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Nadie sabe qué hacer

Diario de un reportero


Miguel Molina


Pues eso. En lo que va del proceso electoral – que comenzó en septiembre del año pasado – se han producido ciento sesenta y nueve actos de violencia política en México. Casi cuatrocientos cincuenta políticos o candidatos y funcionarios públicos y sus familiares han sido víctimas de las agresiones. Han muerto setenta y nueve.


Veracruz lleva cuarenta y cinco víctimas (le siguen Guerrero con veintitrés, Oaxaca y Michoacán con veinte cada uno, Puebla con dieciocho, San Luis Potosí con quince, el Estado de México y Tabasco con catorce cada uno, Quintana Roo con doce, la Ciudad de México con once, y Guanajuato con diez), pero esas cifras van a cambiar, si tomamos en cuenta que nadie sabe quién fue responsable de los atentados y nadie ha logrado detener a los culpables. Habrá más muertes antes y después de las elecciones. Es cosa de cuántos...


Quienes se benefician con la violencia buscan ahora el poder y las cosas que vienen con el poder: el dinero y la impunidad. Tienen intenciones políticas precisas. Y es claro que el Estado mexicano – ahora como antes – no puede resolver este grave problema que a fin de cuentas nos afecta a todos. Este ha sido el siglo en que se echó a perder el país.


Nadie sabe qué hacer. Ni los partidos ni sus candidatos ni los gobiernos que han sido, que son y que serán. En vez de buscar soluciones a un problema común a los mexicanos, las fracciones políticas han dedicado su tiempo y sus recursos a denostar al otro, a tratar de vendernos la idea de que los otros son peores, digan lo que digan y hagan lo que hagan. Todos son peores. Y nadie sabe qué hacer. Y nadie hace nada.



Así no es

Así llegamos a las declaraciones de Cuitláhuac García Jiménez, gobernador de Veracruz, que sugirió esta semana que hay candidatos de la oposición – porque los malos son siempre los otros – con nexos con el crimen organizado. Nuevamente, el ingeniero habló sin pensar lo que decía:

Ya pasando las elecciones sí me voy a permitir emitir algunos comentarios respecto a algunos candidatos que lamentablemente postularon (los otros), pero ya será pasando la elección porque ahorita si lo digo van a acusarme de que estoy señalando algún candidato con tal de que no tenga votos y desprestigiándolo (sic).


No se puede desprestigiar a un delincuente. Si uno escucha o lee con cuidado, lo que dijo el titular del Poder Ejecutivo es que tiene pruebas de que la mano de la maña está metida en las campañas políticas, y que no piensa compartir esa información con la Fiscalía del Estado antes de las elecciones para que no lo acusen de intervenir en el proceso electoral. Así no es.


Cualquier persona – cuantimás un gobernador – que tenga información sobre cualquier delito está obligada a informar a la Fiscalía lo que sabe y compartir las pruebas que tenga. Si se ha procedido con prisa y mano firme contra quienes cometen ultrajes ciertos o inventados a la autoridad (opositores, manifestantes, etcétera), cualquiera esperaría que se aplicara el mismo afán en estos casos para hacer frente a la violencia electoral.


Pero no. La violencia ya enrareció las elecciones, y no sólo de Veracruz. Y en vez de actuar se anuncia que se va a actuar y se va a detener este tipo de acciones, y que ya no habrá impunidad, y como no pasa nada, la palabra del poder se devalúa. Y el poder también.


Desde el balcón

Con la fresca de la tarde, uno se sienta a ver cómo cantan los árboles. Hubo una tarde así cuando el siglo era joven y un teatro de Heidelberg anunciaba a Georges Moustaki. Es muy caro, dijo uno. Cuándo vas a poder oír a Moustaki otra vez, dijeron. Y esa noche uno entró y vió cómo cantaba Moustaki, que a esas alturas tenía suficiente con comenzar una canción y dejar que el público siguiera cantando, porque la música es de todos. Y todos lloraron y todos aplaudieron.


Qué ganas de saludarlo, dijo uno. El maestro no da entrevistas ni recibe saludos, dijeron otros. Y uno se fue caminando de regreso al hotel con los oídos todavía llenos de música. En una callecita oscura se abrió una puerta, y por ahí salió Moustaki. Maestro, dijo uno en un español que quería sonar como italiano, enchanté, dijo uno en francés pedregoso, extendiendo la mano.


Un diálogo así está condenado al silencio. Moustaki preguntó de dónde era uno, y uno dijo de México, y el artista respondió en español me hubiera dicho antes. Y todo volvió a comenzar. Cuando llegó el momento, uno dijo que ya estaba muy viejo para hacer cosas así pero le pidió su autógrafo maestro, y le dio el boleto del concierto. Y todos se fueron a donde tenían que ir.


Moustaki murió un jueves de mayo hace ocho años. Uno – que no tenía balcón en esos tiempos – miró ese mediodía por la ventana y trató de ver la música del barrio, y oyó ruido de vidrios rotos, y vio el camión que se llevaba las botellas vacías, y pensó que el mundo ya no tenía remedio.

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