Perversidad liberal

«Laisser-faire, laisser-baiser… toujours la même merde» dijo el poeta cuando se dio cuenta del brete en el que se habían metido después de hacer rodas la cabeza de Luis y su mirreina, María Antonieta. El after de la toma de la Bastilla y los procesos contra la nobleza, así como la reafirmación de los revolucionarios en el poder, produjo el desencanto, habían creado un monstro. Con el demagógico grito de «libertad, igualdad, fraternidad», los nuevos dueños se apoderaban de lo que había dejado la feudalidad.

Han pasado los años y a punto están los liberales de cumplir con su máximo anhelo libertario: terminar con todo que al cabo es de todos, pero chin chin el que deje algo. Harto significativo es que la COP21 se lleve a cabo en París, cuna simbólica de un sistema que nos ha arrastrado a los seres humanos al precipicio climático y a todo lo contrario que enarbolaron esos pobres que creyeron que al derrocar a la nobleza francesa abrían la puerta a lo mejor de nuestras vidas.

Mientras los peleles de quienes realmente controlan la vida sobre el planeta se juntan a tomarse selfies, a manosearse y lanzarse miradas como si en serio estuvieran enfrentados por el control del poder en el mundo, los hielos polares se siguen derritiendo, el humo ahoga a los habitantes de las grandes concentraciones urbanas, el cambio climático saca de quicio a los productores tradicionales y los grandes capitalistas se siguen hinchando las bolsas con el dinero que expolian aquí, allá y acullá.

La consecuencia de todo lo anterior es el aumento exponencial de la gente con hambre, de la desigualdad en todos los ámbitos, de la desesperanza ante un futuro que cada día es más corto y la violencia que si bien se consideraba como una locura, hoy parece ser la única forma de expresión de los últimos estertores de la humanidad y todo lo que se lleva consigo entre las patas.

Este pesimismo apocalíptico se basa en infinidad de evidencias, doquiera que las busquen las hallarán. Baste ver las imágenes de la contaminación ambiental en Beijing de estos días, el derrame de tóxicos de Samarco en Brasil (lo mismo que en el río Sonora, pero a lo bestia) y el enfrentamiento cotidiano por el control de los hidrocarburos en el Oriente Medio, entre un sinfín de cosas que usted puede añadir. Mientras, los genios reunidos en París sugieren que se cobren impuestos por el volumen de emisiones generadas… De esa punta de fantoches, oportunistas y demagogos es imposible que pueda prender una chispa de cambio.

Las expresiones de la libertad enarbolada por quienes nos han dado patria y todo eso con lo que nos han lavado el cerebro durante generaciones enteras, se ven reflejadas en la sutileza con la cual esos mismos que nos gobiernan juegan al gato y al ratón al proteger oficialmente a depredadores oficialistas como el delincuente Arturo Escobar quien, después de hacer el trabajo sucio para quienes se ostentan como cabezas del gobierno federal, es acusado formalmente por delitos de índole electoral. ¿Cómo se caracteriza a quienes protegen a los delincuentes si no son también delincuentes? ¿Qué papel juega el beneficiario de la delincuencia si no es acaso un delincuente también? El estado de derecho sigue siendo parte del mito genial que nos han vendido por más de doscientos años y que no ha sido más que atole con el dedo, un atole ya sin sustancia… Parece que nos ha gustado siempre el dedo, más que el atole.

Y sigue el dedo dando. Se recortan los presupuestos para la educación superior porque los ingresos fiscales se han reducido, pero las asignaciones a los grupos del crimen organizado disfrazados como

partidos políticos se incrementan de manera igualmente criminal. ¿Nos queda claro cuáles son las prioridades de nuestros flamantes y obedientes gobernantes?

Sin embargo no nos hagamos ilusiones con las reformas educativas ni las modernizaciones dentro de las mismas áreas. El sistema educativo mexicano no es más que un intento de enorme guardería donde se mantiene a millones de niños y jóvenes para que o anden en la calle rodando, mientras son absorbidos poco a poco en un mercado laboral que a cambio de su esfuerzo cotidiano le dará migajas o medias migajas disfrazadas de salario. Los ninis dejan la calle para saturar escuelas donde hacen lo mismo que en la calle, pero bajo el control supuesto del Estado.

La ilusión de la educación no ha quedado más que en estar en la escuela y, a cambio de resistir el tedio por hacer nada y aprender menos, obtenemos papeles que nos certifican como grandes aguantadores, preparados para un mercado laboral autoritario, extenuante y con grandes recompensas como el buen fin y las fiestas de fin de año con sangüichitos de organismo genéticamente modificado y dos que tres birrias para afianzar los lazos de convivencia y la fraternidad cristiana.

Dado que no hay ingresos fiscales suficientes, ya nos anunciarán nuevos y mayores impuestos para seguir pagando a los próceres de la democracia representativa, para engordar a los partidos políticos, para seguir pagando el avión presidencial y para que en alguna ocasión terminen el palacio que se mandaron hacer la inútil masa de legisladores que la constitución política define como «senadores».

Continuaremos las campañas de acoso y desmantelamientos de PEMEX, la CFE, el IMSS, el ISSSTE y todas esas instituciones populistas que no han servido más que para obstaculizar la libertad de empresa y la democracia mexicanas. Jamás habremos de permitir el regreso de esas ideologías extranjerizantes que detienen nuestro paso firme por el mundo moderno. Por cierto, los mismos senadores que por estos días estarán preparando y aprobando una ley que permite a las grandes cadenas televisivas el retorno de miles de millones de pesos en impuestos, que al fin y al cabo hemos de pagar nosotros, los solidarios mexicanos que sí estamos preocupados por el engrandecimiento de nuestra patria.

Pero para acabarla de chingar, lo que realmente duele, cala y puede provocar un levantamiento popular sin precedentes, es la injustificada despedida de Chabelo del canal de las estrellas. Dígame usted si no esto es el verdadero fin de los tiempos. ¡Qué jodidos estamos!

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