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¿Regresarán los Chicago Boys mexicanos?

  • Jul 6
  • 3 min read

Xochitl Patricia Campos López


En la política económica de México ha prevalecido la visión de las élites tecnocráticas. El analista Carlos Ramírez, quien ha seguido la evolución histórica del grupo de Córdoba Montoya, señala que el país esta condicionado al neoliberalismo por la relación con Estados Unidos. Desde la llegada del neoliberalismo en 1994, ese grupo ha pactado, en diferentes momentos, con los poderes fácticos internacionales y locales para mantener un modelo que prioriza la apertura de mercados, la privatización, la liberalización financiera y la subordinación de la política social a los intereses del capital transnacional. Esta camarilla, que en su momento apoyó a Zedillo, colaboró con el PAN y posteriormente con Peña Nieto, ha sacrificado la institucionalidad, ha destruido los límites de la oposición y ha consolidado un sistema político en el que los partidos se han convertido en meros instrumentos de control y reproducción del poder de esas élites.


En ese escenario, el sistema de partidos en México se ha hecho trizas, dejando un vacío que Morena, con su proyecto de transformación social y su apuesta por la justicia social, intenta llenar, pero que también ha despertado una poderosa reacción de las élites tecnocráticas y económicas que no quieren perder sus privilegios ni su influencia en las decisiones del Estado. La llegada de Morena ha significado un reto para esa camarilla que siempre ha visto en la alternancia un riesgo para sus intereses.


Las élites tecnocráticas, que operan en las sombras y que han construido una red de poder que trasciende los gobiernos y los partidos, quieren asegurarse de que cualquier cambio no amenace los intereses del capital internacional ni la relación con Estados Unidos. La estrategia de esas élites es, desde hace años, clara: mantener la puerta abierta a los acuerdos económicos, a las inversiones transnacionales, a la cooperación en seguridad y migración, y asegurarse de que el Estado mexicano siga siendo un actor secundario, subordinado a las decisiones de las élites globales.


En ese escenario, Morena tiene que decidir si continúa con la estrategia de confrontación y transformación, o si, por el contrario, busca una vía de conciliación con esas élites tecnocráticas y con Estados Unidos, aceptando que el país no puede escapar de esa lógica de subordinación. La historia reciente muestra que esas élites han preferido pactar con los gobiernos de derecha, que han sido sus socios naturales en la defensa del modelo neoliberal, y que solo en momentos de crisis profunda han tenido que aceptar cambios parciales, siempre en línea con los intereses de las élites globales. La difícil tarea de Claudia Sheinbaum y de Morena es mantener viva la esperanza de una transformación auténtica, sin caer en las trampas de la cooptación y la negociación que solo benefician a los intereses del sistema establecido.


El principal riesgo para ellos es que, en medio de la coyuntura internacional, con una economía mundial cada vez más desigual y un Estado mexicano fragmentado, la presión de esas élites tecnocráticas pueda traducirse en una estrategia de desgaste, de manipulación mediática, o incluso de alianzas con sectores políticos que buscan volver a la lógica de la dependencia y la subordinación. La posibilidad de que desde Estados Unidos, con la influencia de figuras como Donald Trump o las políticas de la derecha internacional, se intente forzar un cambio de rumbo en México en favor de intereses más conservadores y neoliberales, es cada vez más concreta.


La élite tecnocrática está condicionada por el apoyo social, que en muchas ocasiones solo puede ser movilizado o sustentado por movimientos populistas. Sin ese apoyo, esas élites enfrentan un escenario mucho más difícil para implementar sus agendas, y las fuerzas tradicionales (la Iglesia, la familia, los movimientos sociales) siguen siendo actores clave en la configuración del poder y la resistencia social.

 
 
 

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