Después de la guerra

Después de Hiroshima muchos pensadores creyeron que ese acto de bestialidad sería el último de las grandes guerras en el mundo, pero como bien dijo Hannah Arendt, a la guerra mundial le siguió la guerra fría y no la paz. Y la tecnología de la destrucción ha avanzado de manera sorprendente, convirtiéndose en un aliciente para el crecimiento económico.

El mundo parece no querer vivir la paz de los sepulcros y después de la gran conflagración vivió otras guerras “menores”, que aunque eran menos destructivas tenían su cuota de horror. Lo que mostró Viet Nam es que Estados Unidos no tiraría otra bomba atómica pero si napalm para destruir las fuentes de alimento de un pueblo, y arrasaron con el arroz, lo que generó otro tipo de ganancia económica para el invasor. Pero también agregaron horror con la masacre de My Lai. Hoy el fundamentalismo islámico no se cansa de aumentar su cuota de horror como lo muestra Boko Haram e Isis.

El fin de la segunda guerra mundial supuso que la organización industrial del exterminio que armaron los nazis, nunca más se repetiría, que la sociedad aprendería a resistirse contra ese tipo de infamia; pero Stalin, Mao, mostraron que habían aprendido la lección para limpiar a sus sociedades de los que ellos consideraban sus enemigos, es un sarcasmo mayor que los comunistas chinos denominaran esos procesos como de reeducación.

Los turcos habían mostrado que el genocidio armenio registró la tolerancia del mundo a la brutalidad, como haría después con Ruanda y Camboya. Y como hace ahora con las diversas facciones del radicalismo islámico que “limpian” a los países de los infieles, es así como leemos sobre diversos casos de cristianos asesinados brutalmente , mientras que al igual que en la segunda guerra mundial, el mundo mira y no actúa; algunos falsos humanistas braman respecto a la guerra de Israel mientras que callan ante la masacre de inocentes. Esa “nueva izquierda” perdió la visión humanista de la vieja izquierda y no solamente con su silencio se hace cómplice de esas tragedias, sino que ve con agrado las expresiones judeofobas que algunos pensaron se habían enterrado con el suicidio cobarde en el bunker del que animó a exterminar a un pueblo.

Se podría pensar que las nuevas generaciones que conocieron esas tragedias por medio de los libros de historia no se atreverían a repetir la barbarie, pero no es así. Hoy vemos neonazis abogando por la eliminación de los judíos, a muchos negacionistas que tratan de borrar de los libros de historia a los 50 millones de muertos en la segunda guerra mundial, y a los “guerreros” que no se tocan el corazón para lanzar a sus hijos a convertirse en bombas humanas para destruir al “otro”, la apología del asesinato con una fuerza inaudita.

Hasta ahora el horror del fin de la segunda guerra mundial supondría haber frenado otras barbaries, como el uso de bombas de gigantesca destrucción, pero cada vez más países buscan tenerlas y las bombas se construyen para usarse.

La tecnología se dirige a hacer el mayor daño posible preservando la infraestructura, o bien haciendo un daño perfectamente calculado, por ejemplo, golpear y destruir un edificio sin tocar a los vecinos, o matar a una persona con tiros de extrema precisión. El avance de la tecnología de la destrucción es sorprendente, pero más lo es que no termine la sed de destrucción de algunos para satisfacer sus odios.

Hay autores que pensaban que detrás de la guerra había siempre un propósito económico, algunos creían que había una necesidad simbólica y de cohesión política, pero a lo largo de la historia hemos visto que la violencia insensata e irracional tiene detrás a la religión, y tras ella, esa noción de que solamente existe una verdad y solamente un dios verdadero. En el siglo XXI el ateísmo ha perdido la partida, la superstición se ha apoderado del mundo y lo hace de la peor manera posible, imponiendo visiones sangrientas y apocalípticas, sobre aquellos que se atreven a pensar que su dios es el único y verdadero.

Algo hay en las religiones que no les permite pensar que los dioses pueden convivir. Tal vez una solución sería dejar que entre los dioses ajusten cuentas, que entre ellos se hagan la guerra, mientras que en la realidad cotidiana uno se mueve estrictamente en el terreno de las ideas, del pensamiento, de los ritos. Seguramente habría menos muertos, menos lisiados y un mundo bastante más armónico.