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Política de ricos

Diario de un reportero


Miguel Molina


Hagamos cuentas. La primera semana de precampaña – o como se llame – de los aspirantes de Morena a la Presidencia da una idea de las cuentas: si se toma como base lo que ha declarado Adán Augusto López, con cuatrocientos mil pesos se pueden visitar ocho estados y dieciocho ciudades.


Con esa base, de aquí a septiembre habrán gastado cuatro millones ochocientos mil pesos cada uno, aunque no todos: el ex secretario de Gobernación donó o va a donar o anunció que va a donar los cinco millones que le tocan para hospitales de un par de estados.


Marcelo Ebrard declaró gastos por cerca de trescientos mil pesos en esa misma semana. No sé si no recuerdo o si ya no me interesa saber lo que costaron los primeros siete días de un ejercicio político que va a llegar a la conclusión de que vamos bien y vamos palante.

Y luego está internet, donde también se encuentran huellas de las precampañas. El País reportó que Claudia Sheinbaum habría pagado cinco millones de pesos por sesentaiún portales que promueven o promovieron y seguirán promoviendo en las redes sociales la figura política de la señora. Pero no es sólo ella. Adán Augusto López pagó más de un millón de pesos por diecisiete sitios, y Marcelo Ebrard pagó seiscientos veinticinco mil pesos por veinticuatro sitios, etcétera.


Según el diario español, la mayoría de los anuncios ha sido pagada por organizaciones o colectivos proselitistas y no es posible identificar individuos. Pero es claro que las campañas políticas siguen siendo una actividad financiada por millones de pesos, cientos de millones de pesos, tal vez miles de millones de pesos, cuyo origen no se conoce.


El camino a la Coordinación Nacional de los Comités de Defensa (sic) de la Cuarta Transformación estará lleno de facturas y de gastos más y menos transparentes, como fueron las precampañas y las campañas presidenciales de otro tiempo. Y la política seguirá siendo asunto de los que más gastan, tengan dinero o no lo tengan, porque siempre llega, igual que antes, como siempre.


La cosa pública es de ricos. Lo demás no importa. Shakespeare se preguntó qué hay en un nombre. Y se respondió que si lo que llamamos rosa tuviera otro nombre tendría el mismo perfume. Eso.


Y entonces vino Xóchitl

Y entonces vino Xóchitl Gálvez y la narrativa cambió. El nombre de la senadora Gálvez ocupó gran parte del discurso presidencial en las mañaneras: la señora que quiere ser presidente es hija del gran capital – que son los señores con los que el primer mandatario tiene reuniones frecuentes – y es ahijada de todos los presidentes que no han sido el que está. O viceversa.


Bastó la declaración del Presidente para que las redes sociales se llenaran de memes misóginos, comentarios racistas e insultos sin ton ni son. La estrategia para descalificar a la señora muestra el tamaño del miedo. Y la respuesta de la

señora ilustra cómo andan las cosas: "A donde estoy yo, llegué con mucho esfuerzo... Me tiene tanto miedo el Presidente que dice que un hombre (el empresario Claudio X. González) me puso aquí, y a mí ningún cabrón me puso en ningún lado".


En eso tiene razón. Gálvez es ingeniera en programación especializada en robótica, inteligencia artificial, edificios inteligentes, sustentabilidad y ahorro de energía, fundó su propia empresa hace más de treinta años, y desde entonces se dedica al desarrollo de proyectos de alta tecnología en edificios inteligentes, automatización de procesos, seguridad y telecomunicaciones. No le debe nada a nadie. Y quiere ser presidente. O presidenta.

El jueves, el presidente López Obrador declaró que el incremento de homicidios y ataques es para darle más apoyo a la senadora Gálvez, y aseguró que la sensación que se tiene es que hay mucha violencia, aunque las cifras ofociales señalan que en junio – antes de que la señora anunciara que buscará la presidencia – hubo dos mil doscientos tres asesinatos, un promedio de setenta y siete al día.


Desde el balcón

Es la canícula. Uno busca las hormigas en los senderos para saber si lloverá pronto, y termina en un sopor benigno que va de un gin tonic a otro.


Uno ve cachitos – porque no tiene ni tiempo ni inclinación para seguir el monólogo en tiempo real – de lo que se dice en la mañanera, hace a un lado la tableta, pone el video en pausa, y piensa:


El presidente dijo hace unos minutos que Como México no hay dos. Los mexicanos somos mucha pieza en todo el mundo, y al que lo dude (sic) pues ahí están de ejemplo los migrantes. Lo que no dijo es por qué se fueron de México los migrantes, y por qué no han vuelto. Y uno le da un sorbo al gin tonic en defensa propia.

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