Mito y política
- Feb 16
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Samuel Schmidt
Hay dos conceptos de mito. El que distorsiona la realidad convirtiéndose de hecho en una mentira, y el mito que permite unificar a su alrededor porque simboliza y crea valores supremos.
Benito Juárez es un mito unificador alrededor del valor de la igualdad. Si un miembro de un pueblo oprimido pudo llegar a la cúspide del poder político, cualquiera puede hacerlo. Es irrelevante si el mito esconde una parte de la realidad, como que el Benemérito fue respaldado por una familia poderosa que le abrió los peldaños de la escalera.
Todos los sistemas requieren valores, símbolos y mitos. El sistema que parre al PRI nace del mito de la revolución mexicana, de esa guerra civil para deponer al dictador, pero que no cambia en esencia al sistema, pero crea una estructura de poder en la que la gente, porque se consolida bajo la creencia en una familia revolucionaria, en la que se inspira la unión de los priistas. A final de cuentas, para los mexicanos la familia es algo esencial, inclusive la familia extensa.
La revolución le haría justicia a los mexicanos y muchos tuvieron la paciencia para esperar que les entregaran tierra, les aumentarán el salario, les dieran una beca para sus hijos, o cualquier acto del gobierno que graciosamente les concediera, por eso muchos corruptos decían orgullosamente que la revolución les hizo justicia.
El mexicano en este sistema era un objeto obediente, paciente, leal, votaba por la bandera, y asistía al zócalo para escuchar el grito que le recordaba que los héroes históricos le habían dado patria y libertad. Y si el gobierno fallaba, el 12 de diciembre le pedía a la virgen que le hiciera el milagro y se lo hacía cada seis años.
El presidente de la república, era el jefe de la familia, concentraba su esencia y le daba un sentido de dirección al mito revolucionario, esto es, marcaba hacia donde se dirigía el país, porque él había ganado el derecho de hacerlo, era el gran soberano, el gran chingón, el tlatoani sexenal. El dedazo y el voto, aunque manipulado, era el concilio cardenalicio que lo erigía muy cerca del cielo.
Morena carece de todo eso y no se lo puede apropiar porque necesita romper eso de que son iguales a los que se fueron. Es un partido que carece de historia, sus héroes son los de la revolución y ya se los había apropiado el PRI. Tiene un gran líder carismático, que no se sabe si está o no está, porque se fue a la chingada, lo que parecía un juego irónico para el retiro presidencial, cae en el lore como un camino del que difícilmente se regresa, porque quien lo manda ahí, lo hace con la intención de no volver a verlo.
La nueva presidenta lidia cotidianamente contra la imagen, cierta o no, de que el que se fue no lo hizo, y parece batallar contra los fantasmas que dejó como legado.
Tampoco tiene mitos. Aunque lo repite incansablemente, el humanismo parece un concepto hueco porque no se cuelga de ningún símbolo tangible, y bajo el se esconden intentos por censurar a los medios, perseguir enemigos, corromperse, tratar de atraer nuevos amigos, pero resulta difícil para marcar camino.
Si el presidente del PRI sabía hacia donde iba la revolución mexicana y hasta hacía, como Salinas, la revolución dentro de la revolución, la presidenta de Morena promete un segundo piso, y confronta que muchos piensan que el primero apenas estaba en obra negra, pero nadie sabe con certeza hacia donde conduce ese piso, como si fuera de una carretera, o que alberga lo que no tenga el primero.
Las indefiniciones llevan a conflictos entre los que creen tener la verdad de una ruta difusa trazada por López Obrador, y otros, que saben que están en los cuernos de la luna, porque ahora tienen el poder para hacer y deshacer, aunque algunos más bien lo que hacen es deshacer.
El presidente priista era todo poderoso, omnipresente, hacía y deshacía carreras y hasta llegaba a terminar vidas, ay de aquel que lo desobedeciera, su manazo era rotundo y fuerte; la presidenta morenista parece bateadora inexperta, le tira a todas las bolas, por lo que se corrige con frecuencia, y le tiembla la mano para imponer orden entre sus filas y seguidores, aún ante los que la desprecian publicamente. Seguramente ella es más democrática, pero tal vez es menos efectiva.
Con el PRI y con Morena la sucesión presidencial empezaba el día de la toma de posesión, pero el priista contenía los ánimos, al grado que la frase de Martín Luis Guzmán apropiada por Fidel Velázquez era regla: la política es como la fotografía, el que se mueve sale borrado, con la política morenista, hay tantos movidos que la foto está borrosa.
@shmil50


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