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Sobran políticos y faltan estadistas

Diario de un reportero


Miguel Molina

Hace dos semanas, los medios – no todos – anunciaron cómo será la Tierra del futuro: un planeta asolado por fenómenos extremos cada vez más intensos y cada vez más frecuentes (inundaciones como las que hubo en Pakistán no hace mucho o sequías como la que sufre Somalia desde hace cuatro años), con temperaturas muy bajas y muy altas, un mundo en llamas.

No es una exageración. Los hechos se pueden encontrar en alguno de los casi cincuenta mil documentos que contribuyen a este encuentro de las partes. Y uno puede entender por qué el asunto es tan complicado.


Para expertos como el profesor Stephen Blecher (científico en jefe de la Oficina Británica de Meteorología), lo que se va a discutir en Egipto la semana próxima es tan importante como lo que se puede decidir en el encuentro: Ya llegamos a un punto en que es claro que se necesita hacer algo. Todavía hay tiempo, pero – en palabras de Belcher citadas en del periódico británico The Observer – la ventana de oportunidad se está cerrando rápidamente.


Hace más de diez años aprendí que el cambio climático es un problema económico que se debate en terminos científicos. Cada evento extremo, cada

brote epidémico, cada reacción del planeta a su nueva circunstancia, necesita fondos y el trabajo de muchos.


Hay que rescatar a los sobrevivientes, sepultar a los muertos, atender a los heridos, dar transporte y albergue a los damnificados, ofrecerles agua, comida, medicinas, cobertores, colchones, ropa, agua, electricidad, calefacción o aire fresco. Eso cuesta. A México le costó más de treinta mil millones de pesos hace un par de años, y quién sabe cuántos el año pasado.


La impresión que me queda es que el gobierno – federal, estatal, municipal – no toma en serio el problema. Quien busca encontrará una vez el concepto de cambio climático en el Plan Nacional de Desarrollo que presentó la administración morenista que financió la construcción de una planta refinadora de combustibles fósiles. Eso no es serio.


Lo mismo hallará quien se tome la molestia de enfrentarse al Plan Estatal de Desarrollo de Veracruz, cuyos ríos están tristemente contaminados por desechos industriales, mucho de ellos de Petróleos Mexicanos, y en cuyo territorio hay más de cien tiraderos de basura contaminando el cielo abierto. Eso no es serio.


No sé si fue Bismarck o si fue Churchill el que dijo que el político piensa en las próximas elecciones y el estadista piensa en las próximas generaciones, pero tenía razón. El planeta se acerca a una crisis sin solución, y el interés de los funcionarios y de los partidos está centrado en quién es qué y qué puede llegar a ser. Eso tampoco es serio. En el gobierno de México no hay estadistas. Así no se transforma nada.


Desde el balcón

Y un día llega noviembre, con mañanas frescas y tardes tibias dignas de otra estación, el hombro derecho adolorido por la vacuna nueva, y la malta suave que acaricia el gusto y abrillanta la mirada.


Ah, es día de muertos, una fecha llena de algo que no había hace ocho años, cuando a nadie se le había ocurrido hacer lo que ahora se hace. Uno se sienta y mira el cielo del crepúsculo y piensa en sus vivos y en sus muertos, y recuerda el tiempo en que las ofrendas eran cosa de cada uno en su casa y no un asunto público.


Después de un momento, cuando oscurece, uno alza la copa y brinda por las cosas que son y las que han sido, y se queda callado un instante y se levanta con la copa vacía a preparar la cena.

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