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Maru Campos y la sucesión presidencial

  • May 31
  • 3 min read

Xochitl Patricia Campos López



La crisis política y democrática que atraviesa México requiere de una autocrítica profunda y de un compromiso real con los recursos propios del país para enfrentar sus desafíos. Sin embargo, la oposición a la Cuarta Transformación parece estar atrapada en una dinámica de dependencia y de espera por la intervención extranjera, lo cual revela una debilidad estructural y una flojera que, en el mejor de los casos, no promete resultados positivos. La tendencia actual de los partidos opositores es apostar a que Estados Unidos, o cualquier actor externo, resuelva los problemas de México, en lugar de entender que la verdadera fuerza reside en nuestra capacidad de construir soluciones internas y soberanas.

El escenario político, aunque todavía en una etapa temprana, se encuentra en un momento crítico por la crisis del sistema de partidos en el país. Frente a la presencia dominante de Morena, algunos ven en figuras como Maru Campos, gobernadora de Chihuahua, un posible catalizador para un proceso de convergencia entre partidos debilitados. La idea sería que esta figura pueda, en alianza con otros actores, ofrecer una propuesta competitiva que desafíe el populismo y autoritarismo en boga. Sin embargo, esta estrategia, en su esencia, revela una percepción de impotencia y una falta de iniciativa para confrontar en serio los problemas que aquejan a México. La oposición parece estar esperando un respiro externo, una especie de salvavidas que llegue desde el extranjero, en lugar de arriesgar recursos y propuestas propias para fortalecer la democracia y el Estado de derecho.

El problema central radica en que Morena representa, en buena medida, la tradición de la cultura política mexicana. Si en sus inicios hubiera optado por seguir el camino de la institucionalización del PRI, el partido hegemónico que domina desde hace años sería una realidad otra vez, en cordialidad con Norteamérica; pero en vez de consolidar un proyecto propio, muchos populistas progresistas han preferido conflictuarse con Estados Unidos. Esa actitud no solo es irresponsable, sino que también evidencia una falta de visión y de valentía para enfrentar los problemas estructurales del país.

La oposición debe reconocer que no puede seguir dependiendo de la buena voluntad de actores externos, sino que necesita desarrollar ideas propias, fortalecer sus liderazgos y arriesgar recursos en propuestas concretas que impulsen una transformación interna. Maru Campos, en este contexto, es producto de las circunstancias, y su continuidad en la lucha por la sucesión presidencial dependerá en buena medida de la capacidad que tenga la oposición para generar una alternativa sólida y autónoma. Pero la realidad es que, actualmente, no hay propuestas claras, ni ideas que puedan ofrecer una respuesta efectiva a los grandes problemas nacionales como el narcotráfico, la inseguridad, el empleo, la salud y la educación. La oposición, en su estado actual, es una fuerza parasitaria, que espera que el externo—sea Donald Trump o cualquier otro actor—haga el trabajo que ellos mismos deberían estar realizando desde hace años.

El señalamiento de blindar las elecciones del intervencionismo extranjero no debe ser visto como una estrategia real para fortalecer la democracia, sino como una excusa para esconder la falta de propuestas y de recursos propios. La realidad es que las derechas rentistas prefieren que todo se haga con apoyo externo, que la Santa Sede, Estados Unidos o la Unión Europea intervengan, mientras ellos se dedican a hacer mediaciones con Morena y a mantener su status quo. Mientras tanto, los populistas de Morena han sabido aprovechar los recursos del exterior, pero también han trabajado con esfuerzo y dedicación en la territorialidad y en la construcción de una base social que los respalda.

México necesita más que nunca una oposición que deje de esperar que Mister Danger haga el trabajo por ellos. Es imprescindible que los actores políticos entiendan que la verdadera transformación solo será posible si dejan de lado la dependencia y si se atreven a poner en juego sus recursos, ideas y voluntades para construir un país más soberano, democrático y justo. La historia no se ganará con promesas externalizadas ni con una actitud pusilánime. La verdadera fuerza del cambio está en nuestras manos, y solo desde la iniciativa propia podremos salvar lo que queda de nuestra democracia.

 
 
 

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