige su cumplimiento.

Cabe preguntarse si el gabinete económico posee realmente la estatura técnica y política necesaria para diseñar una respuesta soberana frente a un escenario internacional cada vez más adverso. La aceptación casi complaciente de un esquema en el que el acceso al principal mercado de exportación queda sujeto a revisiones anuales constituye, más que una estrategia de negociación, una renuncia progresiva a los márgenes de autonomía frente a los mecanismos de presión de la Casa Blanca.

México no puede permitirse el lujo de la inmovilidad mientras los pilares de su aparato industrial son objeto de cuestionamientos permanentes en cada mesa de negociación. La política comercial exige abandonar el terreno de las buenas intenciones para construir una estrategia capaz de defender, con visión de largo plazo, los intereses nacionales en un contexto de creciente competencia geoeconómica.

El problema de fondo radica en una concepción del poder que confunde las formas con los resultados. La tragedia es, esencialmente, política: consiste en la incapacidad para reconocer el fin de una etapa histórica. México permanece atrapado en ese nepantla que Uranga describió con tanta lucidez. No pertenecemos, ni perteneceremos, al universo anglosajón del Norte, ese bloque político y económico que Donald Trump reivindica como un espacio de integración exclusiva. Para Washington seguimos siendo, en el mejor de los casos, un socio funcional; en el peor, una pieza periférica dentro de su arquitectura de seguridad y de sus prioridades estratégicas.

La falta de iniciativa no es producto del azar. Es consecuencia de una estrategia política y económica que ha renunciado, de manera deliberada, a disputar los espacios de decisión, debilitando con ello la capacidad del Estado mexicano para enfrentar las presiones externas y defender sus propios intereses.

México se encuentra hoy en el nepantla definitivo: un umbral donde la soberanía económica se diluye y la integración regional, lejos de consolidarse, queda atrapada en una incertidumbre permanente. Si León-Portilla entendía el «estar en medio» como la dolorosa condición de los pueblos que sobreviven al colapso de un mundo, el actual gabinete económico ha convertido esa herencia histórica en una forma de administrar la pasividad.

Como advirtió Emilio Uranga, no nos encontramos ante un equilibrio transitorio, sino frente a un auténtico «punto muerto», una condición que inmoviliza el porvenir. En este contexto, la gestión de Marcelo Ebrard al frente de la Secretaría de Economía simboliza una paradoja profunda: la construcción de un relato oficial que pretende presentar como éxito de prudencia estratégica lo que, en realidad, constituye el síntoma de una negociación cada vez más condicionada y de una capacidad de decisión progresivamente erosionada.

 
 
 

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