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Reforma sí, pero consensuada

Divagaciones de la Manzana

Martha Chapa

Cuando cruza de por medio el beneficio de la Nación, lo primero que hay que desterrar son las posiciones extremas y polarizantes.

Una noción, que justo, es de la mayor importancia, y más aún ahora, con la pretensión del gobierno Lópezobradorista de impulsar una reforma eléctrica.

Es indispensable entonces abrir espacios de diálogo, de intercambio a la búsqueda de los pros y contras, a fin de que la decisión que se adopte sea en beneficio de México. Evitar en todo caso, posiciones aferradas, ya sea vinculadas a un pasado propio de gobiernos fallidos como de un mero utilitarismo empresarial.

Por eso, hoy lamentamos en los hechos, que una vez más esos posicionamientos arrebatados, y a momentos hasta amenazadores, provengan fundamentalmente del propio presidente López Obrador, como de algunos legisladores y empresarios. Así debemos rechazar esas visiones, ya sea el de un tozudo y regresivo pasado propio de los tiempos de López Mateos pero que en los días actuales no parece ser la solución más pertinente, adecuada y racional. Por igual, reencauzar a ciertos empresarios que sólo ven a la energía eléctrica como una panacea para acrecentar su riqueza, sin apuntalar un desarrollo genuino para México.

Discusiones que resultan tan polémicas, por las mentiras, medias verdades y aciertos, de ambas partes. Más allá de sus posiciones legítimas, el gobierno tiene razón en que deben cuidarse nuestros recursos naturales, que se preste un servicio público eficiente sin merma del gasto doméstico de los ciudadanos y que persista una adecuada regulación oficial para evitar cualquier abuso que perjudique a la sociedad misma. También, los empresarios tienen sus buenas razones, como el pugnar por energías renovables, que no haya monopolios y limitar al gobierno en sus afanes empresariales que casi siempre han terminado en estruendosos y costosos fracasos, así como que se multipliquen inversiones y empleos, a diferencia del crecimiento de una burocracia inútil y parasitaria.

A momentos parecería que se trata de un diálogo de sordos y de posiciones obtusas, al grado de que derivan su responsabilidad en el poder legislativo, cuando bien sabemos que gran parte de los diputados no responderán al interés de sus representados, sino a esquemas rígidos y autocráticos que recaen en las élites de la partidocracia. No digamos MORENA donde la única voz que cuenta, se escucha y obedece es la de López Obrador, tan lejos de un análisis veraz e imparcial y, sobre todo, como antes decía, ajeno al interés Supremo de la Nación. Lo mismo ocurre con las representaciones empresariales y sus cámaras representativas, guiadas en general por los intereses dominantes que no dan cabida como debiera ser a otras voces, alternativas y acuerdos lúcidos y generosos.

Me parece entonces qué si bien puede emprenderse una reforma eléctrica con el ánimo de hacer perfectible lo que es de todos nosotros, no debiera prevalecer una añeja y fallida visión estatista, aunque si incorporarse una Rectoría del Estado sana, prudente y benéfica, sin limitar la libertad empresarial ni dejar de atender las vertientes productivas de tan importante Industria. Opciones que no caben en un gobierno autocrático, que ideologiza o impone caprichosamente las leyes, menos aún distante de los avances y fórmulas comprobadamente eficaces a nivel global.

Por eso, debemos pedirles a los legisladores qué se abran espacios de comunicación, que voten con conocimiento y responsabilidad social y eviten que el gobierno dicté su ideología a rajatabla, cómo también frenar a empresarios que sólo los guíe un interés particular por encima del interés colectivo.

Pronto sabremos si unos y otros, gobierno, empresarios y legisladores, propiciaron acuerdos transparentes y benéficos que se requieren para generar una reforma en la materia que sea certera, justa, equilibrada, realista y positiva para los intereses de México. Es decir, una Reforma Eléctrica sí, pero consensuada, legítima y democrática.

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